cementerio

Por: Ernesto Gómez – @EGH7

Para cuando terminó su tercera taza de café ya se sentía listo. A Eladio le esperaba una noche larga. La primera de muchas en su nuevo empleo velando el cementerio del pueblo donde estaban enterrados todos sus ancestros y los de sus vecinos que, en la mayoría de los casos, eran los mismos. El pueblo era tan chico que la mayoría estaban emparentados por un lado u otro.

Eladio no sentía ningún placer por comenzar a trabajar y menos de noche en la soledad del cementerio. No sentía miedo alguno, pues él siempre creyó que lo muerto así se quedaba y no había mucho más que verle. Pasar las noches sin sueño era lo que le molestaba, pero su madre le dijo que ya era hora de que comenzara a trabajar y, con la muerte de José el viejo velador, esta era la única oportunidad que tenía a la mano.

Salió con paso rápido pues, a pesar de no querer el trabajo, no quería llegar tarde en su primer día ni quedarle mal a su primo Leobardo, quien se encargaba de enterrar a los muertos cuando los había y recomendó a Eladio para la vacante. Tenía que atravesar todo el pueblo para llegar al cementerio, pero eso no era gran problema. Sojón era uno de esos pueblos chicos en medio de México que parecían olvidados por el tiempo y la gente. Aquí la vida transcurría lenta y sin prisas, pues no había porque apurarse y lo más eventual que pasaba en la vida de sus pobladores era la muerte, propia y ajena. La muerte de José era de lo único que se hablaba ahora y se hablaría de ello por un rato, antes de volver a hablar del clima y la siembra.

Encontró el cementerio vacío excepto por Agapito Apolinar, el encargado de los espacios comunes del pueblo. Agapito lo recibió con una sonrisa y le explicó brevemente sus simples labores: turnos de 7 de la noche a 7 de la mañana todos los días, excepto en festividades. Su labor era evitar que los de Mezquil, el pueblo vecino, robaran algo de las tumbas.

-Son una bola de maricas- le dijo Agapito- con verlo a uste’ alcanza pa’ que se vayan, Eladio. Nomás no me vaya a faltar sin avisar que, con lo chico que está Sojón, me voy a enterar, muchacho.

Eladio asintió y, sin decir más, Don Agapito lo dejó solo con sus pensamientos y los muertos. Caminó hasta donde se encontraba la pequeña cabina de vigilancia pensando como con este horario, no era ninguna sorpresa que José hubiera muerto sin esposa ni hijos. No acabaré así yo se prometió. Pasó junto a donde habían enterrado a José ese mismo día. La tierra todavía estaba fresca y la lápida de piedra ya estaba lista con el nombre y las fechas de nacimiento y muerte, además de la campana con su hilo. En Sojón a todos se les enterraba con una campana atada al pulgar derecho por medio de un hilo. Esto era para evitar que a alguien se le enterrara vivo por error y la hicieran sonar en caso de encontrarse en esa horrible situación. Hasta ahora sólo el viento había hecho sonar las campanas, pero la fobia seguía latente.

Este miedo venía desde los tiempos de Trinidad Nieves, el único hombre rico que había vivido en Sojón. Trinidad llegó a Sojón un día por accidente, un hombre de 55 años que perdió su camino y quedó fascinado con el lugar. A las dos semanas volvería con sus hijos y su dinero para construirse una casa en la cual pasar el resto de su vida. La llegada de este hombre cambió al pueblo, pues dio empleo a muchos en la construcción y cuidado de sus tierras, además de que siempre fue un hombre festivo que hacía grandes convivios en su casa. Incluso se consideró renombrar al pueblo en su honor. Un día al señor Nieves se le encontró tirado a un lado de su cama y sus hijos, prontos a querer recibir la herencia e irse de Sojón, lo declararon muerto sin confirmar el hecho. Ya se hacían los preparativos para su funeral y la gente ya le lloraba con tristeza cuando de pronto recobró conciencia Trinidad y quedó traumado con el miedo de haber despertado bajo tierra. Del señor Nieves ya sólo quedaba su tumba y su casa abandonada desde el día en que sí murió.

