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Por: José García Dobarganes – @jooosege

¿Acabamos de chocar? ¿Íbamos a Aguascalientes?
No, no íbamos a ningún lado, me temo.
Solo teníamos ganas ¿sabes? Pero al final no se cumplió, nada.  

¿Qué sucedió?¿Dónde estoy?
Nada. En ningún lado. Esta es la realidad de la que no quiero escribir. Estar en la sala de espera con las miradas de todos y todas; de la señora con el rebozo y la bolsa de mercado, sentir que soy como ella. Me quería poner un traje para ir al funeral, pero no lo hice, no llegó a tiempo. La muerte, no el traje. Caminé y abracé y me cansé. ¿No rentaran mujeres para que se sienten enfrente de la caja y lloren mientras rezan un rosario? Lloré, solo un poco. Sentí que debía hacerlo. Era mi obligación en el funeral de mi padre. ¿Eso hacen los hombres también? Mi madre lloraba en mi hombro. Mi primo iba de jeans y su papá con una chamarra de futbol americano. Quería que se fueran. Me dieron asco. Mi papá estaba enfrente de ellos en un caja con fotos y flores. Estaban vestidos como si estuvieran comiendo barbacoa en el mercado del domingo. Con las barbas llenas de grasa y las manos de mengambrea.

¿Lo que pasó fue mi culpa? ¿Me voy a morir?
Los dedos amarillos del cigarro, los labios rotos y la piel reseca. Todos tienen la culpa. La tiene la mujer deforme, la cocainómana, la puta, la alcohólica, la protagonista, la amargada, la erotizada, la ladrona y depravada, la adúltera. Tiene la culpa ese mundo de vulgaridades; de habitaciones sucias, de cocinas grasosas, de platos con manchas de comida, de sábanas con semen, de ropa polvosa, de coños calientes y de vergas y huevos y sin quehaceres. De maquinaciones y sueños frustrados. ¿Sabes lo que pasaba tras esas cortinas gruesas, azules y espesas? ¿Sabes cómo entraba la luz, la luz amarilla, a corroerlo todo? El alma se estaba pudriendo en el abandono; en la soledad más cruel y desesperante.

¿Me voy a morir?
Volvía a preguntar una y otra vez, entre infartos y convulsiones y llantos y tías y madres y abuelas y amigos y mi propia condición y debilidad. Entre los papeles que tenía que firmar porque no había nadie más. Entre las miradas de la familia, esa misma que deseo con el corazón que desaparezca. Que sufran, que lloren, que sientan una espada atravesarlos desde la espalda al corazón. La muerte no es suficiente castigo, sino la pérdida de lo amado, el dolor y el sufrimiento, continuo.

¿Qué me pasó? Confió en tí, siempre lo he hecho. Solo dímelo, ¿me voy a morir?
Los oxfords boleados y las agujetas bien amarradas. Los cobardes no vinieron al funeral, los enemigos tampoco. Quería que todos se fueran. Nadie estuvo ahí nunca, solo yo. ¿Por qué habrían de estar frente a su cuerpo frío? Nadie lo merece. Yo era el único que lo conocía. Váyanse, todos. Esta es la realidad de la que no quiero escribir.

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Escrito por sofiaboschgomez

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