Suma Cero 2

Por: Francisco J. Vaqueiro – @FJVaqueiro

La vida a veces me parece un juego de suma cero.

A todos se nos dice, que nuestra existencia tiene un ciclo ineludible. Aquello que nos hace vivir acorde a los parámetros y estándares impuestos: nacer, crecer, aprender, ir a la escuela, escoger una profesión, salir al mundo laboral, ser autosuficiente, encontrar una pareja, tener hijos, con un poco de suerte conocer a tus nietos, y esperar que ese naufragio inevitable que llamamos “vejez” no sea tan cruel en nuestros últimos días.

Todo ello, claro está, siguiendo conspicuamente los consejos de médicos, revistas, blogs, trainers y quien quiera que le otorguemos autoridad suficiente para recetar lecciones de una vida saludable: hacer ejercicio, comer frutas y verduras, evitar las grasas saturadas, tomar dos litros de agua al día, optar por las terapias alternativas que no “envenenan el cuerpo” como la medicina tradicional.

Navegar religiosamente, todos los días, sin excepción, las redes sociales, compartir piensos, videos chuscos, apodar a tal o cual personaje como gentleman tal o lady tal (según convenga). Ser activista político o ecologista, denunciando todo aquello que no nos parece desde la comodidad de nuestros smartphones.

Descubrir la espiritualidad sin recurrir a la religión, encontrar el balance perfecto, cuerpo y espíritu, creer en el karma, la justicia divina, adherirse fervorosamente al movimiento new age, ser auténticamente millennials.

Y así nos pasan los días, meses y años, aferrados a la rutina, los amigos, la familia, los planes y el trazo de nuestra ruta predeterminada.

De repente y sin esperarlo, brotan sueños, esperanzas, que llegan como de rayo, cambian intempestivamente nuestros guiones preestablecidos. Parecen perdurables, simulan estar cimentados en lo más profundo de nuestras ilusiones. Esa edificación de pensamiento mágico e imaginario, que se vuelve combustible para levantarse y andar, enfrentar los retos del día a día, creyendo que se camina por la senda correcta, que el destino final es compartir y ser feliz.

Estar dispuesto, ciegamente, a renunciar a un plan determinado, al confort de la cotidianidad. Arriesgar lo que se tiene y lo que no, atreverse a librar y expiar fantasmas del pasado que aún deambulan, que dejaron experiencias de todo tipo, algunas placenteras, otras no tanto.

Declinar a tener el control sobre las puertas más profundas del ser, con la más firme convicción de haber encontrado por fin y de una vez por todas, a ese alguien con quien complementarse y convertirse en uno mismo.

Pues de eso se trata ¿no?, dejarse llevar como si estuviéramos flotando sobre el mar pero dando el máximo de sí mismo, no guardarse nada, abrirle más espacio al sentimiento que al pensamiento, con tal de llegar, con tal de encontrar, con tal de creer que el depositario de nuestra vulnerabilidad la procurará ferozmente, sin dejar que nada ni nadie se atreva a transgredirla, haciendo un compromiso inquebrantable de reciprocidad.

Cuando ese mismo cúmulo de pensamientos y sentimientos, que con la misma prontitud con la que llegaron se esfuman y desvanecen, quedarán únicamente recuerdos con los que habrá que lidiar solitariamente, muchas veces en silencio.

Al final habrá que sacudirse el polvo, demoler poco a poco quimeras y espejismos que nunca lograron materializarse. Procurar entender, de una buena vez, que como todo combustible fósil ese fue no renovable y efímero, destinado inexorablemente a agotarse algún día.

Reiniciar ciclos y rutinas, asimilar aprendizajes, revalorar lo que se tiene y siempre se tuvo, volver los pies sobre la tierra, con perspectiva renovada, optando por lo que aún se quiere mantener y aquello que se debe cambiar. Saber que un fantasma más o un fantasma menos, no debe cambiar en esencia anhelos e ilusiones.

Dijo alguna vez Julio Cortázar, que “la esperanza le pertenece a la vida, es la misma vida defendiéndose” tal vez como anticuerpos en nuestras horas más bajas y difíciles, hacen que nos aferremos a la idea de que algo mejor vendrá. Quizá, quizá.

14_FranciscoVaqueiro

Escrito por InteIndep

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