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Por: José García Dobarganes – @jooosege

Muchas personas no saben que son portadores de VIH hasta el momento que presentan problemas de salud, lo cual usualmente es demasiado tarde. Esto resulta en una de las principales causas de mortalidad por SIDA. No percibir el riesgo, la falta de acceso y el estigma relacionado a vivir con VIH, son algunas de las razones por las que los usuarios no se hacen la prueba.[1] Entender mi propio miedo me ayudó a entender el panorama general. ¿Qué pasa por tu cabeza cuando te haces una prueba de VIH? Esto fue lo que me pasó a mí.

Empieza en los pies y se pasa a las manos. Sientes hormigas en los pulgares. Después el vacío en el estómago. Sientes la respiración pasar por la nariz. Lenta. Dejas las manos sobre la mesa y las miras. Mañana te toca ir a la Clínica Condesa porque necesitas una prueba de VIH. Esta vez no es rutinario, tuviste un contacto de riesgo y ya pasaron los 40 días suficientes para que una prueba rápida detecte el virus. En internet dice que abre desde las 7:00 am. Mejor vas a las 8:00 am para que alguien te acompañe. Igual tu novio o algún amigo. Igual vas solo.

¿Y si resulto positivo? ¿Quién va a estar ahí cuando salga? Conoces los índices, los has estudiado. Leíste la tesis y el protocolo de investigación de doctorado de un amigo tuyo que es investigador de VIH. No sólo eso. Estás armando un proyecto con el que quieres difundir información sobre la disponibilidad de pruebas de VIH en la Ciudad de México, que incluye una sección informativa sin estigmas. Has leído casi todos los apartados de AidsMap. Te sabes de memoria las cifras del riesgo estimado por tipo de exposición. Y no sólo eso, corriges a tus amigos cuando las dicen mal. Sabes que hacer y a dónde ir para cada eventualidad. Hablas del PrEP y del PEP como si los hubieras usado. Tienes amigos con VIH y has conocido a varios expertos. Pero eso no es suficiente para quitarte el miedo. Ni tampoco lo fue hace 43 días para tener precaución.

Perdiste el control. No estabas tan borracho ni te habías drogado. Sólo cerraste los ojos y te dejaste llevar. Le pasa a todos. ¿O no? Te pasó a ti. La cagaste. El vacío se hace más grande cuando cierras los ojos y sientes que el piso desaparece. Tu miedo es una prueba del estigma. ¿No es normal temerle a una enfermedad? Otra vez te corriges. No es una enfermedad, es un contagio. No tienes SIDA por tener VIH. Tú mejor que nadie lo deberías de saber. La estigmatización es tu tema favorito. No sólo del VIH, sino del sexo. Para muchos de tus amigos, tú eres el más abierto. Te has peleado, has discutido y has tratado de convencer –y convencerte– de que otro tipo de sexualidad es posible. Has hecho lo que has querido sin importar la filia con la que termine la palabra. ¿A qué le tienes miedo entonces? No dormiste bien. Te despertaste cuatro veces. Vas tarde. En el coche tratas de no pensar. No tienes miedo de tomar una pastilla todos los días, eso lo sabes. Pero nunca has preguntado si puedes tomar alcohol o si te puedes drogar. No sabes qué restricciones tienes cuando estás en un tratamiento antirretroviral. Tampoco has conocido ninguna página que te lo diga ni se lo has preguntado a tus amigos con VIH. ¿Será por miedo a la respuesta? Te dejan enfrente de la Clínica Condesa a las 8:13 am. Te fumas un cigarro. Tu amigo Jorge no ha llegado, quedó de acompañarte. Ves a muchos gays entrar.

¿Estaría mal ligar aquí? Te sientes culpable de haber preguntado eso e inmediatamente te intentas distraer. Lo vuelves a pensar y te contestas que sí, que estaría mal. ¿Por qué? En realidad no lo sabes. Como tampoco sabes por qué te da tanto miedo de salir reactivo. ¿Es la mirada de los demás? ¿Es que tu vida termine como la de un personaje de The Normal Heart? ¿Es todo el cliché del SIDA? ¿Cómo le dirías a los demás que tienes VIH? ¿Qué pasaría con tu relación? ¿Cómo volverías a ligar? ¿Tienes que avisar antes? ¿Hablarás de esto o lo mantendrás en secreto?

Te dan una ficha con el número dieciocho y a Jorge con el diecisiete. Te encuentras a un amigo. Lo saludan y se vuelven a sentar. ¿Qué hará aquí? Te da miedo pensar que ya sabes la respuesta. Jorge pasa primero. Después tú. Te sacan sangre en una silla frente a un desconocido. Te ensucias la camisa con sangre y haces una broma “Llené mi camisa de VIH”. Jorge se ríe. Y sabes porqué. En sus ojos puedes ver que él piensa que vas a salir positivo. Pero lo disimula bien.

Media hora de espera para el resultado. Desayunan molletes en Sanborns, café y jugo. No te sabe mal, tampoco quieres dramatizar de más el momento. Falta media hora para que te den el resultado. Se ríen, platican y hablan de lo inevitable. ¿Qué vas hacer si tienes el detallito?, te pregunta. Hacen bromas acerca de que vas a acabar contándoselo a todo el mundo y que lo vas a usar para tu beneficio, que si para ser diputado, que si para ser activista. Que si le va a dar veracidad a tu proyecto. También piensas en que vas a dejar de tener miedo. Piensas que te vas a liberar. No lo dices en voz alta, pero está en tu cabeza. Está el pensamiento rondando por ahí. La liberación de un aparato de control sobre tu sexualidad. Igual y todo sería más fácil.

Te vuelves indetectable. Disfrutas más. ¿O no? Sabes que muchos otros hombres piensan así. Te acuerdas de un artículo que acabas de leer donde un doctor dice que se ya perdió el miedo al VIH. Crees que perder el miedo te haría la vida más fácil. Al menos por ahora. Uno se harta de usar condón. De que tu sexualidad suene a medicina e higiene todo el tiempo. Pero también sabes que el tratamiento no es garantía. Que puede fallar. Conoces los casos y la mortalidad. Sabes que a veces no es tan fácil como suena. Tener VIH y vivir normal. No es para todos. Ahí están los datos. Es hora de regresar.

Te llaman, entras al cuarto de Consejería 2. Te dan náuseas. Esperar encontrar una sonrisa en la doctora que te espera. Pero no, está seria. Te mareas más. Te sientas. Te pregunta qué por qué estás tan nervioso. ¿Usted qué cree, estúpida? piensas. Sonríes e intentas hablar. ¿Y si sí? ¿Para qué chingados cogiste sin condón en un lugar así? ¿Por qué no te cuidaste? ¿Valió la pena? Pasan sólo unos microsegundos. Cuando te das cuenta te dio una hoja. Te hace una encuesta. Sales del cuarto. Jorge salé de Consejería 3. Caminan juntos hasta la escalera. Eres negativo. Él también.

24_JoseGarcia

[1] El SIDA aun mata, Ricardo Baruch http://www.animalpolitico.com/blogueros-blog-invitado/2015/12/01/el-sida-aun-mata/

Escrito por InteIndep

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