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Por: Gabriela S. Gómez – @GabrielaSGH

A finales de los 80, en Estados Unidos, se reunieron los poderes económicos de Occidente para definir las políticas económicas que, según ellos, sacarían a Latinoamérica de las series de crisis que habían estado sucediendo en la región. A estas políticas se les agrupó bajo el sobrenombre de “Consenso de Washington”. Viniendo de nuestros amigos del norte y de sus compadres europeos, parte esencial estas fórmulas eran la reducción de la intervención del Estado en los asuntos económicos, la apertura de las fronteras comerciales, estabilidad macroeconómica, entre otras. La idea era simple: o los gobiernos latinos aplicaban estas directrices o se olvidaban de recibir cualquier apoyo del Fondo Monetario Internacional o del Banco Mundial.

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Sin entrar en mayores detalles, a finales de los 90 el resultado de las políticas ya era palpable: en algunos países se logró un crecimiento relevante, en otros cuantos se consiguió, aunque momentáneamente, estabilidad macroeconómica y la implementación de políticas fiscales más eficientes. Lamentablemente, el saldo generalizado no tendría nada que ver con ninguno de los anteriores, la consecuencia más palpable de las reformas fue el aumento en la desigualdad y en la pobreza. Por consiguiente, a ojos de la sociedad civil, el Consenso de Washington había fracasado y su producto final fue la creación de un nuevo “enemigo público”: el Neoliberalismo y junto a él, la intervención de organismos internacionales en las decisiones de política económica.

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La explicación de este fracaso es complicada. Dependiendo del analista económico consultado se arrojan diversas conclusiones. El único consenso está en la falla de no pensar las fórmulas tomando en cuenta la situación específica de cada país. De igual forma, para Latinoamérica las explicaciones llegan tarde. Este fracaso abrió y pavimentó el camino para el surgimiento de una nueva ideología que en la década de los 2000 iba arrasar con la región: la llamada “Neoizquierda Latinoamericana”.

La vena “izquierdosa” de Latinoamérica tiene sus raíces más fuertes en la segunda mitad del siglo pasado. En aquella ocasión, la amenaza de la Guerra Fría no permitió que estas propuestas tuvieran éxito. Salvo casos específicos como el de los revolucionarios de Fidel Castro en Cuba y los Sandinistas en Nicaragua, los intentos por instaurar gobiernos de izquierda fueron sofocados por golpes de estado, impulsados por el largo brazo estadounidense y mantenidos por medio de represión, persecuciones, asesinatos, censura, desapariciones forzadas, y de todas las posibles violaciones a los derechos humanos.

Con el fin de la Guerra Fría y el muy publicitado fracaso del comunismo vino un respiro para los Estados Unidos, y por consiguiente para las ideologías divergentes al sur del Río Bravo; a Latinoamérica le llegaba la hora de la democracia, de la libertad de expresión y, sobre todo, de la lucha por la “justicia social”.

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Los partidos de izquierda se encontraron por primera vez en muchos años en un ambiente político libre, donde pudieron desarrollar su corriente ideológica y publicitarla sin miedo a que la “mano invisible” viniera a frenarla poniéndolos en una mazmorra. Hicieron de su bandera la justicia social, el rechazo al Consenso de Washington y por consiguiente a esos grandes enemigos del pueblo que eran el Neoliberalismo, la globalización y la intervención norteamericana.

Comenzando con la elección de Hugo Chávez como Presidente de Venezuela en 1999, los procesos democráticos de otros países del Cono Sur no tardaron en mostrar sus colores y en 2003 tomaron la presidencia Néstor Kirchner en Argentina y Lula da Silva en Brasil; en 2005, Tabaré Vázquez en Uruguay; en 2006, Michelle Bachelet en Chile y Evo Morales en Bolivia; en 2007, Rafael Correa en Ecuador.

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Se podría decir que por primera vez en la historia de la mayoría de estos países, el pueblo tenía al gobierno que había elegido. Y, como si la divina providencia quisiera compensarlos por años de fracasos, represión y abusos de poder, los gobiernos de la Nueva Izquierda se encontraron con un panorama de bonanza sin precedentes. Los precios del petróleo y de las materias primas que estos países exportaban estaban por los cielos y la cajita registradora no dejaba de sonar. Los gobiernos de la Izquierda usaron una buena parte de estos ingresos para destinarlos a programas de apoyo social, que momentáneamente brindaron un impulso económico a la sociedad y cierto saneamiento de la pobreza. Este aparente éxito de los programas en unos países se hicieron saber a otros lados de las fronteras y todos querían formar parte de ellos. La percepción: los gobiernos de la Izquierda cumplen y la justicia social está a la vuelta de la esquina.

Pero pareciera que el destino se ensaña en contra de los latinos. En los inicios de la década de 2010, estas materias primas que estaban dando de comer en abundancia perdieron su valor y en las economías de los estados latinoamericanos empezaron los problemas. Dejó de alcanzar el dinero para sostener todos los programas de asistencia social y la sociedad, que como es costumbre espera siempre recibir, empezó a inquietarse. Resultado: el panorama ideológico que empieza a permear en Latinoamérica en esta década es “parece que los gobiernos de izquierda no funcionan tan bien”.

A este análisis superficial de la situación habría que agregarle detalles de lo que sucede en cada nación. No es lo mismo el resultado de la administración “Kirchnerista” que el de la “Chavista”, o en su caso, la “Madurista” (que al parecer ya es la única que crea consenso en un trágico “¡No más, por favor!”) y definitivamente no podemos comparar ninguno de los dos anteriores con el panorama que se percibe en Chile. Lo que sí es un hecho es que la pagana de las crisis de la década es la “Izquierda”. Editorialistas de todo el mundo escriben con titulares que, palabras más, palabras menos dicen “Fracasó la Izquierda en Latinoamérica” y los ciudadanos poco a poco empiezan a mirar con ilusión hacia el otro espectro ideológico.

La cuestión es, ¿es justo culpar a la izquierda? En los 90 culpábamos a los gobiernos que impulsaban ideologías de derecha económica, a la intervención de Estados Unidos, a los tratados de libre comercio. En Venezuela se culpa a la izquierda chavista, en Argentina al Peronismo de los Kirchner, en Brasil a la izquierda chueca de Lula y de Dilma, y, viniéndonos más al norte, al centro-quien-sabe-qué, del PRI. Entonces, en 2016: fracasó la derecha, fracasó la izquierda, ¿no será más bien que hemos fracasado los latinoamericanos?

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Escrito por InteIndep

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