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Por: Andrés Hernández – @andreshf5

Son las 03:55 de la mañana. Me levanto e inevitablemente calculo que he dormido menos de tres horas. No puedo quejarme, es mi último día en Tokio y por lo tanto mi última oportunidad de ir a Tsukiji, el mercado mayorista de pescado más grande del mundo. Nos subimos al taxi, un compañero japonés le pide al chofer que nos lleve al mercado -los taxis en Japón son unos coches que no se esperaría ver en uno de los países más vanguardistas del mundo, Toyota Crown YS130, un modelo de mediados de los noventa con los espejos laterales montados a la mitad del cofre, un coche fabricado mayoritariamente para el mercado japonés.

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Llegamos y, encandilados por los reflectores de más de 500 watts, entramos al mercado. Es impresionante la actividad que hay a esa hora. Con mucho cuidado tratamos de caminar por las orillas, porque por el centro pasan unas camionetas que no tienen la menor intención de pararse; el respeto que se tiene por el peatón y el orden que se percibe en las calles de Japón no existe en Tsukiji. En el mercado el peatón es el invasor y si no tiene cuidado lo atropellan. Las camionetas de carga en realidad parecen lavadoras con ruedas, dirigidas por un volante gigante, arrastrando una superficie de metal. Supongo que ese tipo de vehículos fue diseñado para atender las necesidades tan específicas del mercado: un comercio anual de 700,000 toneladas de pescados y mariscos que equivalen a poco más de 5,000 millones de dólares.[1]

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El mercado está compuesto por diferentes niveles, con varios espacios, para distintos propósitos, al final es un edificio que alberga a más de 65,000 empleados. El primer lugar que visitamos, con las lavadoras con ruedas, es el área de descarga, posteriormente entramos a unas oficinas donde se lleva el registro –a pesar de haber un letrero que explícitamente prohíbe fumar, había al menos una docena de japoneses fumando, todos hombres. En realidad, en Japón no se puede fumar en la calle, a menos que esté explícitamente permitido. Después de las oficinas visitamos algunas bodegas donde tienen pescados y marisco vivos, un lugar lleno de gente, frescura, agua corriendo y botas de plástico. La variedad es fascinante. El mercado maneja más de 400 tipos de pescados y mariscos.[2]

Finalmente llegamos a la atracción principal, la subasta de pescados. Aunque en el mercado se subastan diferentes tipos de pescados, el más emblemático es el atún rojo. Precisamente esa fue la subasta que pudimos ver. Tuvimos suerte porque sólo pueden entrar 60 espectadores por día. Pasamos unos treinta minutos en esa bodega. Los primeros quince a veinte minutos los pasamos viendo cómo los compradores evalúan el atún. Si se va a pagar más de $5,000 dólares por un pescado, más vale saber qué se está comprando. De hecho, en la primera subasta del año –la más importante y concurrida de todas–, un atún puede llegar a costar más de $40,000 dólares. Probablemente un precio inflado por la demanda y el prestigio de haber comprado El Primer Atún del Año. En fin, comenzó la subasta con el vendedor tocando la campana, luego sube al banquillo y empieza a gritar. Como en cualquier subasta las ofertas surgen y el que haga la mejor es el ganador. Hay que estar ahí para vivir la emoción de no entender absolutamente nada pero creer saber qué es lo que está pasando, involucrarse y hasta tener un candidato favorito. Es como la primera vez que se va al hipódromo.

A forma de premio por la perseverancia y la paciencia de los occidentales, por no entender nada y recibir empujones, nos llevaron a ver todo el espectáculo desde la azotea. Sin duda vale la pena. Ahí es cuando pienso que los japoneses tienen otra forma de ver la vida. El fenómeno de la isla se hace presente. Japón está hecho para japoneses, así como los Toyota Crown, las lavadoras con ruedas, el doble entendimiento de los espacios públicos con respecto al tabaco, la preferencia por el peatón, el cuidado y descuidado del ambiente. Su entendimiento de las normas y de la realidad sigue un paradigma muy distinto al que tenemos en Occidente, e incluso al que tienen en otras partes de Asia. A pesar de que Tsukiji es un oasis de caos dentro en un país en donde todo funciona a la perfección, es distinto al caos de Mongkok en Hong Kong. En Tsukiji, se ejemplifica el valor de lo tradicional. No es la falta de recursos lo que les impide transformarlo, sino su certidumbre de que esto funciona y no es necesario cambiarlo. Más importante aún, es eficiente según sus cánones de eficiencia. Alguna vez me dijeron que “japonés come japonés”; hice lo propio y empecé mi día comiendo sushi a las siete de la mañana.

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[1] McCurry, Justin (5 December 2008). “Tokyo catch: Fish market bars tourists”. The Guardian.

[2] Heller, Peter (2006) “The Whale Warriors: Whaling in the Antarctic Seas” National Geographic Adventure

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. Angélica Breña 2 mayo, 2016 en 9:16 pm

    Guauu!! me encantó que nos llevaras al mercado tan temprano, las imágenes y video refuerzan muy bien lo que dices-escriibes. Tan diferente y a la vez , tan igual al mercado de Zanzibar en costa Este de Kenia que, justamente donde subastan pescados con cantadito árabe-swahili, otrora fue el mercado más grande de esclavos a Persia. No cabe duda que gana el hambre. ¡Felicidades!

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