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Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Verano 2016.- Miércoles por la tarde. Me encuentro en el Aeropuerto de la Ciudad de México. Mi vuelo sale hasta las 6 p.m; tengo tiempo de sobra: quiero ver si me puedo subir al de las 5 p.m, pero no hay espacio. Leo una revista en la sala de espera, luego camino y veo en un restaurante a una amiga de la infancia junto con su esposo e hijos; platicamos brevemente, se me pasa el tiempo rápido: ha llegado el momento de abordar.

El vuelo despega con destino a Guadalajara; es un vuelo corto: dura aproximadamente una hora. El avión tiene pantallas para ver películas y eso me agrada. Elijo la película Los 33, que está basada en la historia de los 33 mineros que quedaron atrapados por más de 60 días en la mina de San José, en Chile, y que finalmente sobrevivieron. Transcurre el trayecto y, por supuesto, no alcanzo a a ver toda la película que, de cualquier forma, no me está encantando: el aterrizaje se aproxima.

Volteo a ver la ventana y el cielo está totalmente nublado; llueve mucho. En el momento que el avión está a punto de tocar piso, cambia de dirección y comienza a despegar nuevamente. El nervio se siente en el interior del avión: nos encontramos en una zona de turbulencia; empezamos a sentir pequeños saltos que conforme pasan los segundos, se intensifican. De pronto, el avión baja con velocidad como si fuese el tipo de caída libre que uno experimenta en la Montaña Rusa. Peor: no nos encontramos en la Feria; estamos en las nubes. En ese momento, se me sale el aire y pego un grito ahogado: no recuerdo haber vivido una situación similar en un avión. Los instantes se alargan y en fracciones de segundos, vuelan múltiples imágenes por mi mente. Es impresionante la capacidad que tiene el cerebro para procesar pensamientos existenciales en tan poco tiempo. Deseo con todo mi ser que no se caiga el avión; todavía me queda mucho por vivir, me repito en mi cabeza.

Después de unos segundos, afortunadamente, el avión vuelve a ganar altura y comienza a estabilizarse. Regresa un poco la paz. Sin embargo, se escuchan muchos murmullos; la gente, incluyéndome a mí por supuesto, está asustada. Volteo a una de las personas que se encuentra a mi lado y lo primero que me dice de manera nerviosa: “Estamos en medio de un tormentón”. El avión vuelve a tratar de aterrizar en Guadalajara, pero las condiciones climáticas nuevamente lo impiden. El piloto anuncia que aterrizaremos en Puerto Vallarta.

El trayecto transcurre con normalidad. Después de alrededor de 30 minutos, se asoma el mar de Puerto Vallarta entre un cielo nublado. Lo primero que pienso al contemplar la vista es que me encantaría quedarme en la playa unos días. Me imagino a mí mismo en un camastro, recostado, viendo el mar mientras mis manos tocan la arena. Me imagino sumergido en el mar, sintiendo la espuma de las olas.

Salgo de mi fantasía y me percato que ya estamos a punto de aterrizar. Tocamos tierra y siento una sensación de alivio. El plan es cargar combustible, esperarnos unas horas y regresar a Guadalajara. Cuando abren la puerta del avión, salgo inmediatamente a las escaleras. Se siente el calor digno de un clima tropical, pero hay mucha gente que está fría; observo reacciones de todo tipo: gente que llora, a alguien que respira por medio de una bolsa, gente que se sube un camión con la intención de regresar por tierra, pero también veo gente que sonríe, que platica y se siente aliviada. Me topo con el piloto y tengo la oportunidad de conversar con él y otras personas.

Nos explica, en primera instancia, que le impresiona la velocidad con la que se pueden mover las nubes. Nos dice que en el momento que íbamos a aterrizar en Guadalajara, nos encontrábamos justo abajo del ojo de la tormenta. Nos brinda una analogía: la tormenta representa una regadera y, en este caso, la tormenta o la regadera se encontraba arriba de nuestro avión, encima de la pista de aterrizaje. Si hubiéramos intentado aterrizar, corríamos el riesgo que la fuerza del agua y del viento nos hubieran empujado hacia abajo. Por ello, tomó la decisión de no aterrizar; pudimos haber chocado. Nos comenta que cuando estábamos despegando, apenas logramos esquivar la tormenta, pero ésta rozó un poco al avión; no había de otra. Por eso sentimos el bajón al estilo de la Montaña Rusa. Nos confiesa que en más de 20 años de carrera, nunca le había tocado lidiar con una situación así. Solo le había tocado vivir una experiencia que se asemeja, en el simulador de vuelo. Nos platica que también sintió miedo y que temía que el parabrisas no aguantara la presión al momento que rozamos la tormenta. Sin embargo, mantuvo la calma y nos sacó de la situación como un profesional. Nos llevó sanos y salvos a Puerto Vallarta porque esa era la opción más segura. Al terminar la conversación, le agradezco al piloto, lo felicito por poner nuestra seguridad ante todo.

Después de una hora, volvemos a despegar rumbo a Guadalajara. Como a los veinte minutos, se escucha la voz del piloto: “Ahora estaremos pasando por una zona de turbulencia. Favor de abrocharse el cinturón”. Me agarro de los descansabrazos y me siento tenso, pero no se siento nada de turbulencia: respiro. Son como las 10 de la noche y por fin, vamos a aterrizar en Guadalajara. Al tocar piso, se escuchan aplausos. Hemos llegado a nuestro destino, hemos vivido una experiencia que no olvidaremos. ¡Tierra, tierra, tierra!

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Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. En tu relato muestras una gran sensibilidad en los detalles y a pesar de la experiencia que viviste no percibo la intranquilidad que debió acometer a la mayoría de los pasajeros. Te imagino en una descripción como de un ser desdoblado que se mira y mira a todos desde fuera en momentos irreales que van pasando tan rápido que tienes que esperar que el espíritu alcance nuevamente a tu cuerpo.
    Me da mucho gusto que todo terminara bien y que estén sanos y salvos. Tu redacción es muy amena. Felicidades

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