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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

En mi reciente visita a Buenos Aires me impactó, entre muchas otras cosas, el hecho de que prácticamente todos los edificios de todas las zonas de la ciudad son objetos de vandalismo. La gran mayoría de éstos se ven afectados por grafitis, aún en las zonas más céntricas de la metrópoli. Decayendo así la misma imagen y percepción de la ciudad y la situación argentina.

Los motivos de estos grafitis no quedan claros, el mensaje se pierde entre tantas voces y se puede interpretar de varias maneras. Los escritos en los muros de Buenos Aires dicen cosas de todo tipo: desde protesta contra la pobreza hasta simples símbolos de pandillas e incluso hay quien habla de la madre de Macri con palabras que no se pueden escribir. Lo cierto es que desestimar esto como simples actos de vandalismo cometidos por pandilleros sería un error, más bien hay que preguntarse qué es lo que hay detrás de todo esto.

Estando en Argentina se percibe, de inmediato, un aire de descontento general con la situación social y económica. Al nuevo presidente Macri, con apenas cien días en funciones, se le están cobrando los platos rotos durante los ocho largos años de la gestión de Cristina Fernández de Kirchner quien dejó a la economía argentina volcada. El enojo del pueblo argentino viene porque ahora su nuevo jefe de estado está intentando salvar la economía con cualquier recurso posible y esto incluye a las pensiones de cientos de argentinos. Preguntándole a la gente que conocí por allá, recibí varias respuestas que me parecieron bastante apegadas a lo que parece que está afectando a muchas personas: “A mí no me molesta Macri porque yo sí trabajo” me dijo un taxista y “Pues claro, quieren vivir con pensiones de país rico en uno jodido”.

Argentina se caracteriza ante el mundo por muchas cosas: por sus prodigiosos futbolistas, por sus carnes, por su acento y varias cosas más, pero nunca, como todo buen país de Latinoamérica, por escoger sabiamente a sus gobernantes. Ahora sufren las consecuencias de una gestión populista que dejó al país en bancarrota.

La voz de la ciudadanía siempre se debe hacer escuchar, de esto no hay duda. Lo dijo Henry David Thoreau, uno de los más grandes filósofos estadounidenses, cuando postuló los principios de la desobediencia civil en su obra Resistencia al Gobierno Civil. En ella, Thoreau expone sus ideales acerca de cómo un pueblo no tiene por qué responderle a un gobierno injusto o inepto, incitando a que se tome acción contra los malos gobernantes. En estas mismas ideas se basó Mahatma Gandhi para encabezar el boicot que ultimadamente liberaría a la India del gobierno inglés y que también fueron tomadas por Martin Luther King, Jr. para su cruzada por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos. Muchos citan a este pensador como un anarquista al fomentar la desobediencia de las masas, pero lo que Thoreau buscaba era que la acción civil mejorase el gobierno, no que lo erradicara.

El malestar de Argentina es entendible y su gente tiene una gran memoria histórica que siempre conmemora las tropelías de las dictaduras pasadas para decir “nunca más”. La pregunta que nace es si sirve algún propósito su protesta encarnada en el vandalismo que convierte a su bella capital en algo que se percibe sucio, descuidado e inseguro. Sin duda transmite el mensaje de que estamos viendo a un pueblo volcado contra la institución, que no está satisfecho. Pero, a final de cuentas, cae también en un auto-sabotaje que no los ayuda a llegar a su cometido.

La acción civil es indispensable para evitar los abusos de poder y eso lo estamos viviendo en carne propia en México, donde los actos de corrupción y de personas que, por estar metidas en la política, creen (y no ilusamente) que están por encima de la ley, nos llenan cada vez más de frustración. Un amigo que estuvo estudiando en Europa recuerda con cierto dolor cómo, al hablar con un francés de la situación en México, éste le preguntó muy sorprendido “¿y cómo es que no hacen nada al respecto?”. Una pregunta muy acertada, pues allá en el primer mundo se ha visto como la denuncia de la gente y la presión mediática pueden forzar la renuncia de los más altos mandatarios.

El pueblo mexicano está dormido y más allá de las marchas ocasionales por los 43 de Ayotzinapa, no se percibe una verdadera acción contra nuestro injusto e inepto gobierno, la gente está tomada por un aire derrotista.

Algo deberíamos de aprender del espíritu combativo de los argentinos, si bien me parece que los grafitis no son el camino adecuado. Encontrar la forma para exigir el cambio es clave para no caer en el sabotaje de nuestro propio espacio pero sí lograr que a los abusos de poder se les ponga un alto y tal vez alcanzar el momento en que el poder se ejerza de forma competente.

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Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. Muy cierto, en países de Centro ySud América se han visto movimientos de la población harta de sus gobernantes, que han llevado a la renuncio de sus presidentes. En Europa, en España y últimamente los franceses han iniciado un movimiento similar a Los Indignados. Sólo nosotros, los mexicanos, nos conformamos con protestar a corta distancia, entre nosotros. Alguna acción pacífica podría ser llevada a cabo, para que quede muy de manifiesto la inconformidad de la que ya tienen conocimiento y hacen caso omiso nuestras sordas y cínicas autoridades.
    Me gustó el artículo porque se documenta en el pensamiento de personalidades y líderes para referirse al tema.

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