Vendedores y Compradores de Ideas

Por: Miguel Villareal – @mikeyvillarreal

Hasta hace muy poco en mi cabeza operaba un punto de vista un tanto malinchista y condescendiente con respecto a los latinoamericanos, el cual explicaré en este espacio. Después pasaré a clarificar cómo este punto de vista acaba de cambiar.

Llevamos décadas viendo caudillos llenos de ira y labia ascender a las altas esferas del poder en una gran cantidad de estados en la región que, para simplificar mi argumentación, llamaremos LATAM. Los Hugos, Evos, Rafaeles, y hasta los Kirschners y Da Silvas, llegaron como torbellinos y se apoderaron del imaginario colectivo de sus poblaciones respectivas. Intercambiaron adjetivos por votos y/o golpes de estado, crearon narrativas tan intensas y reiteradas que se volvieron credos de facto inscritos en el DNA de sus gobernados. El kit, para nada novedoso, del maestro de la demagogia populista—que consiste en esparcir miedo entre la población ante un peligro exagerado, culpar a un enemigo externo de ocasionar este peligro, y erguirse como el único individuo capaz de lidiar con tal horror—fue desempolvado de los armarios que construyeron los derechistas cuando les tocó gobernar, y fue utilizado como píldora mágica para perpetuarse en el poder. Los grados y las metodologías específicas de este abuso variaron por país, pero conceptualmente todos estos casos siguieron la misma línea.

Estas “décadas de decadencia” latinoamericanas nos llevaron a mí, y a muchos en el mundo, a subirnos a un pedestal de cantera forjada al calor de la soberbia, y a concluir que la gran masa latinoamericana de individuos con carencias educativas estaba compuesta por una serie de infra-humanos que no poseían las aptitudes suficientes para ver a través de este tipo de argumentaciones demagógicas; y que básicamente un país pobre se había ganado a pulso contar con gobernantes de este estilo. Veía yo, ligeramente aliviado, que al menos en México no nos habíamos topado con ese trancazo en estos últimos veinte años. Que si bien los presidentes que han desfilado por Los Pinos han tenido serios asegunes, al menos mantenemos alguna semblanza democrática, institucional, y medianamente moderna. Mi conclusión al final era que un país, al pasar de cierto umbral en PIB per cápita, y al contar con índices educativos elementalmente aceptables, estaba vacunado contra la influenza del populismo.

Hoy me como mis palabras, mi actitud y mi soberbia. En el país más rico del mundo, mismo que cuenta con uno de los índices educativos más destacados a nivel internacional, hoy acapara los reflectores y las intenciones de voto un pedazo de humano con peluquín que, al menos en su discurso y en como ha llevado su campaña, parece estar siguiendo al centavo el playbook de los más destacados caudillos del cono sur. Donald Trump pinta a un Estados Unidos en decadencia, culpa a la presencia de latinoamericanos indocumentados en el país de ocasionar estos males, y se erige como el mero mero paladín que llegará para enderezar el barco. Todo esto lo hace mientras una multitud de americanos egresados de la universidad, con coche y casa propia, le aplauden eufóricos, con las pupilas dilatadas.

Mi realización es un tanto deprimente, pues ahora toca extrapolar esta serie de vulnerabilidades que yo asociaba con pobreza y falta de educación, hacia la raza humana entera. Si Trump gana, concluyo que ni el hombre renacentista más virtuoso con siete posgrados se escapa de caer en las garras seductoras de un vendedor nato como el candidato Republicano. Pero a la vez lleno mis pulmones de aliento, pues ese masa de “latinoamericanos ignorantes” parece finalmente estar viendo la luz, con los cambios de régimen que se están viendo y los que—acuérdense de mí—seguirán llegando este 2016.

Son ciclos, pues. Concluyo con asombro que al final no es un tema de PIBs per cápita o de niveles educativos; es más bien un tema de la aparición de un vendedor suficientemente convincente, y de una población ansiosa por cambiar de proveedor.

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Escrito por InteIndep

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