Organizaciones Internacionales- manteles sucios, hoyos negros y Remingtons.

Por: Pablo Tortolero – @pablotorto

Revisando sitios online donde se enlistan oportunidades laborales, me divirtió encontrarme con una que anunciaba una vacante en el PNUD, brazo del sistema de las Naciones Unidas para temas de desarrollo. Lo interesante del anuncio era el perfil del aspirante requerido. Según el anunciante, para el puesto se necesitaba tener “tres cosas: atención al detalle, una paciencia legendaria y tolerancia a la frustración.”[i] Yo hubiera pensado que ese listado de aptitudes sería suficiente para disuadir a cualquier candidato, sin embargo el anuncio recibió mucha atención. En todo caso, el primer requerimiento es algo que vemos comúnmente en los anuncios laborales. Los otros dos no lo son tanto. Sobretodo, ¿a qué se referiría con paciencia legendaria?

Sin irnos tan atrás en la historia, las Organizaciones Internacionales que conocemos hoy en día, o por lo menos las más grandes e importantes en relevancia y presencia, sirven para mantener el status quo del mundo, evitar conflictos armados, garantizar el orden económico mundial, o servir de mesa de diálogo político como canal comunicador y facilitador de acciones orientadas hacia el avance humano, desde el desarrollo económico hasta la seguridad, la protección de los derechos humanos hasta la ayuda humanitaria y mitigación de crisis.

Quizá uno de mis recuerdos más vívidos sobre estos organismos fue cuando inició la guerra de Irak en 2003, en donde en medio de una maraña interpretativa de Resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, el Gobierno de Estados Unidos llevó a cabo una coalición que invadió Irak. La legalidad de esta invasión sigue siendo objeto de estudio, ya que no hubo un visto bueno explícito de parte de ese Consejo y, a la fecha, el fracaso de formar instituciones tras el derrocamiento del régimen de Hussein es una de las principales razones de ser del Estado Islámico. En ese entonces, me preguntaba, ¿quién era este Consejo de Seguridad? Y, ¿por qué, si estaba conformado con los vencedores de la Segunda Guerra Mundial en 1945, seguía siendo el mismo más de 50 años después? ¿Por qué sólo estos miembros tenían derecho a veto? ¿Por qué la coalición invasora procedió sin su consentimiento explícito? Ciertamente el mundo había cambiado mucho en cincuenta años, ¿será que el tiempo no transcurría en esos organismos?

Desde ese momento mantuve un ojo puesto en esa y otras organizaciones internacionales, hasta que mucho más tarde tuve la oportunidad de trabajar en una, la OEA. Hace algunos meses, un ex Secretario General Adjunto de la ONU, Anthony Banbury, hizo una radiografía sensible[ii] de todos los males que según él aquejan a esta organización y la impiden llevar a cabo su misión. Preferiría resumir su punto de vista y acercarlo con mi experiencia en tres puntos, a la vez que considero que son válidos en diferente nivel no sólo para la ONU o la OEA, sino para muchas otras organizaciones más.

El primero es la mala administración. Banbury se refiere a la burocracia de la ONU como “un hoyo negro en donde desaparecen innumerables recursos y esperanzas humanas”. Según él, muchas veces la única forma de acelerar los procesos y en verdad llegar a resultados es rompiendo las reglas. Cuando llegué a la OEA, sentía que esta burocracia era lo más normal del mundo. ¿Qué podríamos esperar de un lugar que reúne a una muestra de funcionarios de los países del continente americano bajo un mismo techo? Si nuestras burocracias gubernamentales son típicamente tediosas, esta última imagen es digna de quitar el sueño a cualquiera o, en el caso contrario de que llame la atención, de desarrollar los anticuerpos necesarios basados en la mezcla de paciencia y frustración como requería el anuncio de la vacante.

Esto, no obstante, conlleva un problema grave. Banbury se lamenta que en estas estructuras es prácticamente imposible que te despidan a menos que hayas cometido un crimen grave, y cita los casos de los abusos cometidos por cascos azules en lugares y contra poblaciones que debían supuestamente resguardar. Para el caso de la OEA, durante la recta final de la administración del Secretario General José Miguel Insulza, la organización tenía al menos cinco procesos internos abiertos por situaciones de acoso en donde se conocía que la orden desde los mandos más altos era hacer absolutamente nada y esperar a que finalizara la administración para dejarle el paquete a la nueva administración.[iii]

El segundo es la toma de decisiones basado en la conveniencia política. Branbury considera que estas decisiones, para temas tan sensibles como el mantenimiento de la paz, ha resultado en misiones demasiado largas e inefectivas, que a veces acaban en escándalo, y que responden a intereses políticos en lugar de preservar la esencia de la misión. En general, esto puede ser aplicable a una mayoría aplastante de proyectos de mayor o menor dimensión en muchos organismos, así como en el plano personal de las aspiraciones de varios funcionarios de alto nivel, en detrimento de los mandatos asignados. Esto causa que los mismo funcionarios pierdan de vista su misión, a la vez que la organización parece medir su eficacia si adquiere o desperdicia poder político. Un alto mando de la OEA me comentó, al momento de su salida en 2013, que a su parecer la organización era como un mantel que al cabo del tiempo se ensuciaba y había que sacudir para volver a poner. Pareciera que la misión quedaría en el olvido en favor de un fórum donde no se hace más que medir y accionar poder político.

