Hillary NY

Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ

Era miércoles. Ese día yo tenía clases por la mañana y taekwondo en la noche. Pintaba para ser un día normal, pero en la escuela me enteré de que Hillary Clinton, precandidata demócrata a la presidencia de Estados Unidos, estaría en Nueva York. Decidí volarme la primera clase y me fui a formar desde varias horas antes al Apollo Theater, ubicado en Harlem, barrio latino y afroamericano de la Ciudad. Tenía curiosidad sobre lo que me esperaba. Mi única experiencia en mítines políticos había sido en México, por lo que mis expectativas eran jalones, empujones, largas horas de espera y la posibilidad de ni siquiera ver a la candidata. Aún así me la jugué.

Cuando llegué, vi una fila tan larga como diversa. Se distinguía gente de todas las razas, religiones, edades y niveles socioeconómicos. Al ver mi lugar en la fila pensé en cuánta gente se metería antes de que yo pudiera llegar a la puerta. Pero, para mi sorpresa, nadie lo hizo. Tampoco había gente coordinando—o acarreando—más gente. No había camiones en doble fila, con la foto del candidato en tamaño gigante, de donde se bajara gente que pareciera medio perdida, pero con un lunch en la mano. No, no vi nada de eso. Mucho menos vi gente que se preguntara si mi presencia ahí tenía sentido, pues yo no puedo participar en sus elecciones. En fin, me dispuse a esperar.

Victoria y Ernesto, compañeros de la universidad, me acompañaban en la fila. Como buenos mexicanos, gritábamos una porra para Hillary a la menor provocación. Para nuestra fortuna, ésta provocación vino de su staff, que buscaba gente entusiasta en la fila. Nosotros hicimos lo que nos salía natural sin saber que eso nos haría merecedores a unos brazaletes especiales. Las mujeres americanas formadas detrás de nosotros—que también gritaron y se ganaron su premio—no podían creer lo que acababa de pasar. Nosotros no entendíamos, pero ellas nos explicaron que acabábamos de ganar acceso al escenario donde Hillary daría su discurso.

Incrédulos, Vicky, Ernesto y yo seguimos caminando. Entramos al teatro en el que reinaba el orden y la organización. Al pasar el arco de seguridad no hubo mayor problema—más que el tupper de mi lunch que se tuvo que quedar en la entrada. Nos dirigieron al fondo del teatro, que poco a poco se iba llenando, y efectivamente nos subieron al escenario. ¡Ahí descubrimos que era en serio! Entre los pocos afortunados que estábamos arriba había una excelente representación de la diversa fila: gente de todas las edades, razas, religiones, orígenes, orientación sexual, ¡y un trío de mexicanos muy emocionados!

Mientras llegaba la gente, nosotros ensayábamos las porras al grito de “Madame President”, “I believe that she will win”, y “I am with her”. Me dio la impresión de que el staff no se preocupaba por ver espacios vacíos. Al final, estaba la gente que quería estar. Eso me hizo pensar en los mítines en México donde los coordinadores parecen pasar por el peor día de sus vidas si el evento no se llena. Interesante contraste. También me di cuenta que lo que sucedía en el escenario era completamente improvisado. En verdad habían subido a gente del público que esa mañana decidió dejar de hacer lo que tuviera que hacer e ir a escuchar a Hillary. Supongo que corrieron el riesgo de que algún disidente arruinara el show, poniendo por encima la credibilidad del evento y de su candidata; ojalá en México también se corriera ese “riesgo”.

En punto de las 12 subió Hillary. Se le veía tan fresca, serena y alegre. Saludó, se paseó unos minutos en el escenario y finalmente se ubico en el centro. Mi corazón estaba verdaderamente acelerado por la experiencia de ver en escena a una de las políticas más influyentes de nuestro tiempo. Luego del breve discurso del senador Charles Shumer, ella tomó la palabra. Su discurso fue sobre todo puntual. Sabía lo que hacía y habló de lo que a la gente le interesaba escuchar: de cómo estabilizar economía, garantizar la seguridad, y de cómo construir una sociedad incluyente, tolerante y orgullosa de su diversidad. Se dirigió a la comunidad afroamericana, latina y migrante. No era casualidad que hubiera elegido Harlem para el evento. Habló fuerte y claro contra “Mr. Trump”, y también usó la carta de género, porque se vale, y porque es una mujer que por muchos años ha luchado por los derechos de las mujeres. Terminó su discurso entre aplausos y porras entusiastas.

Ahí seguíamos nosotros, presenciando todo eso a escasos metros de distancia. Cuando terminó su discurso se volteó y no tuvo prisa al saludar a cada uno de los que estábamos ahí. Se tomó fotos, escuchó lo que quisiéramos decirle, sonrió todo el tiempo. Así conocí a Hillary Clinton, llena de vitalidad, de alegría, y al mismo tiempo de una serenidad que se contagia. Conocí a una mujer que sin duda me gustaría ver en la Casa Blanca.

Al finalizar el evento, salimos como entramos, sin el menos contratiempo. Seguía prevaleciendo el orden, y hasta recuperé el tupper con mi lunch.

13_XimenaMata

Escrito por InteIndep

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