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Por: Mario Campa – @mario_campa

 

El sexenio de Enrique Peña Nieto comenzó con bombos y platillos.  El 2 de diciembre de 2012 se firmó en el Castillo de Chapultepec el Pacto por México: lo más cercano en el país a una Gran Coalición parlamentaria. Las cuatro principales fuerzas políticas en ese momento—PRI, PAN, PRD y PVEM— se comprometieron públicamente a aprobar reformas de (un supuesto) gran calado. La joya de la corona, la reforma energética, fue promulgada por el Ejecutivo el 20 de diciembre de 2013 ante la incredulidad del mundo financiero.

Las buenas nuevas fluían. En febrero 2014, la revista Time titulaba la portada de su edición internacional con un impúdico “Saving Mexico”. Finalmente el pueblo mexicano tenía al salvador que tanto había esperado. Sobre Peña Nieto, escribía la revista: “Podrá padecer de erudición literaria, pero lo compensa con destreza política.” Se le perdonaban defectos. El presidente era visto como un joven reformista; como un operador pulcro. El caudillismo rejuvenecía. El culto a la personalidad bullía.

Pintaba de maravilla. El guion de la narrativa triunfalista lo escribíamos todos. Creyendo. Deseando. Las reformas estructurales traerían tasas de crecimiento cercanas al 5%. Qué importaban la incertidumbre que vendrían con las reformas; el ciclo de la economía mundial; la inseguridad rampante; o la corrupción flagrante. Todo se iría solucionando sin mayor dificultad, nos decían. La realidad salía sobrando. Adiós Flaubert, hola Walt Disney. La fantasía crecía.  En el papel de Primera Dama: una actriz de Televisa. El carruaje: un nuevo avión presidencial. El castillo de los príncipes: la Casa Blanca. El hidalgo salvador: pidiendo confianza. Su fiel escudero: Luis Videgaray. El cuento: de hadas.

Pero los resultados nunca llegaron. Mientras Peña Nieto prometía crecimiento económico acelerado, la realidad no cedía. Los pronósticos de crecimiento del Fondo Monetario Internacional para la economía mexicana actualmente se ubican en 2.5% y 2.6% en 2016 y 2017, respectivamente. Luego de tasas de crecimiento de 1.3% (2013), 2.3% (2014) y 2.5% (2015), el sexenio ya se puede ir declarando como “perdido”. Ni un milagro—crecer al 5% en 2018—lo salva ya. El fracaso es irreversible. En combate al narcotráfico, inseguridad, derechos humanos, política exterior y corrupción la narrativa es aún peor. El Estado de Derecho es un cuento más.

Y la debacle peñanietista golpeó al PRI. El “mal humor social” precipitó cambios en el escenario electoral. Derrotas amargas debilitaron aún más al presidente más impopular de la historia reciente.  El descontento caló hondo y las máscaras han ido cayendo con el paso del sexenio. La Primera Dama: robando…cámara. El carruaje: ni Obama. El castillo: de naipes. El hidalgo salvador: pidiendo perdón. Su fiel escudero: embistiendo él los molinos de viento. El cuento: convertido en tragedia griega.

Hay una que suena particularmente familiar. La de Ícaro es una las tragedias más célebres de la mitología griega. Cuenta la historia del hijo de Dédalo, inventor del laberinto de Creta, donde el rey Minos encerraba a sus enemigos y los enfrentaba al terrible Minotauro. En una de las tantas variantes del relato, se cuenta que Dédalo obsequió a la princesa Ariadne y a Teseo la llave para dar muerte al Minotauro y escapar del enclaustro. Al enterarse de la traición de Dédalo, un fúrico Minos mandó encerrar a Dédalo e Ícaro en el laberinto. Pero Dédalo, diestro como pocos, fabricó para él y su hijo unas alas de cera, mismas que fijaron a sus hombros y utilizaron para fugarse.

Antes de emprender el vuelo, Dédalo advirtió a Ícaro que no volase en exceso y que se condujera con prudencia. Pero Ícaro, cegado por el orgullo, desoyó a su padre y se elevó por los aires hasta acercarse demasiado al sol. El calor derritió la cera e Ícaro cayó vertiginosamente y se hundió en el mar Egeo. Al acudir a su rescate, lo único que encontró Dédalo fueron las alas de Ícaro flotando sobre el agua.

