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Por: Mauricio Ochoa – @mauri8a

Un día, como por quinto semestre de la carrera, llegó uno de mis compañeros de universidad, se armó de valor, y me preguntó con toda la sinceridad del mundo: “oye, Mau, ¿los gays se masturban?”. Honestamente no recuerdo qué respondí (seguro algo así como “préstame tu mano y averiguamos”), pero ha sido de las primeras veces que descubrí que la homosexualidad es un misterio para mucha gente. Incluso para nosotros mismos. Aunque cada vez es “más común” y “más aceptado”, la mayoría de la gente sigue sin tener la menor idea de qué implica ser homosexual. Desde la amiga que un día, con toda naturalidad y consternación, me dijo que “sentía bien feo por los gays porque no pueden tener relaciones viéndose a la cara” (???) hasta las veces que en mi familia han insistido que es una elección. Así, sin más. Que uno despierta un día y, como si fueran enchiladas, decide que le gusta más Liam Hemsworth que Jennifer Lawrence.

Aunque me da gusto que cada vez más gente lo toma con la naturalidad correspondiente, sigo viendo los estragos de la ignorancia en el tema. Como ya todo mundo sabe, a menos que vivan en una cueva y no sigan las noticias/chismes/redessociales/sobremesas familiares, el llamado “Frente Nacional por la Familia” organizó en días pasados distintas marchas en “defensa” de lo que los participantes llamaban “la familia natural”. En resumen, cualquier cosa que no sea mamá+papá+hijitos representa para ellos una amenaza cada vez más peligrosa. El “Imperio Gay” cada vez expande más sus horizontes y estamos listos para convertir a sus hijos a la veneración de Lady Gaga. Si procede la iniciativa del presidente Peña, que básicamente implica hacer explícito lo que ya dijo la Corte: que negar el matrimonio a los gays es inconstitucional (además de ojete), aparentemente eso implicaría la destrucción de las buenas costumbres, de la moral, de la natalidad, del dólar y de todo lo que se les pueda ocurrir. Más allá de las consideraciones de negar acceso a derechos, de tener poca o nula madre, o bien, de simplemente (ahí sí) meterse en la familia ajena, creo que gran parte de los ataques provienen de mero desconocimiento.

Los gays, me parece, seguimos siendo un misterio inconcebible para grandes sectores de la sociedad. Uno aprende a que el puto o maricón en la escuela es al que le gustan las personas del mismo sexo. Y ya. Nada más. Eso aprende uno en casa en las sobremesas familiares cuando tras el segundo whisky sale el tío medianamente ebrio a contar los chistes de maricones. Jijijijojojoj qué chistoso, pero hasta ahí. Nada de educación, nada de información. Uno, como homosexual, crece únicamente escuchando las mentiras, las burlas, las acusaciones, pero nada de datos, nada de evidencia, nada de información verdadera. Desde niño a uno le enseñan que tiene que gustarle alguien del sexo opuesto; que niño es con niña (nada de condón; puro con-doña, como decía mi papá – bienvenidas las enfermedades de transmisión sexual, total). Uno empieza a recibir disparos hormonales en la secundaria, pero, de nuevo, nada de información. Uno escucha a los compañeros hablar de las cada-vez-más-evidentes-chichis de la compañera pero se pregunta por qué nadie habla de las también-cada-vez-más-evidentes-pompas del mejor amigo. Uno no entiende qué carajos está pasando consigo mismo. Uno se ve al espejo todos los días y se pregunta, en la soledad, por qué es así; por qué no es como los demás.

Parte de las consignas del Frente por la Familia es “dejar la educación a cargo de los padres”. Dejar a los niños en la ignorancia. No se vayan a enterar que se puede ser gay. No se vayan a enterar que no es una enfermedad. No vayan a vivir su vida como ellos quieren, y como ellos nacieron. No vayan a vivir su vida, tal cual. Me pregunto, de verdad, qué espera toda la gente que marcha. ¿Seguir en la mentira? ¿Seguir engañándose a si mismos y a los demás? ¿Dejar que sus hijos aprendan la palabra “homosexual”, y su significado, hasta segundo de secundaria, cuando por primera vez aparece en el libro de biología? Podré entender que cada quien crea en lo que se le dé la gana. Infierno, cielo, purgatorio, pecados, lo que sea. Lo que nunca voy a entender es el por qué negar los derechos a las demás personas. Por qué negar el derecho a la información, o el derecho a vivir.

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. Me parece que tienes razón pues era mucha desinformación así crecimos pero pienso que poco a poco se van abriendo las puertas y la información va llegando de manera más clara. Pero sólo el que lo vive lo podría describir como esa angustia de saberte diferente de los demás y que NADIE habla.

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