Las vendas de mi hermano

Pienso en el poderoso Alcides,

llamado también Hércules.

Era muy fuerte. Aún en la cuna

aplastó a dos serpientes, una

por una. Y, adolescente,

mató a un león, gallardamente.

Cubierto con su piel, peregrino

audaz, fue por el mundo.

Alcides, Mario Vargas Llosa

Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

Papá estaciona el auto en la misma callecita desolada de siempre, no vaya a ser que le den otro cristalazo, hijo. La entrada principal del hospital está a dos cuadras. El sol de las 12:28 baña mi palidez resplandeciente y una comezón me invade. Me quejo. Me hace falta ir a la playa, papá, te hace falta podar el césped, hijo, ja, ja, papá. Caminamos. A la mitad del trayecto, los tres vagabundos que habitan una diminuta cueva de medidores eléctricos en el cruce de las calles Limón y Naranjo nos abordan. Buenas tardes, doc. Que si no tiene una venda que le sobre doc, vea qué fea traigo la herida, doc. Bueno, les dice papá y nos seguimos de frente. Él nos espera.

Pasamos la parada de los autobuses esquivando los exhaustos rostros de los enfermeros del turno matutino y enfilamos hacia la entrada del hospital. No me despego de papá ni un segundo, soy su sombra. Recién pisamos el zaguán, comienza el desfile de caras conocidas. Buenas tardes Doctor Blanco, hola Doctora Rosa. Seguimos andando en ese mar de cuerpos en permanente movimiento. Sorteamos a niños que corren a buscar las manos de sus padres. No les gustan los hospitales. Por fin conquistamos el estrecho pasillito que conecta los consultorios médicos con el puesto de vigilancia. Qué tal Doctor Rubio, cómo está Doctora Castaño. En medio de ese mercado de saludos y sonrisas, de conversaciones de pasillo, no aflojamos el paso. Pienso: Birdman y el plano secuencia del Chivo Lubezki, pero uno real, papá.

Los guardias nos hacen una pequeña venia, adelante doctor, y seguimos rumbo a las escaleras. Subimos al segundo nivel: el de quirófanos y estancias prolongadas. Pasando el elevador y a un costado del puesto de enfermeros, ahí está su cuartito: el 101. Entramos y ahí está mamá. Como todos los días, pacientemente se encarga mantener limpias las escaras que ni los doctores pueden sanar. Ya son tres meses desde que internaron a mi hermano y el paso de las noches es notorio en los rostros de mis padres. Llevan 94 días durmiendo a ratos, mamá, tres meses durmiendo en una colchoneta, al vaivén del ir y venir de los enfermeros y doctores, papá. Pienso: 94 días sin despegar la vista del monitor de signos vitales.

Volteo a la camita y ahí está él. Peinadito, como siempre, mamá. Con la misma bata azul, electrodos, brazaletes, sensores y cables cubriéndole el pecho, papá. Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…120/60…ritmo cardíaco…55…oxigenación…99%. Repaso las bombas electrónicas dispuestas en las esquinas de la cama ortopédica: 5 miligramos de fentanyl…2 miligramos de norepinefrina…18 miligramos de propofol, el anestésico que mató a Michael Jackson, hijo. No hay aire en las bombas, funcionan. Si no, se detiene el flujo de medicamento y hay que avisar a las enfermeras, hijo. La comida de las 12:45 está por llegar. Me inclino sobre la cama y acerco mi mejilla a sus labios. Espero unos segundos. No pasa nada. Dame un besito. No abre los ojos, no hay besito hoy. Pienso: Ya son 94 días, 94 días en esta cama de hospital, conectado al ventilador.

El cuartito 101 es pequeñito. Un bañito, dos sillitas, las máquinas. Una estampa de Jesucristo en la pared. Las enfermeras van y vienen, van y vienen. Una inyección…una pastilla…aire en las bombas. Entran y salen, entran y salen. Hola, guapo. No me vas a dar un besito hoy, guapo. No has abierto los ojos hoy, guapo. Los medicamentos buscan mantenerlo sedado, que no regrese ese maldito temblor involuntario en las manos, los brazos, los hombros, las piernas y hasta la cabeza. Más fuertes que el Parkinson, hijo. Veo las vendas que atan sus muñecas a los barandales de la camita ortopédica. Pienso: para que no se lastime cuando despierte.

