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Por: Mario A. Campa – @mario_campa / @latampm

Recientemente hice escala en el pantanoso mundo del existencialismo, corriente filosófica y literaria que agrupa a una generación de intelectuales que repensaron, en los siglos XIX y XX conceptos como la libertad, la moral, las emociones y el significado de la vida. debido a la heterogeneidad de sus escuelas y principales exponentes, No existe unanimidad sobre quiénes fundaron el movimiento existencialista. Tuvieron vida al menos tres grandes corrientes: el existencialismo cristiano (fielmente encabezado por el danés Søren Kierkegaard), el existencialismo ateo (gallardamente liderado por el francés Jean-Paul Sartre) y el existencialismo agnóstico (tibiamente representado por el alemán Martin Heidegger). La ausencia de consenso taxonómico dio cabida a que otros Notables como Friedrich Nietzsche, Albert Camus y Fiódor Dostoyevsky fueran relacionados—y con razón—al existencialismo.

Sartre (1905-1980) fue quizá el más elocuente promotor del existencialismo genérico. (Como pequeño-gran paréntesis, Sartre era todo un personaje. Entre sus anécdotas destacan tres: (1) haber rechazado un premio Nobel de literatura en 1964; (2) haber sufrido una depresión y alucinaciones por seis meses producto del consumo de mezcalina con el fin de investigar la percepción; y (3) haber sido pareja sentimental de la feminista y existencialista Simone de Beauvoir.) En El Existencialismo en un Humanismo, el filósofo y escritor francés mundaniza algunos de sus conceptos filosóficos para beneficio de una audiencia no sofisticada, dando pauta a que su auto-nombrado existencialismo ateo se emancipara de la burbuja del mundo filosófico abstracto—con los problemas que ello implica y que el mismo Sartre lamenta al final de la conferencia que da origen al libro—; y posibilitando que hoy podamos platicarlo en el mundo terrenal.

Sartre agrupó en su ponencia a los existencialistas del siguiente modo: “Lo que tienen en común es simplemente que consideran que la existencia precede a la esencia, o si se prefiere, que hay que partir de la subjetividad.” Lo anterior marcó una ruptura con la idea de que la esencia precede a la existencia, lo que comúnmente lleva a que se hable de una naturaleza humana (p.ej., “hijos de Dios”), misma que para los existencialistas simplemente no existe al no haber algo que a priori nos defina como especie. Decía Sartre: “El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada… el hombre no es otra cosa que lo que él se hace…. es responsable de lo que es.” Este es el primer principio del existencialismo.

El segundo principio es más angustiante. Al tener la posibilidad de elegirse a sí mismo constantemente, el hombre elige también por todos los hombres, pues al crear al individuo que queremos ser, al mismo tiempo creamos una imagen del hombre como consideramos debe ser. Para el existencialista, el hombre está condenado a ser libre. No hay determinismo ni referencia a una naturaleza humana: “el hombre, sin ningún apoyo ni socorro, está condenado a cada instante a inventar al hombre… está uno desamparado,” argumentó Sartre. Así pues, elegir ser algo afirma al mismo tiempo el valor de lo elegido. Un ejemplo: si elegimos casarnos y tener hijos, encaminamos a la humanidad entera en la vía de la monogamia. Se desprende como corolario que no elegir es también una elección. Otro ejemplo: si elegimos no votar en una jornada electoral, elegimos que quienes sí lo hicieron decidan al ganador, afirmando ellos así sus propios valores representados por una figura política.

Pensemos un segundo en las implicaciones del existencialismo ateo. Por un lado, la responsabilidad de cada hombre es abrumadora, pues el colectivo construye sistemas de valores. Un ejemplo más: Si decidimos mentir en nuestras relaciones sociales, elegimos una humanidad donde la mentira es tolerable: la afirmamos. Corolario: si elegimos no denunciar la mentira, elegimos que ésta se siga perpetuando por generaciones—más palpable en una relación padre-hijo. El precepto aplica para cada micro-decisión cotidiana, tomando fuerza concepto de compromiso social. Una angustia permanente acompaña al hombre consciente, pues sabe que el porvenir está en manos del hombre, y de nadie más. Esta angustia permanente lleva a que los existencialistas sean tachados de sombríos y pesimistas. Se lamentaba Sartre de que “el reproche esencial que se nos hace, como se sabe, es que ponemos el acento en el lado malo de la vida humana.” La realidad es otra. Sabiendo el existencialista del potencial humano de crear nuevos sistemas de valores, denuncia y ataca los actuales buscando que no se normalicen y que los patrones sociales vigentes no se hereden y que otros se afirmen. ¿Cuáles? Los que construimos colectivamente con un compromiso social.

Uno generalmente acude a los existencialistas buscando respuestas. Y lo que uno obtiene son más preguntas y dudas. Y es precisamente lo que busca el existencialismo: desdibujar lo que entendemos por “naturaleza humana” y construir nuevas realidades individuales y colectivas. Hay un pasaje de la conferencia de Sartre que es particularmente cautivador y demuestra las limitantes de la ética y de aquella célebre universalidad que predicó Kant. Cuenta Sartre la anécdota de una estudiante que acudió a su cubículo buscando que lo aconsejara sobre un dilema personal. El padre y la madre del joven se habían peleado y su hermano mayor había muerto en una ofensiva nazi (1940). El estudiante quería vengar la muerte el hermano y tenía la elección de partir a Inglaterra e integrarse a las Fuerzas francesas libres. Pero la madre, afligida por la pelea con el marido y la muerte del hijo mayor, tenía en el hijo menor su único consuelo: vivía sólo para él. El estudiante sabía que cada acto suyo llevado a cabo con respecto a su madre la ayudaba a vivir y que cada acto con respecto a la partida era ambiguo, pues podía servir para nada y ser ésta interrumpida incluso en el camino.

Así pues el estudiante estaba en medio de un dilema de dos morales enfrentadas: una personal y de simpatía y otra más amplia, pero menos confiable. Preguntó entonces Sartre en la conferencia, ¿qué moral puede resolver este dilema? ¿La cristiana y ‘ama a tu prójimo’ y ‘sacrifícate’? (¿Quién es el prójimo, la madre o los soldados?) ¿La utilitaria y ‘elige el mayor de los bienes’? (¿Cómo calcular qué utilidad es mayor, siendo el pago tan ambiguo?) ¿La kantiana y ‘trata a los demás como fines y no medios’? (¿No trataría el estudiante al resto de las tropas como medios si se sacrifica por la madre, y viceversa?) En fin, Sartre concluyó que no hay ninguna moral que pudiera aconsejarle al joven cómo actuar; todo dependía del sujeto y su propia realidad.

¿De qué sirve entonces el existencialismo si no puede guiarnos en cuanto a qué moral o principios deben regir nuestra conducta? Sirve de mucho: nos recuerda que nadie tiene la solvencia moral para imponernos un sistema de creencias o valores y que cada uno elige (activa y pasivamente) cómo definir la propia existencia y, por extensión, la de toda la humanidad—algo que valdría la pena recordar constantemente y no sólo en épocas electorales, como se nos presenta ahora el dilema dialéctico Trump-Clinton. ¿Hacemos lo suficiente para impedir el ascenso de valores antitéticos a los nuestros pensando paralelamente en el porvenir humano? Más preguntas que respuestas.

4_MarioCampa

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. GABRIELA Hernández 21 septiembre, 2016 en 6:41 pm

    Muy bueno, felicidades !

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