Social media devices connection concept

Social media connection concept with mobile, notebook and server technology illustration.EPS10 vector file organized in layers for easy editing.

Por: Daniela Dib – @dandiba

El “internet de las cosas” es tema favorito entre expertos que discuten sobre tecnología e innovación. Su promesa es mejorar la vida mediante artículos ‘inteligentes’ que estén conectados a través de internet; comunicación de máquina a máquina (M2M) para que los objetos hablen entre sí, compartan información y solucionen problemas de distintas magnitudes. Las posibilidades son infinitas: desde refrigeradores que reduzcan el consumo de energía dependiendo de la cantidad de alimentos que guarden, automóviles con piloto automático capaces de salvar la vida del conductor, e incluso concreto que detecte y prevenga accidentes de infraestructura. Y si bien la promesa de una vida en la que las máquinas ‘conversen’ no plantea un escenario tan aterrador como el de Black Mirror, confiarles la solución a todos nuestros problemas sí puede resultar contraproducente.

La discusión no gira en torno a una nostalgia inútil por rechazar la tecnología y volver al tiempo en que se hacían las cosas de manera artesanal y en pocas cantidades —estos pasatiempos dejémoslos para los hipsters—, sino alrededor del valor añadido que un aditamento tecnológico en realidad le brinda a nuestras vidas. ¿Un collar con localizador para evitar que se extravíen quienes padecen Alzheimer? Definitivamente útil, de mucho valor. ¿Un e-reader para descargar y permitir el acceso a muchos libros? Muy útil y de valor para quienes tienen el tiempo y necesidad de leer tanto. ¿Una aplicación de teléfono que nos notifique cuál es el mejor momento para convertir una zanahoria en jugo mediante extracción en frío? Es útil sólo si consideramos que crea un problema para después solucionarlo.

Si bien la búsqueda de una vida más cómoda ha sido siempre el motor para la innovación humana, pareciera que lo que ocurre en Silicon Valley y otras regiones fértiles de emprendimiento ha desatado una confusión alimentada por la ambición de enriquecimiento rápido: se abusa de la tecnología con tal de que un producto o servicio sea catalogado como innovador.

Este mal aqueja más a los desarrolladores de aplicaciones móviles. El mercado para éstas es innegable: tan sólo en México existen cerca de 77 millones de smartphones en funcionamiento, y todos los que tenemos uno no podemos imaginar la vida cotidiana sin él. Lo que olvidamos es que sólo han pasado nueve años desde que el primer iPhone salió al mercado y que antes de eso nos las arreglábamos perfectamente. Aquel 29 de junio de 2007 no sólo abrió las puertas del consumo de información móvil y nos dejó con una de las mejores lecciones de presentaciones en público, cortesía de Steve Jobs, sino también marcó la pauta con la que, a partir de entonces, el mundo entero evaluaría la utilidad de un celular. Antes del iPhone, un teléfono era “bueno” si captaba bien la señal de satélite y recibía llamadas; hoy es bien calificado si su sistema operativo le permite operar más de veinte aplicaciones sin problemas y si su pantalla es extra grande y extra delgada. Mensajería, entretenimiento, transporte, servicios financieros, documentación de crímenes y promoción de justicia social —como dicen los cínicos, los teléfonos de hoy son a veces más guapos e inteligentes que muchos de nosotros.

La aparente omnipotencia de un smartphone nos ha vuelto dependientes de él. A muchos de quienes se autodenominan emprendedores, innovadores o techies los ha vuelto visionarios en el sentido menos halagador de la palabra: ven problemas que no existen y se proponen solucionarlos. En los demo days de incubadoras o programas de aceleración—presentaciones finales de clases sobre emprendimiento o programas de televisión sobre proyectos e inversionistas—, son comunes las aplicaciones para smartphones que se ven muy interesantes pero que en realidad no solucionan nada. Hay apps con APIs complejas que permiten integrar el smartphone con ondas de sonido y un aparato para decantar botellas de vino. He visto aplicaciones que dan la falsa impresión de que el usuario tiene pareja, generando llamadas y mensajes falsos desde un contacto inexistente. También existen apps que te recuerdan cuándo darle de comer a tu bebé, en caso, supongo, de que no sepas leer un reloj o carezcas de sentido común. Y he escuchado ideas para crear apps sólo porque alguien sabe programar y puede crearlas: una app para descargar un catálogo de muebles, otra para agendar una cita con el estilista, una más para programar un café al momento en que te despiertas.

Gracias a los smartphones, personas que viven en economías en crecimiento como la nuestra han logrado ingresar al sistema financiero, tienen acceso a soluciones de movilidad e incluso se han movilizado para protestar políticamente. Pero la otra cara de la moneda es que gracias también a la proliferación de estos aparatos y al furor por las apps, en algunos sectores de la población se ha dejado de interactuar frente a frente para realizar tareas cotidianas que no requieren más que un breve intercambio de palabras o una acción mucho más sencilla que actualizar el sistema operativo del teléfono.

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Escrito por mariocampam

Un comentario

  1. Muy buen artículo. Estiy de acuerdo. Hay un universo de apps, muchas de ellas que nos encierran en un mundo en donde el ciontacto humano es mínimo y nos aisla. Ottas cuyo propósitoes tan tan simple que su utilidad parece absurda.
    Pero también hay otras que.realmente son útiles, y prácticas. Como citas rn el.artículo, el.cual me gustó mucho, como también esta página. Felicidades a todos.

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