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Por: Luis Godoy – @luis_godoy88

México tiene una vieja tradición xenófoba. En un extremo, durante la Revolución, sucedió uno de los capítulos más penosos de la historia mexicana: la matanza de 303 chinos en Torreón en 1911. No era suficiente, el activismo anti-chino continuó presente en la política mexicana en los albores del siglo XX, con los Comités Nacionalistas Anti-chinos en Sonora, e incluso con representación en la Cámara de Diputados, en una especie de bancada en las Legislaturas post-Constituyentes.

La revancha y la enemistad hacia el extranjero, naturalmente, tienen sus orígenes en la hispanofobia independentista. Sin embargo, previo y durante el Constituyente de 1917, la visión del extranjero como algo indeseable floreció más de lo que uno podría pensar: ya sea como respuesta a xenofilias porfiristas, como producto del anticlericalismo, o como protección a los trabajadores nacionales. Decir que la fundación del México contemporáneo fue una con tintes xenófobos no es una exageración. Lo dice Pablo Yankelevich:

“Un discurso marcadamente nacionalista, con contornos xenófobos en algunos segmentos de la dirigencia revolucionaria, se instaló en el seno del Constituyente de 1917.”


 Texto original y vigente del artículo 33 en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos:

“Son extranjeros, los que no posean las calidades determinadas en el articulo 30. Tienen derecho a las garantías que otorga el capitulo I, Titulo Primero, de la presente Constitución; pero el Ejecutivo de la Unión tendrá la facultad exclusiva de hacer abandonar el territorio nacional, inmediatamente y sin necesidad de juicio previo, a todo extranjero cuya permanencia juzgue inconveniente. Los extranjeros no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país.” (Texto original)

“Son personas extranjeras las que no posean las calidades determinadas en el artículo 30 constitucional y gozarán de los derechos humanos y garantías que reconoce esta Constitución. El Ejecutivo de la Unión, previa audiencia, podrá expulsar del territorio nacional a personas extranjeras con fundamento en la ley, la cual regulará el procedimiento administrativo, así como el lugar y tiempo que dure la detención. Los extranjeros no podrán de ninguna manera inmiscuirse en los asuntos políticos del país.” (Texto vigente)


 

El artículo 33 es el reflejo de la institucionalización de un nacionalismo oscuro. El texto original de 1917 restringía explícitamente a los extranjeros de garantías individuales. Claro, la redacción no fue tan grave como lo eran algunas leyes locales que llegaron a prohibir los matrimonios de mexicanas con chinos. Pensar este artículo, después de los crímenes de Torreón, es de lo más bochornoso que se puede pensar se haya escrito como ley en México.

El 33 fue funcional al régimen durante el siglo XX. Lo protegía de los catalogados como “enemigos”, o “potenciales enemigos” del Estado, es decir, defensores de derechos humanos en Chiapas, académicos colombianos, o artistas españoles. Su principal uso consistió en una especie de criminalizador a la protesta internacional en nuestro territorio. Varios extranjeros fueron expulsados de manera intransigente y varios otros se burlaron con aquello de inmiscuirse en los asuntos políticos del país. Llámese un británico petrolero cabildeando por la Reforma Energética, o un estadunidense luchando por los derechos de Monsanto. Para la Constitución era más grave que un joven protestara por un asunto social, que una transnacional presionara al Congreso.

Sobra decir, que por el 33 también pasan los derechos políticos de los migrantes centroamericanos, posiblemente la población extranjera a la que se le han violentado más sus derechos humanos en los últimos años.

La tan presumida hospitalidad en México no puede ser selectiva, o estar sujeta al silencio de las visitas. El 33 define, en buena medida, nuestra relación con el mundo. Y es preferible pensar que la soberanía no se vive en soledad. El internacionalismo en México debe de fijarse en la simetría de sus relaciones políticas, no en un nacionalismo agotado. Todos los días jóvenes extranjeros participan políticamente en México, quizás no en la vieja connotación de hacer política, pero sin duda actividades políticas. Por ello, la última frase del artículo 33 resulta absurda y casi un mal chiste.