Así como Ícaro creía tocar el cielo cuando se ahogó en el mar, Enrique Peña Nieto desoyó las críticas. No sólo las desestimó, sino que llegó al extremo de censurarlas (p.ej., Caso Aristegui). Los periódicos y revistas internacionales le terminaron dando la espalda al notar su falta de autocrítica y sentido común: “no entiende que no entiende.” En Peña Nieto campearon el orgullo, el narcisismo y la megalomanía: características torales de una personalidad sobre-ambiciosa y egocéntrica conocida como “Complejo de Ícaro”. El “operador eficaz” terminó fallando y sin reconocimiento genuino de sus yerros. Fueron las expectativas las que fueron defraudadas. Fue la cera de las alas la culpable del fiasco al derretirse, no el propio Ícaro y su orgullo desbocado. La autocrítica nunca llegó. Ni en plena caída libre.

Tan sólo un mes después de la arremetida de The Economist (enero 2015) contra el gobierno de Enrique Peña Nieto, Birdman, la película del director mexicano Alejandro González Iñárritu, ganaba el premio Óscar a Mejor Película. En la surreal escena final de la película, un auto-flagelado y delirante Riggan Thomson (Michael Keaton) salta por la ventana hacia el sol radiante, creyéndose capaz de volar. Nada más simbólico para poner fin al vuelo de Peña Nieto que un tributo moderno al Complejo de Ícaro. Escrita y dirigida por un mexicano “malhumorado”.

Birdman fue un guiño involuntario al sexenio de Enrique Peña Nieto, quien quiso volar y terminó hundiéndose en el mar epónimo. Al presidente no le queda más que reprocharse por haber desoído la advertencia de Julio Cortázar al referirse a Ícaro: “dios te libre de una zambullida tan mal preparada.” Y al PRI no le queda más que ir al encuentro del náufrago. ¿Será que al finalizar el sexenio no quedarán ni las plumas de Peña Nieto regadas en el mar?

 

 

 

Escrito por InteIndep

9 Comentarios

  1. Antonio de la Cruz 5 agosto, 2016 en 6:12 pm

    Excelente artículo de opinión, un gusto leerte.

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  2. No solo es Peña Nieto el problema: Es el sistema de corrupción y falta de justicia social: La asociación con los narcos para parar este ola de violencia nunca va a prosperar la paz social con eso: La venta del patrimonio de la nación, llamese Pemex, CFE y minas esta dejando al país hundido a las profundidades del caos. Es el propio Carlos Salinas de Gortari que ha regresado a sacar provecho del sistema gubernamental.

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  3. Luis Manuel Cancino Marin 6 agosto, 2016 en 8:55 am

    afirmo no se salvan muchos de la quema a nivel gubernamental y sectores energeticos,salud,educacional,seguridad y asi una lista interminable..

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  4. Un texto dulce, sabroso, da gusto leerlo. De los mejores análisis narrativos que he leído sobre Chespeñito y su gobierno televiso.

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  5. julian Irazoqui Traslaviña 7 agosto, 2016 en 3:58 pm

    Muy buena excelente extraordinaria descripción del régimen fallido. Y que conste, esto no es echarle leña al árbol….

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  6. El PRI es el máximo patrocinador de la pobreza al imponerla, lo que el gobierno del PRI no le cobra y le permite a los mas ricos se lo cobra y muy caro a las grandes mayorías, el PRI y PAN imponen la pobreza al no cobrarles impuestos a los mas ricos, no regular bien a empresarios, tener pocas paraestatales, muchas transnacionales y una pesima educacion. y la pobreza trae conductas indeseables y peligrosas como narco, ignorancia, votos al PRI etc y ademas el estado esta mal financiado POR NO COBRARLE IMPUESTOS A LOS MAS RICOS por lo que no puede contratar mucha policía, equiparla ni pagarle bien.
    La pobreza que impone el PRI cada vez es mas y mas peligrosa

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  7. Julio César Cano Ayala 9 agosto, 2016 en 3:52 pm

    Esto no tiene respuesta, es una verdad a ciegas. A donde vamos con este Presidente y Cia.? Si no hay quien lo detenga, terminaremos el sexenio con un país en plena bancarrota

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  8. José Enrique González Ruiz 10 agosto, 2016 en 11:27 am

    Brillante análisis, cargado de simbolismo Y la alegoría de Ïcaro resulta perfectamente aplicable a Peña.

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  9. Muy buen artículo. Megustó

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