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Por: Juan Carlos Bracho

Este próximo 31 de diciembre despediremos un año por demás singular. Un año que, en palabras de mi amigo, Alerick Monter, será enmarcado como “el Pinterest del mismísimo Diablo”. A mí, me resulta más precisa la declaración de Marine le Pen, presidenta del partido de ultraderecha francés Frente Nacional, tras la victoria de Donald Trump: “Lo que pasó esta noche no es el fin del mundo, es el fin de un mundo”.

Tras la elección del magnate estadounidense, comienza una batalla intelectual por determinar el impacto simbólico del hecho. “¿La venganza del hombre blanco?” “¿El fin de la globalización?” y la que me interesa explorar en este espacio (ya que es la interpretación más atinada desde mi perspectiva), “¿El fin de la democracia?”.

Planteada como afirmación esta última pregunta parece más escandalosa que veraz; no obstante, lo es sólo, como lo acabo de plantear, en apariencia.

La democracia es, hasta el momento, la organización social más justa que se conozca, pero fallaríamos terriblemente si descansamos el ejercicio analítico ahí. Si vamos más allá de la apariencia, podemos darnos cuenta que todo sistema es sostenido por una ideología y es en ese plano donde la democracia ha perdido el rumbo.

Después de los plebiscitos en la Gran Bretaña y Colombia y las elecciones en Estados Unidos, la gran perdedora es la democracia no como sistema, si no como ideología. La idea de que la opinión de una o varias personas cuyo contexto es ajeno al tuyo, pueda determinar tu futuro inmediato o a largo plazo, por el único hecho de compartir pasaporte, comienza a verse iluminada por un halo de injusticia. Así lo expresó la juventud de la Gran Bretaña tras el fallo positivo al Brexit. Las protestas que se han visto en algunas ciudades de los Estados Unidos tras las elecciones presidenciales obedecen al mismo planteamiento.

Visto desde el punto de vista estructural (como sistema), lo acontecido en los ejercicios democráticos ya citados no hace más que refrendar la validez del sistema democrático. “Fue algo hermoso(…)[la gente] ha reclamado su independencia”, fueron las palabras de Mr. Trump el día posterior al Brexit. El ahora presidente electo de los EE.UU. declara eso porque su interpretación es estructural (desde el sistema). No obstante, en el plano ideológico, votar a favor de una segregación resulta antidemocrático, ya que corre en sentido opuesto.

Es esta misma perspectiva analítica la que lleva a Álvaro Uribe a proponer un “gran pacto nacional” momentos después de haber votado por el “no” a la paz en Colombia y la que hace lícito que Hillary Clinton no sea la primera mujer presidenta de los EE.UU aún habiendo conseguido más votos que su oponente.

Ahora lo planteo como pregunta: ¿No les parece absurdo haber perdido una elección siendo quien más votos consiguió en la misma? La respuesta a esto está en la comprensión del sistema electoral estadounidense. Una vez que uno lee sobre la historia del mismo, se dará cuenta que no es la primera vez que esto sucede. Con Hillary Clinton son cinco ya los candidatos que pierden las elecciones habiendo ganado más votos.

En entrevista con la BBC, el politólogo estadounidense de la London School of Economics, Thomas Leeper, declaró: “”Hay quienes creen que el proceso es defectuoso y en parte injusto, y que debería reflejar más la voluntad popular”. Pero… ¿No fue justo “la voluntad popular” lo que se reflejó en la Gran Bretaña y Colombia”? ¿No es ese justo el mal de democracias menos desarrolladas como las latinoamericanas, que “la voluntad popular” está expuesta a la manipulación mediática?

El triunfo del protagonista del póstumo reality showThe Apprentice” simboliza el fin de la democracia porque cierra un ciclo de cuestionamientos sobre su vigencia que empezaron hace mucho y en distintas latitudes. Su mandato nos expondrá de manera tácita que el sistema democrático que nos rige funciona aun cuando va a en sentido contrario de la idea que lo vio nacer.

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Escrito por InteIndep

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