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Por: Daniela Dib – @dandiba

“¿Por qué todos los chicos negros[i] se sientan juntos en la cafetería?”

Cuando un libro tiene un título tan inesperado como este, difícilmente un bibliófilo curioso puede resistirse al impulso de querer hojearlo. Hacer justo eso me llevó a comprar esta obra de Beverly Daniel Tatum, leerlo y comenzar a comprender algo de cuya magnitud no tenía idea: el problema racial de Estados Unidos.

Lo que como extranjeros sabemos sobre este tema es muy escueto: que los negros llegaron como esclavos, que vivían en plantaciones de algodón sin algún tipo de derecho, que obtuvieron un poco de dignidad como civiles hasta el movimiento de Martin Luther King, o que son muy buenos músicos y resultan excelentes atletas cuando alguien los saca de los ghettos y los desvía de una vida de pandillas y vandalismo. Nuestra admiración por las estrellas de esta raza es infinita: desde atletas – ¡Michael Jordan! ¡Venus y Serena Wiliams! ¡Simone Biles! -, actores – ¡Halle! ¡Denzel! ¡Oprah! ¡Samuel L. motherfucking Jackson! -, músicos – ¡Louis Armstrong! ¡Michael Jackson! ¡Kanye West! ¡Queen Bey! – y, por supuesto, hasta la pareja que actualmente vive en la Casa Blanca.

Sin embargo, si viajamos a Chicago, Nueva York o Los Ángeles, volvemos no para comentar sobre los múltiples logros y talentos de todas estas figuras famosas, sino para resaltar el hecho de que los indigentes, asaltantes y limosneros son casi siempre negros, que hay que evitar los barrios en donde viven, que qué impresionante peinado tienen. “Vi a un negrito bailando increíble en el metro”, “Vi a un negro gigantesco haciéndola de cadenero”, “Me perdí en un barrio de puros negros, me preocupé horrible”. Estas frases y percepciones no necesariamente ponen en evidencia nuestro racismo incurable, sino que se deben, en parte, a la influencia directa de los medios estadounidenses que crean y exportan productos culturales.

En el libro de Tatum aprendí que aunque el gobierno de Estados Unidos insista que el 72% de su población es blanca y el 12% negra, el hecho de que cada persona sea libre de elegir su raza en los censos distorsiona la información. Si eres hispano, árabe o de las islas del Pacífico, también puedes tachar la cajita de “Blanco”. Esto significa que el verdadero porcentaje de la población blanca (lo que en México y Latinoamérica conocemos como blancos; es decir, la imagen que tenemos del típico “gringo”) es alrededor del 49%. Esto es importante al observar más estadísticas sobre la diferencia entre un joven blanco y uno negro, incluyendo la probabilidad que tiene cada uno de ir a la cárcel en su vida (32% para el negro versus 6% para el blanco), de morir por un disparo de la policía (2.5 veces más probable para un negro), o de graduarse de la universidad (62% de los blancos que se inscriben lo hacen, mientras que sólo ocurre con el 42% de los negros.)

El libro de Tatum aborda lo que estas disparidades implican para niños y jóvenes negros. Si bien es cierto que esta minoría es la que más altas tasas tiene de drogadicción, criminalidad y abandono de estudios, no todo niño negro va a terminar sumándose a ellas. Pero ser negro en Estados Unidos, argumenta Tatum, no es fácil: en el país que tanto celebra la valentía y prosperidad de los migrantes, los negros se enfrentan a la dolorosa realidad de que ellos no llegaron a América por voluntad propia; en su memoria colectiva llevan la injusticia de que sus antepasados trabajaron, sin paga, las tierras que enriquecieron al país; aún está fresca la huella de lo humillante que era usar baños, utensilios y vehículos separados de los blancos hasta hace cincuenta años; el hecho de que muchos vivan en las peores zonas de las ciudades se debe, en buena medida, a las políticas públicas que durante años perpetuaron la segregación racial; gracias a políticas bien intencionadas como el affirmative action, es común que un estudiante negro en la universidad viva con el estigma de que no está ahí por sus capacidades sino porque se debía cubrir una cuota de minorías en el salón.

Las recientes protestas en Ferguson, Missouri, y Charlotte, Carolina del Norte, comenzaron porque policías blancos otra vez mataron a tiros a individuos negros sin otra razón aparente más que su tono de piel coincidía con el de 37% de los presos en el país. Pero los voceros del movimiento #BlackLivesMatter no sólo abogan por frenar abusos de autoridad motivados por el racismo: también quieren que haya opción de tonos negros en los maquillajes para mujer, que la mayoría de los personajes negros que aparecen en la televisión o películas no sean delincuentes, gángsters, prostitutas o infortunados que se salvan sólo por la ayuda de un blanco, y que cese la apropiación cultural.

Y es justo la apropiación cultural la espina que más impotencia les provoca. Los productos culturales que nacieron del sufrimiento de los esclavos en Estados Unidos no fueron inmortalizados en la cultura popular por negros: sin el blues doloroso de Big Mama Thornton, Elvis Presley no mantendría el título del cantante con más ventas en la historia; mucho antes de Eminem estuvo Tupac, pero Marshall Mathers ha recibido 155 reconocimientos y premios por su música mientras que el fallecido californiano obtuvo sólo 5 en el transcurso de su trágica vida. Las trencitas (cornrows) en el cabello de la raza negra son funcionales para que los rulos tan cerrados no se enreden. En la calle, las trencitas de una negra son una marca de su pobreza, del ghetto, pero en una blanca representan que es cool, que está de moda, que es fashion. No es que los blancos no puedan peinarse así, rapear, tocar jazz o usar pantalones aguados. El problema es que se llevan el mérito, cultural o monetario, por hacerlo. Como menciona la revista Time, hay una diferencia entre rendir homenaje a una cultura y robar de ella.

Volviendo al libro de Beverly Tatum, más allá de esclarecer por qué, a pesar de que ya no hay segregación racial en el país, sigue siendo muy común que los negros se aíslen de los blancos a la hora de la comida. La autora levanta muchas preguntas que para quienes no somos estadounidenses nos parecen sobradas: ¿Cómo pedirle a un niño de padres birraciales que elija si es negro o es blanco? ¿Cómo explicarle por qué no hay superhéroes negros, o de qué color es Dios? En la cultura mexicana, el dinero y la clase nos dividen como sociedad, pero el hilo conductor de nuestra vida como país es el mestizaje. Al tramitar nuestros documentos oficiales no tenemos que especificar qué raza somos, a qué minoría social pertenecemos, o qué porcentaje de nuestros genes son españoles o indígenas. Aunque en la práctica social haya quienes ponderen el cabello rubio y tez blanca sobre el negro y la piel oscura, la herencia cultural de íconos como Agustín Lara o Juan Gabriel la cantamos güeros y morenos por igual. Y creo que eso, el poder ser capaces de compartir una cultura, es algo que el país más poderoso del mundo no tiene.

[i] Elegí no utilizar el término afroestadounidense por dos razones: describir a alguien como negro no es peyorativo, y no todos los negros que viven en Estados Unidos se sienten cómodos con su uso.

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Escrito por InteIndep

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