Viaje al centro de la tierra 2

Por: Angélica Creixell – @angecreixell
Imágenes: Angélica Creixell

Sin querer llegamos a Snaefellsnes. Hasta ahora, nuestro viaje consistía en seguir al instinto y a la naturaleza. Parar espontáneamente para observar los paisajes espectaculares, los animales árticos o simplemente para respirar el aire que rodea semejante espacio. De este modo, y después de siete días, llegamos a la parte más oeste de la pequeña isla. Paramos más por el vértigo inevitable que sentimos al ver el Océano Atlántico, que por otra razón. Anarstapi, el nombre del pueblo, iluminó una parte de mi cerebro en donde duermen las memorias de mi infancia. Anarstapi, Stapi, ¿será?

Debo admitir que no fue mi memoria la que recordó aquel nombre, sino el letrero en la entrada del pueblo.

“Desciende al cráter del Yocul de Sneffels, que la sombra del Scartaris avaricia antes de las calendas de Julio, audaz viajero, y llegarás al centro de la tierra, como he llegado yo.”

– Arne Saknussemm

Una frase legendaria escrita en más de diez lenguas para invitar a todos los turistas que se atreven a visitar tierras volcánicas a descender al centro de la tierra. Y, así, en ese desvío llegamos al mundo de Julio Verne. Hasta ahora, esta isla maravillosa nos había entregado sólo magia—cataratas escondidas detrás de fallas geográficas, playas de tierra negra, lagunas glaciares, focas, zorros árticos, ballenas jorobadas—y ahora nos regalaba también literatura. Nos transportamos a 1864 y caminamos junto con Axel, Hans, y por supuesto, el tío Lidenbrock, el mismo camino que recorrieron ellos para llegar al centro de nuestro planeta.

Tan solo unos días después de descifrar el mensaje escrito en runas nórdicas por el alquimista Struluson, Lidenbrock y Axel parten rumbo al centro de la tierra. En esa época, les tomó diez días llegar de Copenhague a Reikiavik en una barco con velas, a nosotros, un poco menos romántico, nos tomó un vuelo incómodo de cinco horas en una aerolínea lowcost. Aunque la llegada fue algo distinta, las impresiones iniciales trascendieron los límites del tiempo y de la ficción.

Axel caminó por la calle principal de la ciudad, igual que nosotros, y contempló el intercambio de bacalao entre marineros, su mayor exportación en esa época y también hoy. Notó el color gris de las paredes de la casas que se mezclan con el paisaje volcánico. Describe a los islandeses como alemanes rubios de miradas pensativas, separados de la humanidad por océanos y glaciares. Creo que cambiaría un poco su descripción si supiera que hoy es uno de los países con mayor conectividad de internet del mundo. Aún así, concuerda con otra realidad presente, en esta isla de hielo prevalece la afición por el estudio, no sólo todos saben leer, todos leen. También compartí con Axel un skyr, él lo describe como leche cuajada y yo como una especie de yogurt con un ligero toque de “danonino”.

Viaje al centro de la tierra 1

Después de pasar algunos días en la capital, emprenden el camino a Snaefellsnes, península en la cual existe el volcán cuyo cráter es el camino al centro de la tierra. El viaje que ellos hacen a caballo islandés en siete días, atravesando fiordos, colinas y tundra, a nosotros nos tomó tan sólo dos horas en un auto compacto. Axel se exalta con las columnas verticales completamente rectangulares, debido a las formaciones de lava, que estallan contra las olas del mar. Las mismas columnas a las que nosotros incansablemente tomamos fotografías para presumir la simetría y perfección de la naturaleza. Es aquí, en Anarstapi, donde descienden al centro de la tierra y aparecen, algunas semanas después, en Stromboli, Italia, después de una gran aventura.

No puedo evitar sonreír para mí misma al conocer la historia real. La verdad es que el camino al centro de la tierra en realidad lo descubrieron las ovejas. Sí, esas criaturas sumamente ininteligentes y peludas les quitaron todo el éxito a Lidenbrock y Axel. Al final de cada día, los pastores islandeses contaban desesperados como sus ovejas disminuían en números. Aunque las buscaban por toda la península, no las encontraban, desaparecían de la faz de tierra. Fue hasta que un pastor astuto decidió pasar todo el día con las ovejas, en lugar de dejarlas pasear libremente, para descifrar el misterio. De repente, recostado sobre una roca, delante de sus ojos desapareció una oveja. Corrió al lugar del suceso, la oveja se encontraba dos niveles abajo, en una cueva subterránea creada por la explosión del volcán del siglo IX. El ladrón de ovejas era en realidad el centro de la tierra de Julio Verne.

6_AngelicaCreixell

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. Angélica Breña 3 junio, 2016 en 3:32 pm

    Es increíble lo que podemos vivir hoy y que fue imaginado y ficcionalizado estupendamente por Julio Verne hace más de un siglo. Lo de las ovejas me encantó pero pobres seres que les dices ininteligentes, no será inteligencia ovejuna, como la de las masas en pueblos mexicanos?

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