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Sucedió lo imposible, lo impensable, el inmencionable. Donald J. Trump será el próximo Presidente de los Estados Unidos. Muchos de nosotros, que ni nos habíamos permitido imaginar esta eventualidad, hemos tenido que rápidamente digerir este resultado, pasando en unos pocos días por etapas de conmoción, negación, dolor, rabia, reflexión, para llegar finalmente y apresuradamente a un estado de aceptación. Mientras algunos celebran, y otros protestan, no queda de otra mas que especular cuáles serán las consecuencias de tener a Donald como líder del país más poderoso del mundo.

En estos días se ha visto que varias posiciones y promesas de Donald que parecían tan inequívocas y rígidas durante los últimos 18 meses de campaña electoral repentinamente se han vuelto maleables. Ese muro tan bello y gigante que prometía ahora podría ser mas bien una valla. La revocación total y completa del “repudiado” y “desastroso” Obamacare ahora podría incluir la conservación de algunos de sus aspectos más importantes. Las reinterpretaciones, redefiniciones y aclaraciones se extienden a casi la totalidad de su plataforma política.

Sin embargo, un área en donde la convicción e intransigencia de Donald sigue firme es en su posición con respecto al comercio internacional. Por lo menos en este aspecto, su retórica y postura durante la campaña no fue fanfarroneo. Donald es un proteccionista, y siempre lo ha sido. En los años 80, Donald argumentaba que la gran amenaza económica y comercial para los Estados Unidos era Japón. Según su visión del mundo, las empresas y conglomerados del país del sol naciente estaban superando a las estadounidenses y habría que pararlas. La única manera de salvaguardar la prosperidad del país era a través de una guerra comercial. La respuesta salvadora era la imposición de aranceles, barreras, y trabas. Habría que confrontar al enemigo y derrotarle.

El hecho de que ninguno de los enlaces cataclísmicos que Donald predecía sucedieron, no parece haber cambiado su visión en este respecto. La percepción que Donald tiene de los Estados Unidos y su posición en relación al resto del mundo es la de su visión de empresario. El ve a los demás países como ve a sus rivales en el mundo de los negocios. Si ellos ganan, el pierde y viceversa. Allí está el gran error de los que creen que quien entiende el mundo empresarial, también entiende la política económica. En el mundo de los negocios, hace falta que alguien pierda para que tú puedas ganar. En la economía, los dos pueden ganar.

Fue justamente este mensaje la clave en la victoria electoral de Donald. Su llegada a la presidencia dependió en gran parte del voto de los trabajadores afectados (y tradicionalmente Demócratas) de Pensilvania, Michigan, Ohio y Wisconsin. A muchos de estos votantes, el discurso anti-comercio y anti-globalización les resultó demasiado seductor. Perdonaron todas las demás vulgaridades, ofensas e insultos que había dicho, así como las preocupaciones que ellos mismos tenían sobre su temperamento y aptitud para el puesto más poderoso del mundo. Un dato revelador es que al momento de votar casi el 65% de los votantes creían que Donald no tenía ni el temperamento ni la capacidad para ser Presidente. Esto quiere decir que casi un cuarto de los votantes a favor de Trump dieron su voto a alguien que ellos mismos no creían que fuera apto para la presidencia.

Sin embargo, el mensaje de que miles y miles de empleos podrían volver al país si no fuera por la incompetencia de los políticos estadounidenses –quienes habían negociado y seguían apostando por los acuerdos comerciales– superó a todos los demás factores en su contra y al final resultó ser clave. Sería casi cómica, si no fuera tan trágica, la manera en que Donald enmarcó su argumento: que los dirigentes y negociadores estadounidenses eran unos ineptos en comparación con los iluminados que dirigen la política económica y comercial mexicana. Resulta muy difícil imaginar que uno podría encontrar un solo mexicano que corroboraría el discurso ofrecido por Donald. ¿Dónde están estos políticos y dirigentes mexicanos tan brillantes? Estos genios que han engañado y superado a sus mediocres contrapartes estadounidenses. A algunos votantes que desconocen por completo la realidad política al sur del Rio Grande este argumento les podría parecer plausible. Para los que viven y conviven cada día bajo la realidad de la política mexicana, la aserción llega en la forma de un chiste de muy mal gusto.

Lo que es realmente curioso es la similitud que hay entre el discurso de Donald y el de la izquierda tradicional latinoamericana en cuanto a la política comercial. Los adherentes a esta posición anti-comercio, anti-globalización no se limitan a los Trumpistas. También tiene un ejército de fieles seguidores entre los pensadores “heterodoxos” de la región. Los proponentes de un Estado que impone restricciones y protege vigorosamente a la industria y producción nacional, contra la competencia de la “malvada” producción extranjera, se encontrarían incómodamente de acuerdo con Donald en esta faceta. Los defensores de estas ideas siempre creen que ellos podrán imponer una variedad de restricciones sobre los demás, mientras los demás no impondrán ninguna restricción sobre ellos. Lastimosamente, es una fantasía. Cada acción tiene una reacción, y en este caso la reacción es invariablemente la misma. Al final todos perdemos.