Ya ha pasado más de un año desde aquella tomografía cerebral. Ya más de un año hace de que, de un mes para otro, el daño neurológico se manifestó y empezó crecer. Las funciones corporales fueron cayendo, día a día, semana a semana: manejar el auto… asistir a clases en la universidad… mensajear a sus amigos en el celular… jugar dominó conmigo por las tardes… ir al baño… caminar… comer por la boca…saborear un helado sin deglutir… fijar la vista… abrir los ojos a placer… dormir serenamente. Más de un año sin que los doctores tengan certeza del diagnóstico y del tratamiento, sólo del desenlace. Pienso: y tú, consciente de todo.

Tiempo de celular: Discuten la legalización de la marihuana en México. Será presentada al Senado la Iniciativa de Reforma a la Ley General de Salud y al Código Penal Federal en la que se debate legalizar la marihuana para usos medicinales y terapéuticos. El presidente propuso ante la ONU que el tema sea abordado desde una perspectiva de derechos humanos, prevención y salud pública. Los medios citan frecuentemente el caso de Grace, una pequeña originaria del norte del país que sufre severos ataques epilépticos. La familia agotó todos los recursos médicos posibles, papá, vieron en un medicamento derivado de la Cannabis Sativa una posibilidad de tratamiento, mamá. Los padres lograron conseguir que un juez permitiera la importación del medicamento. Y otros padres se han ido sumando en las últimas semanas. Pero aún faltan muchas familias, papá. Muchas en la clandestinidad, mamá. Que lo hacen sin ningún remordimiento. Que entienden la diferencia entre lo ético y lo legal. Pienso: y que lo volveríamos a hacer porque hemos intentado todo.

A un costado de la camita, hay un mueble lleno con medicamentos, instrumentos y materiales de curación. Veo a papá acercarse discretamente a él. Abre un cajón. Toma tres vendas sin decir nada. Sonrío. Serán para los vagabundos, mamá. Me tumbo contra la pared a leer la novelita de la semana: Conversación en La Catedral, de Vargas Llosa. Leo mientras él duerme. A ratos, cuando las enfermeras no me distraen, papá. Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…130/70…ritmo cardíaco…53…oxigenación…98%. Me pregunto cómo serían los hospitales en el Perú de los años 50. Me pregunto cómo serían las últimas horas del papá de Zavalita, el protagonista. Pienso: adaptaré esa técnica narrativa a mi primer cuentecito, Varguitas.

Llega la comida de las 12:45 en dos vasitos desechables. Lo de siempre: licuado de pollo con vegetales. Preparamos la sonda gastrostomía. Alimentación con jeringa. Ni la dieta hipercalórica impide que esté en los huesos. Los movimientos perennes devoran lentamente su tejido lumbar. Las heridas avanzan y le sedación busca contener el dolor. A veces, mientras lo alimentamos, una lagrimita rueda por su mejilla. La secamos apresuradamente. Encogemos los hombros. Él nunca confiesa malestar. No hoy, no hace un año, no hace 13 que le diagnosticaron una extraña enfermedad autoinmune de pronóstico reservado. Aunque el dolor físico de las heridas ocasionadas por pérdida de tejido sea insoportable. Aunque el dolor de vernos angustiados sea aún mayor. Pienso: te donaríamos hasta el alma, si pudiéramos.

Tiempo de celular: las elecciones en los Estados Unidos siguen su curso. Donald Trump será el candidato republicano, mamá. No sé si ganará la general, papá. El último debate demócrata de las primarias fue ayer. Bernie Sanders y Hillary Clinton debatieron acaloradamente sobre la cobertura universal de salud. Ella fue lúcida y elegante, cuidó las formas. Lo de siempre. Él fue subversivo, soñador y arriesgado. Lo de siempre. En medio debate, el moderador sembró una trampa en un intento por atizar la discusión: ¿Vale la pena pelear por la cobertura universal de salud, aquel con el que soñó Roosevelt, aunque los republicanos se opongan? Hillary fue contundente, hay que ser realistas, no es posible en este ambiente político, papá. Sanders soñó como Roosevelt, hay millones que aún no pueden costear hospitales privados, no podemos dejar a nadie atrás, mamá. Levanto la vista del celular y veo a mi hermano en la camita. Ya son 94 días, 94 días sin habla y sin respiración autónoma. Roosevelt y la pregunta del moderador. Pienso: cómo chingados no.

Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…143/77…ritmo cardíaco…47…oxigenación…99%. El monitor alerta que el pulso ha bajado de 50. Se despertará en cualquier momento y le pondremos música: José José, Los Beatles o Los Apson, sus favoritos. Qué romántico eres, guapo, le dirán las enfermeras mientras le aspiran las flemas y nosotros bajaremos las miradas al ver sangre en los tubos succionadores. Él cantará. No habrá sonido, el ventilador inhibirá el habla, pero él moverá los labios de cualquier forma. Let It Be… Let It Be. Después las enfermeras se irán y le contaremos chistes. Aprobará o desaprobará nuestro terrible sentido del humor parpadeando o moviendo los labios ligeramente, papá. Le diré que la reciente transfusión de mis plaquetas lo hará más enojón, ja, ja, mamá. Le diremos que lo amamos y él fruncirá las cejas en protesta. Nos reñirá con muecas. Sí, ya sabemos que tú nos amas más, le diremos. Pensaré: nunca te gustará perder.

Reviso sus signos vitales de reojo: presión arterial…145/79…ritmo cardíaco…43…oxigenación…98%. Pienso en papá y en sus viajes juntos al Distrito Federal en busca de segundas opiniones. Pienso en mi otro hermano, también médico, que llegará en cualquier momento. Pienso en mamá y en las miles de oraciones de los últimos 13 años. Pienso en el Jesucristo pegado a la pared. Pienso en el Jesucristo humano, aquel que lloró cuando le informaron de la muerte de Lázaro. Pienso en Lázaro. Pienso en las vendas que lo cubrían. Pienso en Roosevelt y en Sanders, en los hospitales privados y en su acceso privilegiado. Pienso en los 94 días que lleva mi hermano en terapia intensiva. Pienso en el día 95 y en los que vendrán después. Pienso: qué hubiéramos hecho sin los hospitales públicos y sin seguridad social, mamá. Pienso: ya nos hubieran embargado la casa los privados, papá. Pienso: qué harán los miserables del cruce de las calles Limón y Naranjo, mamá. Pienso: curarse con vendas, papá. Pienso: llévame a donde tú vayas. Pienso: prometo dejarte ganar en el dominó.

A la memoria de Luis Fernando Campa Molina (1993-2016), mi héroe de mil batallas.

4_MarioCampa

Escrito por InteIndep

3 Comentarios

  1. paulina aguilar 24 mayo, 2016 en 12:31 pm

    Me hiciste emocionarme y llorar. Que corazón tan grande tienes que puede expresar con palabras su amor incondicional. Tu hermano, mi nuevo héroe.

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  2. Nancy Espinoza Amavizca 25 mayo, 2016 en 2:36 am

    No sabes cuánto te admiro Mario!
    Así como admiro a tus padres y tu hermano….. Claro todo girando alrededor de el muy amado Luis Fernando ..ahora seguramente Dios lo tiene en un lugar muy privilegiado …..Admiro su entrega, du dedicacion. Un verdadero ejemplo de unión familiar .
    Admiro ese gran corazón, con que escribiste esto…..
    Sólo con un corazón enorme se puede escribir algo así.

    Le gusta a 1 persona

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  3. María Griselda Palafox Méndez. 25 mayo, 2016 en 8:14 pm

    Hermoso y emotivo Mario, Luis Fernando no solo es un héroe de mil batallas, él es un Santo que ya goza de la felicidad eterna junto a nuestro Padre Creador y su Divino Hijo, una santidad que se la ganó a pulso. Nos ha dejado un gran ejemplo de vida, de como abrazar la cruz que Dios le asigno, con un inmenso amor sin jamás exhalar queja alguna, como un cordero, aún en los momentos mas difíciles dio muestras de su gran fe y amor a Dios, conservando siempre su alegría y buen humor.

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