Acoso
Por: Mauricio Ochoa – @mauri8a

 

Regresaba de Perisur. No recuerdo con quién me había reunido, ni qué hicimos, pero sí me acuerdo que ya era de noche. Acababan de inaugurar la extensión de la Línea 1 del Metrobus hacia el sur. Supongo que era domingo, a juzgar por la poca concurrencia del transporte. Alcancé lugar para irme sentado, aunque fueran cinco estaciones hasta mi casa. Aún no llegaban (o no me alcanzaba para) los smartphones. Ni siquiera recuerdo si todavía tenía mi celular Panasonic diminuto o el Motorola negro—mi mamá nunca me quiso comprar el rosa y la edición Dolce & Gabbana le parecía una exageración—pero la ausencia de redes sociales en el celular me dejaba pocas actividades para distraerme en el camino. Por alguna extraña razón del destino, tampoco llevaba mis lentes. Observar al resto de los pasajeros pasaba de ser una actividad medianamente discreta, a un intento infructuoso para vislumbrar la cara de las personas.

 

Igual lo vi. O creí que lo había visto. Ahí estaba. De pie, agarrado del poste, y mirándome esporádica, pero fijamente. ¿Será? Sí. Se parece. Seguro es José Alfredo, el amigo de Luis. Yo no lo conocía personalmente, pero lo había visto en sus fotos del Hi5. Sí, seguro que sí era. Hasta mi miopía creyó vislumbrar el lunar característico (?) que siempre salía en las fotos de José Alfredo. Saqué mi celular y ese-eme-seé (como los cavernícolas) a Luis:

 

“Creo que Cuaqui viene en mi mismo camión”
(Diez segundos después)
-Haha. Say hi.
“Jaja, no. Qué pena”.
Qué pena, pero lo seguía viendo. Cual escuincle stalker. Él también me veía. Sí, seguro era Cuaqui y seguro también había chismoseado en mis fotos y me ubicaba e igual qué oso saludar al desconocido amigo de tu amigo.

 

FUCK YA VAMOS EN LA BOMBILLA. File in: eso te pasa por metiche.

 

Me levanté rápidamente y me paré, junto a él, frente a la puerta del Metrobus. A menos de un metro de él me di cuenta que no, no era Cuaqui, y no, no se parecían en lo más mínimo. Ándale, vuelve a dejar tus lentes, Mauricio; sigue pasando vergüenzas. Fake-José-Alfredo seguía agarrado del tubo del Metrobus, pero movió su brazo y me rozó levemente la mejilla. Puff. Qué oso.

 

Altavista; aquí me bajo.

 

Las puertas del Metrobus tardan una enternidad en abrirse. Empiezo a caminar. Me doy cuenta que el susodicho también se había bajado. Doble osazo. Mono al que confundo con otro y me le quedo viendo como idiota y aparte de todo, vecino que seguro me volveré a encontrar. Camino más rápido y me doy cuenta que viene atrás de mí el interfecto. Pfff. Sigo por las afueras de Plaza Inn, para subir por Fernando Villalpando, y no por Río San Ángel, que mi mamá dice que no está tan iluminada y ya es de noche. Doy vuelta en el McDonald’s para subir hacia Revolución.

 

Diez pasos más adelante. Siento su mano sobre mi hombro. Me agarra fuerte y me presiona contra la pared. Se ve mucho más alto e intimidante que en el Metrobus. El lunar que me creí haber imaginado no está. Sólo veo la barba cerrada y la mirada penetrante, acercándose cada vez más a mí. Me está sosteniendo fuertemente contra la pared con una sola mano. Baja su otra mano, me agarra la nalga y me aprieta contra él.

 

Por primera vez en toda mi vida deseo estar más gordo. Deseo recuperar instantáneamente todas las tallas que había bajado en los meses anteriores, y que este animal no me hubiera podido apretar contra él. Deseo nunca haberme puesto los jeans blancos que mágicamente hacen parecer que tengo pompas. Deseo nunca haber salido de mi casa, ni haber regresado a vivir a la Ciudad. Deseo desaparecer con todas mis fuerzas.

 

Se acerca a mi oído, y me susurra: “¿Buscas algo?”.
a) Mi dignidad; b) Mi valentía; c) Mis huevos; d) Unos calzones nuevos porque ya me oriné en éstos; e) Todas las anteriores.

 

“No. No. No”.

 

Es todo lo que puedo decir. Es todo lo que sale de mi boca. Todo para lo que me alcanza el aliento. Por alguna obra mágica del Espíritu Santo, me suelta. Lo trato de empujar con todas mis fuerzas, que son inexistentes en este momento, y corro. Corro lo más rápido que puedo. Corro rezando que el semáforo de Revolución esté en rojo y pueda cruzar. Corro implorando que no venga ningún coche, porque aunque el semáforo esté en verde voy a seguir corriendo. Corro mientras intento secarme las lágrimas y agarrar mis llaves al mismo tiempo. Sigo corriendo hasta llegar a mi puerta y trato de evitar que tiemble mi mano y pueda abrir la puerta rápido. Abro. Cierro. Doble cerrojo. Respiro hondo, y me siento a llorar.

 

Y ya. Me levanto al día siguiente y tomo mis mismas rutas. No me desvío nunca ni dejo de tomar el Metrobus cuando salgo de Perisur en las noches. Quizá sólo no me le quedo viendo a la gente como maniático degenerado y miope, pero fuera de eso mi vida es la misma. Nunca me ha pasado nada más, nunca volví a ser víctima del acoso callejero. De niño nunca me advirtieron de los acosadores en el transporte público; nunca me dijeron que me vistiera de equis o ye manera. Lo que está cabrón (y perdón por el mansplaineo) es que mi cerebro sólo hizo el clic empático porque se acordó de la sensación de sentirme acorralado, una vez en mi vida. No diario, ni cada que me subo al transporte público. Lo cabrón es percatarme de vivir en el privilegio y normalmente no vivir con miedo. Lo cabrón es leer a otros hombres llamando feminazis exageradas a las que marchan por sentirse inseguras día con día; pensar que el pendejo no estaría en su burbujita misógina si alguna vez lo hubieran acosado y dudar si yo sería igual de empático si no me hubiera sucedido lo del Metrobus hace tantos años. Quiero pensar que sí.

 

25_MauricioOchoa

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. Conozco a tantos así. Triste pensar que esa pudiera ser la única forma de hacerlos empatizar, en serio son muy afortunados por no estar tan expuestos a este tipo de situaciones.

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