estrategias-lenguaje-5-y-6

Por: Diego Fernández – @DFG_Diego


En México no se habla español, se habla mexicano
“…pero si el pensamiento corrompe el lenguaje,
el lenguaje también puede corromper el pensamiento.”
-George Orwell

Hablemos al chile: el lenguaje popular permea hasta el último resquicio de la cultura mexicana, dándole el carácter de sabiduría popular a los refranes y dichos pronunciados por labios cultos e incultos. Los aforismos populares están cargados de conocimientos adquiridos empíricamente y de moralejas que invitan a la reflexión profunda en torno a la vida y a la realidad. Las enseñanzas del refrán se transforman en sabiduría que queda plasmada con tinta indeleble en la memoria colectiva de México por medio de una frase corta y contundente, misma que se repetirá al cansancio para justificar o prevenir un problema.

Según Agustín Basave Fernández del Valle, investigaciones previas a 1989 demostraron que en nuestro país hay más de 10,000 frases populares que alimentan la filosofía del mexicano. El refrán surge en el pueblo, en el campo, en la senectud. Quizá los autores de los dichos más pronunciados fueron ancianos con una perspectiva diferente de la vida gracias a su experiencia, a los sucesos que marcaron su camino. La mayor aportación de estos autores anónimos fue darles aliento a los habitantes de un país donde impera la incertidumbre, el riesgo y el miedo ante la incómoda realidad.

La sencillez de las palabras hace del refrán un conducto lingüístico-filosófico adecuado para el entendimiento de cualquier persona, es decir, sin importar si ésta tiene, tuvo o tendrá la posibilidad acercarse a la “cultura culta” (valga el pleonasmo en su clasificación). El refrán describe un hecho en una sola oración, misma que debe analizarse minuciosamente para destejer el mensaje oculto en la metáfora.

Las palabras novohispanas resaltan en los dichos populares, pero en éstos también están presentes las voces precortesianas. En México no se habla castellano, se habla mexicano. Esto mismo llevó a la Real Academia Española de la Lengua a parir una institución llamada Academia Mexicana de la Lengua. En 1835 se crearía un instituto para la evaluación del idioma mexicano, misma institución que sería ratificada por decreto presidencial en 1854. La Academia Mexicana de la Lengua lucharía por la inclusión de los mexicanismos dentro del Diccionario de la RAE. El lenguaje del mexicano rebasa al castellano. Las variantes de significados pueden generar confusión en el extranjero, mismo que se verá desnudo ante otra categoría del lenguaje popular: el albur.

El albur -como juego de palabras- es valorado por algunos y despreciado por la mayoría. La profundidad del albur hiere susceptibilidades de personas poseedoras de un limpio y recto sentido moral, pero nutre de entretenimiento al vulgar, al dicharachero, al malhablado.

Para algunos sólo alburean el pelado, el naco y el ignorante. Es costumbre de léperos; “batalla de tepiteños”. Lo que ignoran los que toman como certeza la “ignorancia del albureador” es que este último necesita de una pícara capacidad lingüística (con amplio bagaje del léxico popular) y de una agilidad mental única para generar una frase que sirva como estocada direccionada hacia el espíritu del receptor. El albur es una batalla que necesita de dos caballeros armados con las palabras del pueblo y los vocablos cultos como espadas, escudados con la imaginación y portando el doble sentido como coraza para defenderse de la locución del enemigo.

El albur rebasa toda lógica del lenguaje, va más allá de lo concreto, del ente, de la cosa. El “chile” –en México– no sólo es la verdura que en otros países hispanohablantes conocen como “picante”. En el combate del albureador, el significante no coincide con el significado. Se echa a volar la imaginación para darle una connotación sexual al objeto, a la palabra, a la persona.

La inseguridad masculina del albureador lo lleva a enfrentar su propio reflejo para demostrar y defender su virilidad. La fonética también influye en el acto alburero. La palabra puede entenderse de dos o más formas a la hora de ser escuchada. La frase que en su versión escrita tiene un sentido, al oído encuentra otro.

El albur no es insulto, es la invitación a un juego idiomático. Alburear conlleva a escribir versos impúdicos con la boca. Según las indagaciones de Juan Domingo Argüelles, desde tiempos coloniales estaba presente la poesía vulgar, procaz, satírica y burlesca. Los textos poéticos compendiados por Argüelles en Breve antología de poesía mexicana nos llevan a concluir que la diversión versificada y el doble sentido están en nuestra cultura –en nuestra mexicanidad– desde tiempos históricos.

Las frases de los albureadores me recuerdan aquel pleito entre dos poetas del Siglo de Oro Español: Luis de Góngora y Francisco de Quevedo. Pido una disculpa para los intelectuales que se sientan agredidos ante tal comparación, pero la creo necesaria. Los sonetos que estos dos poetas se lanzaban con el desprestigio moral como objetivo único, bien pueden verse actualizados en la batalla del albur. Los dos enfrentamientos tienen en común el arma: la palabra (una escrita, siguiendo lineamientos poéticos; la otra hablada, siguiendo el momento, el instante).

La gran mayoría de la sociedad mexicana aún preserva estilos de lenguaje y pensamientos conservadores heredados por la Colonia y la implantación de la religión católica. Quizá sea de mojigatos satanizar el “albur”, el “lenguaje popular”. No existe mexicano exento de alburear o de ser albureado o de recurrir a un refrán para explicar alguna verdad del universo. En este país, no es extraño encontrar a gente culta y a los denominados “intelectuales” recurrir a palabras y frases del pópulo que convengan a la ocasión. La riqueza de lenguaje mexicano nos permite acelerar los procesos mentales para resolver conflictos de la vida cotidiana, es decir, nos proporciona “inteligencia”.

La apertura mental trae como consecuencia la aceptación de lo “moralmente indebido” como parte de nuestra vida diaria. La inmundicia y la suciedad desconciertan al mexicano que se vende como “conservador” ante la mirada del otro, pero que ha pecado pensamiento en más de una ocasión. Pero qué podemos hacer, el mexicano enmascara su realidad, su pecado, su error de pensamiento. Sirva el albur como una catarsis moral. Sirva el refrán como una ruptura de la idea de sólo encontrar sabiduría en los libros. El refrán –sabiduría del viejo campesino– y el albur –poesía del ignorante– son elementos de la cultura popular que nos enriquecen como mexicanos. Por lo pronto, yo seguiré convenciendo a mi amiga madrileña de no usar en este país el verbo “coger” como sinónimo de “agarrar”, “levantar”, “asir”, “sujetar” y “tomar”.

Referencias
Argüelles, J.-D. (2015). Breve antología de poesía mexicana. México, DF: OCEANO.

Basave-Fernández-del-Valle, A. (1989). Fundamentos de la mexicanidad. México, DF: Limusa.

Monsiváis, C. (1976). Estética de la naquiza. Siempre!, Suplemento “La cultura en México”.

Paz, O. (2012). El laberinto de la soledad. México, DF: Fondo de Cultura Económica.

27_diegofernandez

Escrito por sofiaboschgomez

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s