Esto no quiere decir que los que votaron por Donald por estos motivos no tienen problemas y preocupaciones legítimas. Efectivamente, una multitud de fábricas han ido desapareciendo del paisaje industrial estadounidense durante las últimas décadas, y con ello han ido desapareciendo la abundancia de empleos que estos productores ofrecían. Sin embargo, la anomalía no es que estas fábricas se hayan ido del país, la verdadera anomalía es que estuvieron ubicadas allí para empezar. De hecho, el único motivo por el cual estas fábricas se establecieron en los Estados Unidos hace 50 o 60 años era por la situación desesperada en la que se encontraban las economías en desarrollo, como la mexicana, en aquel entonces. En aquel momento tal era el rezago, en términos de industrialización, de las economías todavía ni emergentes que no era factible fabricar de manera eficiente ni siquiera las piezas y productos manufacturados más sencillos.

Desgraciadamente, ningún político estadounidense ha tenido la valentía para decirle al público norteamericano lo que es ya un hecho irrefutable. Esos empleos ya no volverán a los Estados Unidos. Es más, en un mundo mínimamente abierto y sin las marcadas brechas de industrialización que se veían hace 50 años, esos empleos jamás habrían existido en los Estados Unidos. Esa época dorada en que un joven estadounidense sin ninguna formación tenía garantizado un empleo bien pagado, independientemente de sus habilidades y capacidades, se ha ido. La cruda realidad es que este privilegio solo existió en aquel entonces por la extrema falta de oportunidades que sufrían los jóvenes en otras partes del mundo. A pesar del sostenido rezago económico que todavía sufren los países en desarrollo, las brechas entre estos y los países desarrollados se han estrechado lo suficiente para que puedan realizar de manera exitosa la producción de diversas actividades manufactureras.

Es imposible negar que la apertura comercial ha tenido un impacto nocivo sobre algunas industrias y empleos en los Estados Unidos, pero al mismo tiempo es imposible negar que ningún país en el mundo se ha beneficiado tanto de la apertura comercial y de la globalización como lo ha hecho Estados Unidos. Se han creado millones de empleos gracias a las oportunidades generadas por el intercambio transfronterizo. Actualmente, se estima que 6 millones de empleos en Estados Unidos dependen directamente del sector exportador del país, mientras el número de empleos que dependen indirectamente es mucho mayor. Asimismo, es muy fácil olvidarnos que no hace mucho tiempo tener una televisión, una computadora, una lavadora eran lujos reservados unicamente a ciertos hogares privilegiados de la sociedad, eran lujos que se encontraban fuera del alcance de la gran mayoría de la clase media y trabajadora. Hoy en día, los lujos del pasado se han convertido en bienes alcanzables para casi la totalidad de la población estadounidense, y cabe reconocer que la apertura comercial es uno de los principales motivos detrás de este grato cambio.

¿Eso quiere decir que se debe o se pueden ignorar los problemas y preocupaciones de los estadounidenses que han visto sus trabajos irse del país? Claramente no, y la elección de Donald es una importante señal de que un segmento de la ciudadanía estadounidense se ve gravemente perjudicada por las transformaciones desencadenadas por la globalización. El gobierno tiene el rol y la responsabilidad de asegurar que los beneficios de la globalización estén mejor repartidos entre la sociedad, que existan redes, apoyos y capacitación para los que desgraciadamente queden fuera de las oportunidades ofrecidas por un mundo cada vez más integrado y cercano. Sin embargo, la respuesta medieval y retrógrada de cerrarse al mundo y tratar a todos como enemigos irá en detrimento de los estadounidenses como del resto del mundo.

Yo no dudo que Donald hará valer sus promesas de campaña de construir barreras e imponer costos altísimos para los que envían sus bienes y servicios al país. De misma forma, no tengo duda alguna que estas políticas acabarán siendo dañinas no solo para México y los demás países que comercian con la mayor potencia económica del mundo, pero también lo serán para el mismo Estados Unidos –tanto para los productores estadounidenses que dependen de insumos y componentes importados para sus operaciones y producción, como para los consumidores estadounidenses que gozan de productos y servicios de mayor calidad por menor precio gracias a la competencia y apertura del comercio internacional.

Tal como fueron las experiencias de los países de América Latina con estas ideas y políticas en los años setenta y ochenta, los resultados finales serán muy distintos a los deseados. Será un experimento dañino, pero breve, con un modelo y una ideología que ya se ha mostrado sumamente inepta e incapaz de entregar alguna de las ganancias que promete. Tal vez sea optimista, pero los siguientes cuatro años nos permitirán darnos cuenta de una vez por todas que estamos mucho mejor servidos cuando nos vemos el uno al otro, independientemente de nuestra nacionalidad o geografía, como colaboradores dentro de una sana competencia, y no como rivales listos para derrotar o ser derrotados.

**Por motivos profesionales el autor de esta nota ha escogido permanecer anónimo**

Foto: http://uk.businessinsider.com/rethinking-free-trade-environment-2016-12?r=US&IR=T

Escrito por sofiaboschgomez

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