Una vez estando cómodamente en la cabina (o lo más cómodo posible dadas las circunstancias), se dispuso Eladio a leer una revista que le había prestado su mamá. En Sojón sólo se podían adquirir materiales impresos una vez al mes en la tienda de Apolinar, por lo que esta revista le tenía que durar buen rato para no aburrirse. El entretenimiento de la revista probó ser efímero y pronto se encontró Eladio viendo a la pared. No fue un infarto, sino aburrimiento lo que acabó matando a José pensó Eladio.

La noche cayó acompañada de una luna llena que mantenía el cementerio suficientemente iluminado para poderlo recorrer sin necesidad de una vela. No se oía un solo ruido más que el de la respiración de Eladio. Ni siquiera el viento había querido acompañarlo en esta noche calurosa. Todos en el pueblo dormían. Todos menos Eladio, que estaba empezando a enervarse por no escuchar ni un grillo. De pronto el silencio se rompió. Una campana se oía en la distancia y el viento no soplaba. Eladio pensó que estaba alucinando y que su mente le engañaba. El sonido de la campana se volvió más intenso y desesperado. Tin tin tin tin tin resonaba en la noche el llamado enloquecido.

Eladio se apresuró, siguiendo sus oídos hasta toparse con la tierra fresca de la tumba de José. Maldijo a Apolinar por no haberle dejado una pala y, poniéndose de rodillas, empezó a cavar con sus manos tan rápido como podía. Presionado porque la campana había dejado de sonar. Aterrado de ver el cadáver de José, ahora muerto de verdad porque él no lo pudo desenterrar a tiempo. Cuando se sintió arañar la madera del sarcófago se exaltó. Abrió la caja, apenas pudiendo ver entre la obscuridad y el sudor que entraba a sus ojos.

Al abrirla Eladio casi se desmaya. Estaba vacía y Eladio, de pronto tieso del miedo, se quedó unos instantes tratando de reponerse del sobresalto e intentando comprender qué sucedía. El silencio se volvió a romper, pero esta vez no fue una campanada, sino un alarido terrible y desesperado. El muerto voy a ser yo del susto se dijo Eladio. Corrió a la cabina para tomar el machete que le dejó Don Apolinar y tener algo con que protegerse. Aunque dudaba que un machete lo ayudaría contra un espíritu.

Se quedó petrificado, esperando. El cementerio se quedó una vez más en silencio excepto por el sonido de unos pasos que se aproximaban cada vez más. Eladio salió corriendo, decidido a no volver nunca y sin voltear atrás, presionado porque los pasos se habían acelerado y le perseguían. Eladio no vio la piedra con la cual tropezó y le hizo caer de bruces justo afuera del cementerio. Se resignó entonces a lo que le fuera a suceder, volteó hacia arriba y su terror se convirtió en ira en un instante.

-¿Ya se meó o qué primo? – le preguntó entre risas Leobardo- Y yo que quería que no se aburriera en su primera noche.

– ¡Váyase al carajo, Leobardo!

– No es mi culpa que no se haya fijado que a José lo enterraban hasta mañana, primo. Yo sólo aproveché para hacerle un chascarrillo.

 

9_ErnestoGomez

Escrito por sofiaboschgomez

2 Comentarios

  1. Enrique Muñoz H. Sr. 6 septiembre, 2016 en 4:27 pm

    Gran imaginacion, me mantubo en suspenso de principio a fin. Hubiera hecho feliz este cuento a orson wells, estamos participando de alguien que pronto sera un gran escritor, compartira aparador con Garcia Marquez y todos los afamados. Felicidades Ernesto Gomez Hernandez, felicidades compadre Neto. Hijo de tigre, pintito.👏👏👏👏👏👏👏

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  2. Me gusto mucho tu narración es interesante, divertida y se acopla a los personajes campiranos pero tiene muchos personajes que me dificultaron comprender la lectura.

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