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Por: Francisco J. Vaqueiro – @FJVaqueiro

La noticia cayó como un balde de agua fría. Minutos después de una derrota agónica en la final (una más en su carrera defendiendo los colores de su selección) Lionel Messi, la súper estrella del futbol mundial, anunciaba su retiro del fútbol internacional de selecciones: “se terminó para mí la selección; no se me dio, era lo que más quería, pero creo que ya está” dijo a reporteros estupefactos que esperaban ansiosos alguna declaración.

El destino del rosarino y tal vez el juicio definitivo que buena parte del mundo hará de su brillantísima trayectoria deportiva, estará siempre condicionada por el tamiz de la odiosa comparación que se hace siempre con otro genio de la historia del deporte: su connacional Diego Armando Maradona.

Hay, ciertamente, paralelismos que pueden trazarse entre los número 10 más sobresalientes de la historia futbol argentino: bajos de estatura, zurdos, regate y gambeta explosiva. Cada uno en su época, deslumbraron al futbol mundial al punto de que para muchos uno u otro son considerados los mejores en haber jugado el deporte más popular del planeta.

Maradona, fiel a su estilo carismático e irreverente, siempre fue percibido como un cabecilla capaz de amalgamar a un grupo de jugadores a su alrededor y desafiar, siempre desafiar: las reglas, a la FIFA, sus dirigentes, con las piernas o con la boca el caudillo no dejó nunca de retar. La confrontación siempre resultó ser su hábitat natural y ante la misma casi siempre resultó victorioso. Es inevitable no ver esta peculiaridad para entender el grado de idolatría que genera en Argentina.

Messi: discreto, taciturno, cauto y reservado. Se ha limitado a deslumbrar dentro de la cancha, nunca se ha caracterizado por su descaro sin un balón en los pies. Es, por temperamento, imposible para él acaudillar a un grupo de futbolistas como sí lo hizo Maradona.

Pero hay una condición que define—injustamente—su relación con el aficionado de su país. Nacido y desarrollado como talento deportivo en su país, el progreso futbolístico de Diego lo hizo parte del medio futbolístico sudamericano. Por el contrario, Messi llegó como un meteóro caído de Europa, rodeado de elogios en Barcelona, en España y en el mundo.

Los inobjetables logros de Messi a nivel de clubes, hicieron creer que con el tiempo iba a merecer el primer puesto en la historia del fútbol, replicar a pie juntillas los logros de Maradona. A falta de resultados, y del muy particular carisma de Diego, Messi empezó a ser visto con sospecha. Argentino, ciertamente, pero criado y desarrollado del otro lado del charco, presentado como el farsante sucesor de Maradona.

Y tal vez la diferencia más notable entre ambos explique el por qué—injustamente—se infravalore lo que Messi ha significado para el futbol argentino; exigirle de más, atribuirle a él, en solitario, responsabilidades que también han sido de compañeros incapaces de hacer diferencia en momentos cruciales, en tres finales agónicas, (recordemos que todas se fueron al alargue) y en todas se fallaron ocasiones clarísimas de gol.

Rusia, si se anima, será la última llamada para su consagración, dependerá de él, pero sobre todo de aficionados y compañeros, transformar una carga individual, en una responsabilidad colectiva. Ojalá, así sea.

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Escrito por InteIndep

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