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Por: Mercedes Recke – @mercedesrecke

Me gusta vivir en Londres, hace casi dos años que estoy aquí. Empecé como estudiante y ahora soy consultora en la calle más transitada de este país: ¡Oxford Street! Aquí se integran la euforia por las compras y la variedad de culturas, estilos, atuendos, creencias, y música que, entre otros distintivos, convierten mis idas y vueltas al trabajo en una experiencia fascinante todos los días.

Cuando piensas en una ciudad, París, Nueva York, Sídney, Montreal, Hong Kong, Lima, Londres, Bogotá, Moscú, Nairobi, la Ciudad de México; ¡la que quieras! Es muy probable que sientas curiosidad, admiración o cierto rechazo por ella. Dependiendo si quieres ir de viaje, hacer negocios, ir a estudiar o a trabajar allá. Este componente emocional hace que con saber muy pocas cosas podamos formarnos criterios, así es como funciona nuestro cerebro; es tal vez el recurso que utiliza nuestra mente para tomar decisiones sin necesidad de un análisis detallado tomando en cuenta las restricciones de tiempo. Afortunadamente nuestro cerebro persevera en la tarea de procesar la información que nos rodea y es así como nuestras opiniones se van modificando.

Este fue mi caso cuando decidí estudiar en una ciudad que me provocaba cierta fascinación, emoción por estudiar en un lugar donde tantas mentes brillantes habían estudiado, por vivir en un lugar que había sido escenario de revoluciones industriales e ideológicas. A la fecha no podría asegurar si fui yo quien escogió estudiar ahí o fueron las circunstancias que me llevaron hasta allá.

Además de una emoción que sostenía con pocos argumentos, sabía que Londres era mundialmente conocida por su clima grisáceo, su lluvia constante y su horrenda comida sin sazón, carente de cualquier sabor. Lo que yo he ido descubriendo es una ciudad con lluvia recurrente, sin nunca ser torrencial, por lo que a los pocos meses de estar inmersa en la cultura de este país opté por no cargar mi paraguas, pues aprendí que “el local no se moja”. Por su parte, la comida inglesa ha sido un gran descubrimiento, el famoso “fish and chips” de Covent Garden que recuerda su papel durante la guerra es una excelente muestra de ello. El “sunday roast” en todos los pubs que hace del domingo un día agradable de convivencia. Además de la comida inglesa y sus postres deliciosos como el “sticky toffe pudding”, en Londres puedes encontrar una gran variedad de comida india, peruana, israelita, italiana, francesa, escandinava, venezolana, thai, japonesa, china, mexicana y un sin fin más que ni la lista más extensa de recomendaciones que he visto ha podido abarcar.

La comida es un reflejo de las prácticas incluyentes de esta capital, que integra a millones de turistas, profesionales y estudiantes que vienen todos los años. Una ciudad amigable, que hace el esfuerzo por entender todos los acentos de quienes preguntan información. Que prepara académicamente a gente de varios países enfocada en sobresalir en uno de los lugares más competidos a nivel mundial. Este contraste entre lo que esperaba y lo que me encontré no deja de sorprenderme.

Aunque el clima y la comida no cambien, existe una acción que pone a Londres como capital multicultural en todo peligro. El 23 de junio de este año, los ingleses y los miembros de la Commonwealth que residen en Inglaterra votarán para decidir si Inglaterra se queda o pierde su posición como miembro de la Unión Europea. Conocido como BREXIT esta votación definirá el rumbo de la economía y de la sociedad multicultural que convive con respeto y amabilidad como en ningún otro país.

Aquí no es mi intención decirles cómo se ha beneficiado la economía del Reino Unido desde 1973 o de cómo ha habido un aumento de los salarios que va por encima del promedio de Alemania, Francia e Italia; o el sin fin de compañías que se han posicionado en el país elevando su competitividad, o la cantidad de instituciones internacionales que han pronunciado en contra de salir de este acuerdo por el costo que la incertidumbre en los negocios y los mercados financieros que esto causaría. Tampoco es mi intención explicar porque al salirse perdería acceso a un mercado de más de 500 millones de personas de 28 países distintos; porque salirse implicaría renunciar a un más de 600 tratados comerciales; porque salirse desataría gran incertidumbre en los mercados financieros, las empresas, la política y la sociedad, pues no está claro cómo sería el proceso.

Lo que aquí me importa es remarcar que de elegir Brexit, Inglaterra enfrentaría uno de los reveses más importantes a su política migratoria –impidiendo el libre tráfico de personas- que la reputación de Inglaterra como país y en especial Londres, su increíble capital cosmopolita, perderían la diversidad y el encanto incluyente, que hoy por hoy los hace únicos en las políticas de integración.

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Escrito por InteIndep

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