El artículo 33 es una representación de todo lo que esta mal de las leyes mexicanas. Por su aplicación a modo del gobierno en turno, por su intocabilidad a los apoderados que de verdad hacen daño desde afuera, y sobretodo, por su cercanía con la discriminación y la exclusión de un grupo de personas. En tiempos de Donald Trump, donde el fascismo se ha instalado como vía electoral, estas leyes se vuelven aún más peligrosas.

Sin embargo, lo que es más destacable de este artículo, es que demuestra, con toda claridad, el anacronismo de la Constitución de 1917. Acostumbrados a celebrarla como un símbolo patrio más, se nos ha olvidado que alrededor de este documento —que sostiene nuestro contrato social— suceden las penas de las cuales nos quejamos todos los días.

El artículo 33 es apenas un ejemplo de las numerosas contradicciones del documento que nos rige. Frente a la pesadez que rodea a los artículos 3, 27 y 123, el 33, en efecto, se queda corto, pero sigue siendo grave. Es indispensable que la Constitución refleje apertura y sea meticulosa con los derechos humanos. México puede y se tiene que blindar de quiénes piensen que la discriminación y exclusión pueden ser una solución de política pública. No sólo eso, México podría asumir el liderazgo por una nueva comprensión de los derechos políticos internacionales.

¿Hay opción?

Hemos aprendido en estos años, sobre el espejismo reformador: modificar la Constitución (como de hecho sucedió con el 33 en el 2011) no ha dado resultados. Para quitar los viejos fantasmas, la medida tiene que ser mayor.

Como lo documenta Javier Buenrostro, existen tres iniciativas serías y diferentes entre sí, que proponen la creación de una nueva Constitución. Un grupo de juristas del IIJ-UNAM, el Constituyente Ciudadana-Popular, y Por México Hoy.

5f17

En Por México Hoy, hemos cuestionado la Constitución de 1917, y de esta forma, hemos propuesto la iniciativa ciudadana #5F17 para reformar el artículo 135 de la Carta Magna, con el propósito de poder formar un Congreso Constituyente Ciudadano. Para lograr esto, se ha iniciado un proceso de recolección, de al menos, 120 mil firmas, para que se reconozca el derecho de la población para convocar un proceso constituyente. Si te interesa saber más, da click aquí.

Ciertamente una Constitución sin un proceso social constituyente no tiene lógica. Esto sucederá con tiempo, y en términos aún desconocidos. Sin embargo, contendrá varios mensajes, que a pesar de no ser unificados, destacarán con sintonía las contradicciones del viejo orden. Unos le llamarán mafia, otros partidocracia, mientras otros avanzarán en hacer posible un nuevo pacto constitucional real. El reto es la confluencia y el siguiente año es clave.

En la celebración de los 100 años de la Constitución de 1917, sobrarán los halagos de los que están cómodos con ese pacto social. Estas manifestaciones servirán para saber quiénes han sido favorecidos sistemáticamente por este régimen, será la muestra perfecta para saber a quién le funciona esta Constitución, que muchas veces, da la impresión de que sólo le funciona a unos cuantos.

El artículo 33 es una de muchas razones para decir que esta Constitución ya no corresponde a esta generación. Pertenece a otros y a otros tiempos. Por ello, forzosamente, es una nueva generación la encargada de trazar la ruta hacia una nueva Constitución, bajo sus propios términos y por complicado que parezca. Me entusiasmó escuchar a Juan Villoro decir que la aventura por la creación de una nueva Constitución debe de ser una aventura del lenguaje. Cierto, sólo añadiría que debe ser uno insólito y altamente renovador.

HaciaNuevaConst

7_LuisGodoy

Escrito por InteIndep

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