El tercero, y aplicable en diferente medida a las organizaciones, es la falta de recursos. Durante mi trabajo como asistente de investigación en la universidad, una de mis primeras tareas fue hacer resúmenes de los países morosos de la ONU. En ese entonces se me hacía extraño que hubiera Estados que no pagaran sus cuotas y mantuvieran sus derechos, por ejemplo, a votar, pero al llegar a la OEA entendí la dimensión del problema. Esto, aparte de las repercusiones naturales en su accionar, crea un problema grave de recursos humanos para los organismos: programas masivos de pasantías no pagadas y contratos temporales que crean un ambiente laboral voraz y una rotación extraordinaria. Si de entrada se considera que las pasantías no pagadas son un sistema de inserción altamente excluyente al mercado laboral, queda como prueba de su problemática general el reportaje sobre el joven pasante de la ONU que dormía en un parque público en Ginebra porque no podía costear un alojamiento.[iv] Al final, el mercado laboral es tan demandante que muchos jóvenes prefieren hacer ese sacrificio, o abalanzarse ante la vacante del PNUD, con tal de agregar valor a su CV. ¿Habrá algún momento donde el prestigio de la institución no logre superar este nivel de sacrificio?

Para algunos organismos, las Asambleas Generales de algunos cuerpos son vistas como una lluvia de mandatos que no se pueden cumplir porque no hay presupuesto. Recientemente, la súplica por parte de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por recursos para perdurar es un claro ejemplo de este problema.[v] En el momento en el que las aportaciones voluntarias de la Comisión Europea dejaron de entrar a las arcas de la CIDH, esta entró en modo de subsistencia. Así es, la Comisión que atendía los casos de violaciones a derechos humanos en el Continente Americano operaba en gran parte con dinero europeo.[vi]

En suma, el problema más grave que engloban los tres puntos es la rendición de cuentas. ¿Cómo ésta puede existir en medio de una burocracia monstruosa donde las grietas del sistema solapan a la mala administración? ¿Cómo puede existir si las decisiones son tomadas según la conveniencia política? En mi caso, estuve contratado, como una gran parte de la fuerza laboral de la OEA en ese momento, por una donación voluntaria del Gobierno de Canadá. Al final, ¿para quién trabajas?

Ahora bien, si es tan difícil gobernar un país, ¿entonces para qué existen estos supra-cuerpos que emiten resoluciones y recomendaciones, si están tan plagados de males sistémicos que impiden el cumplimiento de su función? ¿Vale la pena conservarlos?

Branbury dice que sí, y estoy de acuerdo. Sin embargo, no pueden perdurar sin algún tipo de reformas o renovación de fondo que corte las funciones moribundas, mantenga aquellas que funcionan y reasigne recursos y personal[vii] hacia lo que serán los problemas de mañana. Así como sigue siendo increíble que países como Alemania y Japón no sean miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, siendo de sus principales aportadores financieros, también sería una pena enorme ver truncado el trabajo de instancias como la CIDH por falta de fondos y voluntad política. Las renovaciones deben de ir en varios sentidos. No obstante, en el fondo, estas organizaciones, aún con sus terribles males, obtienen su esencia en la semilla del diálogo, y eso no se puede perder.

En palabras del ex Secretario General Adjunto, “la ONU es una maquina de escribir Remington en un mundo de smartphones”. Muchas organizaciones internacionales podrían caber en esta descripción. Sin renovaciones, lo único que será objeto de leyenda serán muchas de ellas por su ausencia.

21_PabloTortolero

[i] El post se puede encontrar en https://www.facebook.com/groups/oportunidadesparainternacionalistas/?fref=ts

y la vacante, para quien cumpla estos requisitos, https://jobs.partneragencies.net/erecruitjobs.html?JobOpeningId=4101

[ii] http://www.nytimes.com/2016/03/20/opinion/sunday/i-love-the-un-but-it-is-failing.html

[iii] Para saber más sobre este momento en específico de la OEA, recomiendo artículos de Ezequiel Vázquez-Ger, en especial este: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/10/07/actualidad/1412690926_914670.html

[iv] http://www.bbc.com/news/world-europe-33893384

[v] http://www.oas.org/es/cidh/prensa/comunicados/2016/069.asp

[vi]http://internacional.elpais.com/internacional/2016/05/23/america/1464011720_921111.html

[vii] El Banco Mundial efectuó uno masivo recientemente. http://www.reuters.com/article/us-worldbank-restructuring-idUSKBN0IJ2WF20141031

Escrito por InteIndep

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