Sensorium

Por: Luis Godoy – @luis_godoy88

Probablemente el mayor consenso que ha existido en el inicio del siglo XXI en México es que la corrupción lo jodió, lo jode y —si no pasa nada— lo seguirá jodiendo todo. Es cierto, todo hiede a corrupción. La banqueta malhecha en la que transitas fue financiada mediante un contrato con sobreprecio, el aire sucio que respiras fue provocado por numerosas mordidas de fábricas contaminantes, el ciudadano Presidente que ves a diario en los medios está involucrado en el mayor escándalo de corrupción que recordemos. Repugnante, cochina, asquerosa corrupción.

Y comienza el ciclo.

Mañana que despiertes y leas las noticias, encontrarás otra nota más de corrupción. Ya sea al Secretario de Comunicaciones Ruiz Esparza en el Wall Street Journal, México encabezando otro índice como uno de los países más corruptos, otra historia más de #PanamaPapers, otras más de tu estado, y así, sistemáticamente. Luego, no faltará el desvergonzado que te recordará que la corrupción está instalada con normalidad en sus formas y en sus aspiraciones. Lo escucharás, y no dirás nada. Cotidiana, incesante, testaruda corrupción.

Y seguirá sin pasar nada.

Probarán tu capacidad de indignación, llevarán al límite tu lógica, desesperarás, protestarás en redes sociales, pero inesperadamente te calmarás. Hay algo que te llevará por esos canales institucionales, por ese fino control a tu rebeldía. Estarás tentado por hacer ese otro algo, pero la lucha no será —a tu juicio— de utilidad. Ya más tranquilo te atomizarás, y concluirás que el cambio está en uno mismo.

No pasará nada.

¿Si se ha radicalizado tanto la corrupción, por qué no se ha radicalizado de la misma forma una respuesta? ¿No es obvio la contundencia que deberíamos de tener los que nos decimos anticorrupción? ¿O la comodidad de la corrupción insertada en el privilegio y en nuestro derecho a hacernos ricos nos impide hacer algo?

Catena

El diagnóstico está listo, conocemos los números. Sabemos que la corrupción es grande, grandísima. Ni siquiera hay que recordar los datos para convencernos del lugar que ocupamos a nivel internacional, o de los costos económicos y sociales del fenómeno. La omnipresencia y universalidad de la corrupción en México es apabullante. Es tal su magnitud, que puede sonar equilibrado decir que la legalicen. Que la nación la acepte públicamente como una enfermedad, y ante el reconocimiento colectivo, se pueda por fin curarla. Estamos cerca de normalizar cínicamente la corrupción.

De hecho, está sucediendo. Hay un intento premeditado de varios actores políticos de abrazar a la corrupción, o lo que Castañeda denominó como el Pacto por la Corrupción. Después de que miles de ciudadanos apoyaran la iniciativa 3 de 3, y posterior a que escucháramos miles de pronunciamientos convenientemente a favor, el PRI y el Verde (¿a alguien de verdad le sorprendió?) reaccionaron, y decidieron cambiar su posición alegando protección a sus datos personales. Negaron la declaración patrimonial, clave para la iniciativa y como ha demostrado Guillermo Ávila, fundamental para el combate a la corrupción. Luego, el PAN confuso en su posición, se dijo en contra.

Hay muy poca información de lo que ha sucedido en el último mes sobre el proceso legislativo de la 3 de 3 y las leyes anticorrupción. Periodo oscurísimo. Los que participaron en el proceso, haciendo honor a la iniciativa, deben ofrecer al público los documentos, minutas, argumentos completos… en otras palabras, que transparentaran las negociaciones.

Pero entre toda la convulsión, la 3 de 3 ya está dejando muchas lecciones. La primera, es que la elite protegerá con ímpetu la información que pueda evidenciar una ilícita acumulación patrimonial. La sociedad civil organizada nunca más debe de confiar en los buenos deseos del PRI y el Verde. Se acabó el apapacho con los simuladores de la 3 de 3, que son los mismos de siempre. Los profesionales de la transparencia, que han luchado durante años contra la corrupción, llevaron el tema, crearon la propuesta, juntaron las firmas, se sentaron en las mesas, y ahora su esfuerzo, pende débilmente de lo que suceda en el periodo extraordinario.

