AmazonBooks

Por: Daniela Dib – @dandiba

En el año 2007, cuando el Kindle e-book reader salió al mercado, los entusiastas de la lectura dictaron sentencia al libro impreso. El aparato se vendió por completo en menos de seis horas a un precio de $399 dólares. Estoy segura que Jeff Bezos frotaba sus manos como la mosca hace con sus patas, pues Amazon, su empresa, estaba revolucionando un objeto que había permanecido sin cambios desde que Gutenberg imprimió La Biblia en alemán en 1454. La tecnología electrónica había llegado, por fin, a amenazar la existencia del libro, el popular vehículo para esparcir ideas y propiciar conocimiento en todos los rincones del mundo.

Aquella primera versión del Kindle medía 6 pulgadas, contaba con pantalla en escala de grises y tenía una memoria interna de 250 Gigas en la que cabían hasta 200 libros sin ilustraciones. Las posibilidades eran infinitas: el aparato aligeraba las mochilas y bolsas de personas en tránsito con hambre de épicas de Victor Hugo o Dostoyevski, permitía la adquisición inmediata de otro título tras terminar alguno, y representaba la capacidad de cargar con una biblioteca personal a todos lados.

Si bien el Kindle no era el mejor ni el primer aparato portátil para leer contenido digital, explotó en popularidad al contar con algo que los otros competidores no tenían: la biblioteca de 370,000 títulos digitales disponibles para descargarse desde Amazon y utilizables sólo con el formato AZW. De este modo, Bezos otorgaba a los lectores una potente arma de lectura, limitada, sin embargo, a sus propios términos.

A partir de entonces, el Kindle ha sufrido varias transformaciones que lo convierten en el indiscutido líder de e-readers en el mundo. Además de desarrollar una aplicación para utilizar el formato Kindle en Android y iOS, actualmente se vende su séptima generación, representada por el Kindle Paperwhite a $119 dólares y la versión HCD del Kindle Fire a $159. Sin dar números oficiales, Bezos estima que durante 2015 (un año difícil para la industria de los libros en general) la compañía vendió cerca de 5 millardos de versiones de Kindle en todo el mundo. ¿Las opciones para leer? 4.3 millones de libros digitales disponibles desde Amazon.com.

Estas cifras bastarían para que Bezos se regodeara de haber logrado casi en su totalidad la visión personal que tenía en 1994: crear una compañía en línea de selección ilimitada para el consumidor. Cuenta la leyenda que al enterarse de las mieles prometidas del comercio en línea que comenzaba a despuntar, Bezos hizo una lista de productos que podría vender bien a través de internet. Concluyó que los libros eran su mejor opción, no solo porque existían ya millones de ellos, sino porque su tamaño y peso son relativamente estándar y los vuelven fáciles de empacar y manipular. Resultó ser una excelente decisión: de libros, Amazon pasó a vender todo lo demás y se convirtió en el mastodonte del e-commerce que conocemos hoy.

Sin embargo, en un sorpresivo y aparente movimiento de cangrejo, en noviembre pasado Amazon abrió su primera librería física, “de ladrillo y mortero”, en Seattle. No sólo eso, lo hizo esforzándose en competir directamente con su rival inmediato, la cadena de librerías Barnes and Noble—única sobreviviente en Estados Unidos, por cierto, de esta industria en peligro de extinción. Amazon Books está ubicada en el campus universitario de Seattle, cuenta con hileras de libreros de madera, llenos de libros de toda índole, acomodados no por estrategia pagada de marketing de las grandes editoriales sino según su volumen de ventas desde Amazon.com. Por supuesto, diferentes versiones de Kindle también están a la venta ahí. Los precios de los libros físicos no están expuestos; cada visitante debe escanear el título desde su teléfono móvil. La selección de libros también se basa en el ranking que dan los usuarios en el sitio Goodreads, propiedad también de Amazon desde 2013. En otras palabras, es una librería corregida y aumentada—y al parecer replicada, pues corren rumores que Amazon planea abrir 400 más en los próximos meses.

Algunos especulan que Bezos decidió abrir la librería para deshacerse elegantemente de todos los libros que devuelven los usuarios de Amazon.com; otros, que al solicitar el escaneo del libro con el teléfono del usuario se está acumulando una base de datos incomparable y personalizada de patrones de consumo que resultará mucho más específica para Amazon que la que tiene actualmente. Lo indiscutible es que en una época en que la lectura en tableta o teléfono móvil es la preferencia general, resulta por menos extraño que el llamado rey del comercio electrónico haya decidido expandir su imperio apoyándose en la misma industria tradicional que quiso desaparecer en un principio.

iTunes volvió obsoleto al CD; en poco tiempo más, Netflix hará lo mismo con la televisión de paga. Sin embargo, los libros digitales no han podido derribar al atlante que aún es el libro impreso. Producir, imprimir y distribuir un libro consume recursos intelectuales, monetarios y logísticos, y su existencia en el mercado no garantiza la aparición de lectores. En este sentido, la aparición de los e-readers y formatos digitales de lectura parecían ser la solución al a) abaratar costos de impresión y distribución y b) permitir que el contenido se consumiera a mayor escala a través de un aparato con acceso a internet. Pero hay ciertas cualidades que tiene un libro físico que resultan imposibles para los pixeles: el misterioso magnetismo que nos lleva a hojear un libro en una librería, la serendipia de repasar sus primeras frases y sentirse identificado, la inexplicable conversación muda entre la fotografía del autor y quien sostiene el libro entre sus manos. Es posible no haya pasado suficiente tiempo para la suplantación de lo impreso por lo digital, o, tal vez Bezos sea un romántico del viejo mundo cuando no sueña con llegar a la luna antes que Elon Musk. O tal vez sea, simplemente, nuestra inexplicable vanidad de rodearnos de libros—no como fuentes de conocimiento sino como objetos, ordenados por montones en orden alfabético o por sistema decimal—lo que seguirá manteniendo con vida al libro impreso por otros quinientos años.

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Escrito por InteIndep

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