OCA12

Por: Uriel Gordon – @Urielo_

Hay escenas cotidianas del pasado que al recordarlas, inmediatamente nos conectan con una dulce nostalgia; rompen las barreras del tiempo: con tan sólo visualizarlas nos transportan directamente a una realidad que sin duda, es distante, pero que vive con fuerza en nosotros. El simple día a día nos dice mucho del tiempo en el que alguna vez vivimos. Para mí, la década de los noventa marcó mi infancia. Hoy les comparto algunas de las escenas que me regresan a mi pasado.

Videocentro: el santuario de las películas

Videocentro logo

Pasillos llenos de historias albergadas en video casetes VHS; pasillos que me hacían sonreír los sábados por las mañanas. Llegar a Videocentro, a la tienda de renta de películas, era una aventura. Recuerdo perderme por “horas”, seguramente minutos, en la sección que mostraba una variedad de películas y caricaturas infantiles. Ahí estaba Bernardo y Bianca y Madame Medusa, una de las mejores villanas de Disney, que tenía como mascotas a dos cocodrilos, a Brutus y Nerón; ahí estaban las Patoaventuras con Rico McPato, sumergido en su bóveda de dinero; ahí estaba Chip y Dale con el ratón gordo Monterrey que cada vez que olía el queso, se le enchinaban sus bigotes y entraba en una especie de hipnosis. Ahí estaban los dibujos animados que marcaron mi infancia.

El Gran Juego de la Oca

En sábado por la tarde, en la pantalla, se proyectaba el programa El Gran Juego de la Oca, que transmitía el canal Antena 3 de la televisión española y que en México, lo retransmitía TV Azteca . Se trataba de un concurso en el que los participantes personificaban, literalmente, a las piezas que se movían dentro de un tablero enorme que constaba de 63 casillas. Se movían por el azar de los dados y cada casilla a la que llegaban, representaba un reto para ellos. Usualmente, el primer concursante que llegara al final del tablero era el que ganaba. La casilla que más me divertía era la número 52: cuando la suerte colocaba a uno de los participantes ahí, las notas del Barbero de Sevilla de Rossini sonaban; veíamos a un peluquero, con peinado de Cristóbal Colón, que daba brincos de emoción, celebraba como si hubiera metido el gol del triunfo de la final del Mundial; se regocijaba al pensar que le cortaría el pelo o raparía al participante que había caído en su casilla, en la casilla del Flequi. Me divertía ver a alguien perder el pelo. Tal vez, inconscientemente, me divertía el hecho que en el futuro estaría pelón; tal vez, esa era una forma de reírme de mi yo del presente.

El ritual del ICQ

Old icq

Comenzaba la conexión con el mundo virtual. Daba la instrucción con el mouse para que la línea del teléfono de mi casa fuera utilizada para el uso exclusivo de internet. En la pantalla, observaba las siluetas de dos teléfonos amarillos que buscaban conectarse entre sí. Cuando lograba ya estar en línea, el teléfono se bloqueaba y no podían entrar ni salir llamadas. Eso era lo de menos, el chiste era meterme al ICQ, al WhatsApp de la época. Al conectarme, el ícono de una florecita que marcaba que estaba offline se tornaba de roja a verde. A partir de ahí, observaba a la gente que estaba sintonizada en la aplicación; aparecían los nombres de mis amigos y amigas de la escuela. La mayoría de mis contactos portaba seudónimos; el mío era Cucamonga, en alusión a un capitulo de Los Simpson en el que Homero entraba a la escuela de payasos que daba Krusty y ahí, le enseñan esa “palabra graciosa”. Recuerdo con cariño, el sonido que emanaban los mensajes que recibía; se asemejaba al de un gallo: “Qu, qu”. Me recuerdo pegado a la computadora, por horas, conectado en el ritual del chat.

Las llamadas a casa

Ya no registro la última vez que le hablé a una amiga o amigo al teléfono fijo de su casa, pero aún conservo en mi mente algunos de sus números que creo, todavía pertenecen a la casa de sus papás. En la década de los noventa, solía memorizar los números de mis contactos más frecuentes. No existía la lógica que hoy tenemos con los celulares que nos dan la capacidad de almacenar a nuestros contactos. Además, la comunicación en ocasiones, estaba sujeta a filtros: si quería comunicarme con mis amigos a veces corría con la suerte de que la persona contestaba directamente el teléfono, pero muchas otras veces, tenía que hablar con sus papás, hermanos o hermanas para comunicarme. De cualquier manera, la llamada se disfrutaba. En algunas ocasiones, marcaba desde el teléfono inalámbrico y me movía con libertad por toda la casa, pero otras, me aferraba a una silla desde un teléfono fijo. En fin, tiempos distintos a los de hoy.

Estas fueron algunas de las escenas cotidianas que marcaron mi infancia y que recuerdo con gusto. ¿Qué escenas gratas han marcado tu pasado?

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Escrito por InteIndep

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