La segunda lección es que el antídoto correcto a la corrupción sí es la transparencia. Los reaccionarios a la 3 de 3, el PRI y el Verde, lo comprueban. Sin embargo, no es suficiente. La siguiente lucha pública tiene que ser la transparencia por el gasto público: leyes, instituciones, y herramientas que garanticen el buen funcionamiento del presupuesto.

La tercera lección es que la respuesta ya no puede ser tímida. Los indignados por la corrupción en México tienen que ser los duros de la transparencia. El problema es que la transparencia —como solución— se ha instalado en una cómoda vitrina institucional: se encuentra en los monitores de los expertos, no en la voz activa de la ciudadanía. La transparencia tiene que expandirse de los casos de éxito y las acciones estratégicas, a una escala mucho mayor. Frente a las Casa Blancas, los OHL, los HIGA, la tibieza de la acción por la transparencia tiene que ser inexistente. Por ello, lo que sigue, como reacción natural, es un proceso de radicalización reflexivo por la transparencia.

La situación actual ya ha agotado paciencia y comprensión, no hay que esperar a que salga a la luz el próximo caso de corrupción para volver a indignarnos. Los funcionarios, promotores, activistas y seguidores de la transparencia ya no pueden seguir en los laterales y tienen que adquirir mayor protagonismo, no importa cual sea el desenlace del periodo extraordinario.

Esta radicalización lleva a la corrección, no al problema. Radicalizarse por la transparencia es enfocarse en la solución. Es un proceso colectivo, que definirá las posiciones públicas y las formas de interactuar con lo corrupto. Como lo dije antes, tiene que pasar por la masificación de la transparencia como vía, y pasar a la acción social. Los 630 mil son un buen inicio, pero faltan muchos más. A ellos, se les tiene que activar, insistiéndoles que la transparencia es lo que genera una identidad propia contra la corrupción, no la radicalización individual, o lo que viene siendo el cambio está en uno mismo, eso es simplemente anecdótico.

La transparencia también es política y es la respuesta contra uno de los más grandes agravios de nuestros tiempos. Tercera ley de Newton a la corrupción. A toda acción corrupta corresponde una reacción transparente con la misma fuerza. Ser radical hoy contra la corrupción, tristemente, ya no suena tan radical, es casi lo mínimo. ¿O qué piensan debe suceder después del periodo extraordinario? ¿De regreso al ciclo, de vuelta a la oficina, a ver cabalgar triunfante a los corruptos?

Pues no.

falling_bough

***

¿Da miedo ser radical? Sin duda. Por eso hice mi propio ejercicio para tratar de moderarme. Recurrí a Byung-Chul Han, el filósofo enemigo de la transparencia. Releía al pensador coreano-alemán, buscando argumentos para sortear mi proceso de radicalización. Para Han la transparencia es indeseable porque, aparte de ser una utopía, elimina confianza, genera uniformidad, e incluso distorsiona la privacidad de la vida. Han es quizás el primer autor que se siente cómodo argumentando contra el consentimiento general por la transparencia, dice frases como: “El big data anuncia el fin de la persona y de la voluntad libre”, o en línea con su crítica al capitalismo, señala: “Exposición es explotación”. Léanlo.

En algunos argumentos, Han parece brillante, sin embargo, termina siendo poco convincente. Y es que la mayor omisión de Han es que no contempla la existencia o posibilidad de una crisis de secretismo, escaldas máximas de corrupción, o un descaro masivo por el ocultismo; es decir, México. Han escribe en el contexto de sociedades homogéneas, y por supuesto, poco corruptas. Por tanto, su recelo por la transparencia no surge como respuesta a la opacidad, si no por el fenómeno de la auto-exhibición. En sociedades como la mexicana, la transparencia es un arma necesaria ante la embestida de un monstruo, no una exigencia postmoderna que acelera los ciclos de información y producción. Nada de nada, corroboré lo ineludible de mi radicalización por la transparencia.

***

Arte de Walton Ford. Pintor estadunidense. Sus ilustraciones animalistas en grandes escalas retratan una visión política que él ha definido como salvaje.

7_LuisGodoy

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. El problema es que la transparencia es un medio, no un fin. Sin vehículos para sancionar, Duarte solo se ríe mientras lee sobre sus empresas fantasmas.

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