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Por: Daniela Dib – @dandiba

La vez que Enrique Peña Nieto no pudo nombrar tres libros que marcaron su vida quedó documentada para la posteridad como evidencia de dos verdades incómodas: la primera, que México es gobernado por un presidente inculto y poco elocuente, y la segunda, que el comportamiento de consumo literario de gran parte de los mexicanos es un buen indicador para entender por qué el país es gobernado por un presidente así.

No es noticia nueva que hay pocos lectores en México. Según el último reporte de la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura que realizó Conaculta, el mexicano promedio lee el equivalente a 5.3 libros al año. Esta cifra es optimista en apariencia, pues difiere de manera drástica con los resultados de otro estudio, hecho por el Módulo de la Lectura: según ese organismo, el promedio anual es de 3.8 libros. La diferencia, sin embargo, resulta irrelevante si se toma en cuenta el tipo de libros que más se leen en el país.

De acuerdo a las listas de libros más populares en Librerías Gandhi, Sanborns y Amazon —los tres vendedores de libros más importantes en México—, títulos como Cincuenta sombras de Grey, de E.L. James, Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, de Dale Carnegie y Y colorín colorado este cuento aún no ha acabado / La vida no se acaba… hasta que se acaba, de Odin Dupeyrón se mantienen entre los preferidos de los lectores. Cada lector es libre de elegir el contenido de su elección, pero vale la pena considerar que un estudio psicológico reciente comprueba que el cerebro funciona mejor si se lee lectura profunda, como ficción literaria y poemas, en vez de lectura ligera, como la que es común en títulos de autoayuda.

El talento literario existe. No faltan los buenos ensayistas, cronistas, investigadores o novelistas, sean traducidos o que escriban en español. Medios internacionales ensalzan a la nueva generación de escritores latinoamericanos. ¿Por qué entonces aparecen libros de fan fiction erótica o guías de superación personal en las listas de bestsellers mexicanas en vez de novelas literarias o textos de interés general? Una posible respuesta es la siguiente: porque obtener recomendaciones o desarrollar interés por otro tipo de lectura parece ser una hazaña imposible.

Como dice el ensayista Gabriel Zaid, en México “no estamos organizados para leer, sino para alcanzar metas de crecimiento, producción, ventas, rentabilidad.” No se montan vallas publicitarias para el lanzamiento de un nuevo título sobre descubrimientos científicos ni espectaculares para anunciar el libro más reciente de un poeta. La prensa masiva no cubre la publicación de una novela latinoamericana a menos que aparezca un Nóbel en la página de Wikipedia del autor. Si una historia literaria recibe el tratamiento Hollywood, el libro aparece en los estantes con la portada del póster de la película; la noticia del escape de un narcotraficante famoso recibe un tratamiento similar.

El ejemplo más doloroso de esta falta de opciones es palpable en cuanto uno ingresa a una librería mexicana. No es que haya poca variedad de títulos, autores o temas en sus estantes; es que los libros no se pueden hojear porque vienen forrados en plástico. Las razones con las que se pretende explicar esta barrera varían entre los vendedores de libros. Unos dicen que así lo exigen las casas editoriales, otros que son los consumidores quienes lo solicitan. Y si bien se entiende el interés económico por mantener el producto en buen estado, ya sea para no desperdiciar o para facilitar la rotación de inventario, evitar hojear un libro antes de comprarlo es como comprarse un par de zapatos sin antes probarlos.

De manera reciente, los vendedores de libros en México han adoptado un sistema para impulsar la venta de libros muy popular en librerías independientes estadounidenses: exponer recomendaciones escritas de los empleados junto a una copia del libro que leyeron. No sólo es una buena manera de establecer un diálogo más humano entre la empresa y el cliente, sino de hacerle saber al consumidor que existen más libros que aquellos expuestos en las mesas de bestsellers (que, cabe recalcar, no porque sean populares significa que sean malos). Sin embargo, los libros que acompañan la tarjeta con la recomendación siguen estando envueltos en plástico, impidiéndole al posible lector tomar la decisión final sobre su compra.

Por muy buena que sea una reseña, y aunque la editorial haya hecho un buen trabajo en la sinopsis del libro y el diseño de contraportada, leer lo que viene en las páginas es primordial para saber si uno está interesado en lo que en ellas se dice. No hay peor lectura que la que no se disfruta ni peor compra que la que no se utiliza. Y si México quiere un presidente capaz de enlistar tres libros que disfrutó, entonces la norma entre los lectores mexicanos no debería ser leer a ciegas.

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Escrito por InteIndep

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