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Por: Jorge Solís Cisneros – @JorgeSoleros

“Los buenos escritores tocan la vida a menudo. Los mediocres, la rozan rápidamente. Los malos la violan y la abandonan a las moscas.”
Ray Bradbury, Fahrenheit 451

Indiferencia, menosprecio, olvido. De esta forma se cumple una de las grandes y elegíacas problemáticas que engloban al mundo de las letras: el desinterés hacia el trabajo literario de autores relevantes. ¿En dónde han quedado Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez? Desgraciadamente están siendo exiliados de las bibliotecas personales por pseudoescritores de sagas juveniles.

Actualmente, las nuevas generaciones han ido cultivando una predilección orientada a este tipo de creaciones “literarias”, demeritando así la compleja labor del arte de la pluma. Y es que ahora emergen escritores de la nada, sin preparación, sin un acervo cultural e intelectual vasto para poder darle vida a verdaderas obras. Aquella expresión de que la imprenta ha sido el peor de los males del hombre, puesto que ha ayudado a proliferar textos innecesarios, comienza a tomar sentido (Borges, 2011).

La misión del manufacturero de letras es vivir y morir para ello; crear arte desinteresadamente, sólo por la imperiosa necesidad de plasmar manifestaciones intrínsecas en el papel. La publicación, las regalías y el reconocimiento son propósitos que pasan a segundo plano, infortunadamente es todo lo contrario a lo que acontece hoy día: la literatura ha sido corrompida por la vanidad, por la búsqueda de la retribución monetaria.

Esta parafernalia de dilemas tiene sus orígenes –y su posible solución- en la desidia lectora. Si las personas se adentraran sin temor a leer cada día más, su bagaje se ampliaría descubriendo nuevos y mejores horizontes, rompiendo con las barreras del conformismo literario. Asimismo, habría un rescate de las obras importantes que han sido un parteaguas para la historia del arte. Y es que la literatura es vida y es muerte. Exaltación; sosiego. Alegría absoluta; decadencia constante. Es bondad onírica, es realidad atroz. Enajenamiento; serenidad.

No podemos prescindir del universo de las letras ni de sus máximos representantes que se han valido de méritos para ocupar lugares prestigiosos. Pero la decisión queda a libre albedrío. Cada quién escoge con qué quiere alimentar el alma, si con Pedro Páramo o con Crepúsculo.

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Borges, J. L. (2011). El libro de arena. México: DEBOLSILLO, p. 110.

Escrito por InteIndep

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