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Por: José García Dobarganes – @jooosege

Sus casas favoritas eran en las que se usaban pulgadas en vez de centímetros. Los números de las medidas siempre resultaban cerrados. Sentado con las piernas abiertas y la espalda recargada, esperaba a que fueran las doce en punto. No había reloj en el cuarto y eso lo volvía loco. Tenía que sacar la mano del pantalón constantemente para comprobar la hora en su reloj, tratando así de acelerar el tiempo. Cuando lo miraba, le parecía que cada paso del segundero aceleraba más su cabeza hasta hacerla explotar.

Movía los dedos del pie sintiendo cómo las falanges se doblaban hasta que le dolían; miraba sus zapatos e imaginaba sus dedos luchando por ser libres. Cerró los ojos, se encontró en una tienda departamental comprando zapatos, pasando las puntas de los dedos por encima de varios modelos, sintiendo los diferentes tipos de piel. Envuelto en el olor de las pieles su cuerpo se electrificó con el aroma único a zapatos nuevos. Las manos del zapatero por encima de sus calcetines rojos midiendo sus pies para hacerle un par de Oxfords: ni una pulgada más anchos, ni un decimal más largos. Su corazón latía más rápido, gotas de sudor escurrían por debajo de su camisa mientras imaginaba pares de calcetines colgados en los anaqueles, mismos que subirían desde sus dedos hasta sus tobillos, apretando y cortando su circulación. El olor de la perfumería le llegaba a la nariz, mezclando los cítricos profundos con el olor de la piel negra y brillante de sus nuevos zapatos. Sentía débilmente el pulso de los dedos del zapatero comprobando que todas las medidas se ajustaran de manera precisa para después sentir la presión de los cordones amarrados ahorcando las orejas. Los zapatos estaban listos: los recorrió de talón a punta con los dedos antes de dar el primer paso, comprobó que los calcetines estuvieran totalmente extendidos. Se detuvo a tocar las marcas de presión en su pierna. Sus dedos eran libres de nuevo.

El reloj una vez más. El segundero avanzando a la misma velocidad. Lo que sabía de zapatos lo había aprendido solo: su familia se dedicaba al teatro y nunca tuvieron sus mismos intereses. Egoístas, el teatro era su vida. No le gustaba el desorden de las reuniones después de las funciones: risotadas, humo de cigarro, el tin tin de los hielos contra el vaso de whisky, las anécdotas –las mismas de siempre– los minutos pasando como si no tuvieran prisa. Entró a estudiar Arquitectura y se fue a vivir con su abuela al Pedregal. Un espejo de cuerpo completo, una colección de discos de música española —ordenados de la C de Camarón a la V de Vargas—, una litografía de Hopper, un enorme closet de pino de Óregon y sus 5 relojes eran los únicos objetos que había en su cuarto. Tenía el mismo olor desde el día que se había mudado, ni siquiera la loción que se ponía todos los días de clavo, madera, frutas y vetiver —que lo envolvía en un esfera con aroma a anestésico de dentista con agua de lavanda intensa— podía quitar el aire rancio que circulaba por todo el espacio.

Recargó los codos en las rodillas y puso la cabeza entre su piernas. No había nadie más en ese cuarto, ni siquiera una ventana por donde mirar. Se quitó los zapatos y el saco. Observó sus dedos moverse como teclas de piano por debajo de los calcetines color vino. Estiró las piernas recargando la cabeza en sus manos. Nunca había visitas en la casa, solo vivían las sirvientas, la enfermera y la abuela. Parecía que hasta el polvo las había olvidado. Hablar con su abuela era una experiencia desagradable; su demencia y su olor a pañal sucio eran insoportables. Al menos la casa era silenciosa, el jardín se extendía como mármol en calma perpetua, los muros eran tan altos, las hojas de Plátano tan numerosas, que parecía que no estaban en ningún lugar.  Desde el balcón de su cuarto, sólo se veía la alberca vacía y un muro de piedra volcánica. Lo suficiente para no ahogarse en su soledad.

Se sentó en el suelo, se deshizo de la corbata y se desfajó. El silencio del cuarto lo hostigaba. El lento paso del tiempo lo empezaba a ahorcar. No parecía que la puerta se fuera abrir pronto. Dudó en si quitarse los calcetines para embarrar sus pies contra la alfombra repetidamente. Se desabrochó los primeros tres botones de la camisa blanca, cerró los ojos intentando olvidar al segundero. Hace dos días se había emborrachado con ginebras y agua quina. Solo, en la sala, se había terminado más de media botella para perder la noción del tiempo. Quería despertar de su continua constricción. Sentía la ansiedad como hormigas subir por sus piernas, su corazón se aceleraba, su respiración se entrecortaba, las manos le temblaban. Se dejó caer en el sofá, abriendo las piernas y los brazos hasta que resbaló y quedó boca arriba en el suelo. ¿Qué es lo que necesitaba para sentirse libre? Sentía que su piel se craquelaba. Imaginó sus trajes, corbatas y camisas colgando en la obscuridad de su closet, por encima de sus zapatos; su calzones y calcetines guardados en los cajones. Sintió que respiraba el olor del closet para respirarse a él mismo, esa esencia que se formaba entre los zapatos, la tela, su loción y su piel. A pasos torpes se dirigió a los medios del jardín dejándose caer. El cosquilleo helado del pasto recién cortado hacía cosquillas en su cuerpo, se hizo consciente de cada parte de él. Tomó los zapatos, los puso junto a su cara y se acomodó en posición fetal. Cerró los ojos hasta quedarse dormido.

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Escrito por InteIndep

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