golconda

Por: Uriel Gordon – @Urielo_

No tengo idea cómo aparecí ahí. ¿Qué pasó antes? Quién sabe; es como si no tuviera memoria; solo sé que me encuentro en la sala de una casa en Georgetown, DC; el lugar me recuerda a la película de los hermanos Cohen, Burn After Reading (2008): “¿Dónde está Osborne Cox?”, ¿dónde está el dueño de la casa?, me pregunto; ¿dónde está el personaje que interpreta John Malkovich en esa cinta?

La casa es elegante: las paredes están pintadas con una mezcla de color verde botella con verde pino; en frente de mí, hay una mesa de madera oscura que se ve antigua y me invita a pensar en los tiempos de la Independencia de Estados Unidos; la silla en donde me encuentro también le hace justicia a la época que pasa por mi mente y, todo en su conjunto, hace sintonía con la gran chimenea que impone su presencia en la sala. En un día frío como el de hoy, la chimenea adquiere vida; se convierte en un objeto que me invita a abrazarlo.

La leña arde con fuerza y empiezo a sentir calor; se me antoja mucho un whiskey y justo cuando el pensamiento pasa por mi mente, aparece en mi mano una copa. Me sorprendo que haya surgido por arte de magia, pero al mismo tiempo, no le doy mucha importancia. De repente, se acerca una persona a la sala; toma asiento, me observa y no dice nada. Le doy una mirada de regreso y no hay interacción. Volteo a ver los cuadros que cuelgan de las paredes y, por instantes, empiezo a ver que las pinturas están en movimiento pero luego, todo regresa a la normalidad; volteo, nuevamente, un poco inquieto, a ver a la persona que se encuentra conmigo en la sala y con una sonrisa, apunta su mirada hacia los cuadros que acabo de observar.

Ahora, las pinturas están en pleno estado de distorsión: los paisajes que observaba hace unos instantes se ondulan de manera más fuerte que el movimiento que sugiere La Noche estrellada de Van Gogh; los otros retratos que admiraba se derriten como los relojes que aparecen en La Persistencia de la Memoria de Dalí. Me levanto de mi asiento y no me siento asustado: la adrenalina, canalizada hacia la emoción, me empieza a invadir. En mi cabeza comienza a sonar música.

El sonido es cada vez más fuerte. Entre más me acerco a la puerta salida de la casa, más se aproxima el crescendo de la melodía que suena en mi mente. Me siento en una especie de película donde la música se convierte en la antesala de un gran misterio por resolver. Abro la puerta y me topo con mi misterio; no doy crédito de lo que veo: los ladrillos de las casas que me rodean se mueven como piezas del juego Tetris; en el cielo hay semáforos y lagos: la ciudad esta literalmente de cabeza. Todo se mueve de una forma extraña, pero armoniosa; por momentos, me vuelvo parte del universo que conjuga el mundo de la película Inception (2010) con el del pintor surrealista Rene Magritte. Me encanta el lugar en el que estoy, pero el sueño ha llegado a su fin.

Es noviembre de 2011. Despierto en mi cama; regreso a la realidad y sonrío. Aclaro, no me me metí nada, ningún tipo de alucinógeno. Me doy simplemente cuenta que me tocó vivir uno de los sueños más artísticos que he tenido en mi vida. Me siento afortunado; me asombra el poder que tienen los sueños para adentrarnos en mundos maravillosos de una manera totalmente natural. Recuerdo que mi papá me platicó que le daba mucha curiosidad ver a su tío en el momento que deseaba tomar una siesta; su tío se emocionaba mucho antes de dormir como si fuera un lugar secreto. Mi papá sabía que el simple hecho de descansar podía traer felicidad, pero siempre se quedaba con la sensación de que había algo más.

Eso lo descubrió cuando vio la película Yo Iván, tú Abraham (1993) que retrata cómo vivían las familias judías en Polonia, en 1930, en los llamados shtetl, pueblos pequeños, sumidos en la pobreza, aislados del mundo. En la película, había un joven al que le encantaba tomar la siesta. Eso le recordaba a mi papá el mundo donde venía su tío. Le hizo entender que en un pueblo donde no existía el cine, donde no existían muchas formas de entretenimiento, soñar se convertía en el vehículo para explorar otros mundos.

Por supuesto, que en el sentido estricto de la palabra, se supone que los sueños no son experiencias reales. Sin embargo, los sueños nos marcan y, en ocasiones, influyen en nuestra vida al igual que las experiencias reales. El sueño surrealista que tuve en 2011, me recuerda constantemente, de forma vívida, la presencia del arte en nuestras mentes, del arte que a veces vive en cada uno de nosotros y que en mi caso, me permite entender el mundo de donde vengo.

11_UrielGordon

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. Ma. de Lourdes Ibarra 2 septiembre, 2016 en 7:54 pm

    Uri, me gusto muchísimo. Expresas de forma muy bella el mundo real/ irreal de los sueños… “Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”
    Un abrazo

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