Nietzsche 3

Por: Mario Campa – @mario_campa /@latampm

“Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati [amor al destino]: el no-querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No sólo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mendacidad frente a lo necesario― sino amarlo.”

                                                                                                                                   Friedrich Nietzsche, Ecce homo 

Decidí refugiarme en el desierto un tiempo. No es ninguna parábola bíblica. Regresé a la casa de mis padres en Hermosillo, Sonora, luego de haber vivido fuera desde el año 2006, cuando abandoné el nido familiar para estudiar una carrera universitaria en el otrora Distrito Federal. Ya asentado en Casa y escarbando en la nostalgia, encontré en mi diminuta biblioteca un tesorito añejado para la ocasión: el libro de Ideas III—clase que forma parte del tronco común del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), llamado Estudios Generales—titulado Nietzsche. Y fue así como empezó una tormenta en el desierto… con tintes bíblicos, ahora sí.

Leí por primera vez a Friedrich Nietzsche (1844-1900) en el otoño del año 2007. Carecía en aquel entonces de todo conocimiento de su existencia. De la mano del Dr. Franz Oberarzbacher en aquella reveladora clase de Ideas III, me fui sumergiendo en aguas filosóficas cada vez más profundas, leyendo densos capítulos de libros torales: El Nacimiento de la Tragedia, Así Habló Zaratustra, Genealogía de la Moral, Más Allá del Bien y del Mal y El Anticristo. Las clases de Estudios Generales me habían dado los fundamentales para leer la crítica de Nietzsche a ciertas corrientes filosóficas. Aun así, adentrarse en los postulados nietzscheanos sin un tutor no es lo óptimo: no sólo se corre el riesgo de errar la lectura ante el elevado número de metáforas y tecnicismos filosóficos, sino que la crítica nietzscheana al cristianismo es (por construcción) sacrílega, por lo cual agradezco haber tenido un mentor con que paliar el bagaje de complejos que un joven criado en un seno católico suele cargar.

Friedrich Nietzsche fue un filósofo alemán nacido en 1844 en Röcken, Alemania. Al igual que sus textos, la biografía de este pensador está llena de polémica. El que haya propuesto matrimonio dos veces (y rechazado en ambas) a la escritora y psicoanalista rusa Lou Andreas-Salomé—la misma que fue analizada por Freud—es mero dato curioso. La crítica sustancial nace a partir de que Nietzsche padeció un fuerte trastorno mental que evolucionó a demencia en los últimos años de su vida. Y por si esto no bastara, su hermana publicó textos apócrifos en tiempos del nacionalsocialismo, lo cual injustamente contribuiría a que Nietzsche fuera asociado post-mortem con el régimen, aun a pesar de haberse opuesto en vida al antisemitismo. Pero son los textos y no la vida personal de Nietzsche los que ameritan una reflexión. Dejaremos el chisme para otra ocasión.

Nietzsche y la tragedia griega

“El griego conoció y sintió los horrores y espantos de la existencia: para poder vivir tuvo que colocar delante de ellos la resplandeciente criatura onírica de los olímpicos.” 

         Friedrich Nietzsche, El Nacimiento de la Tragedia

Hijo de una familia de pastores protestantes, Nietzsche estudió filología clásica y un curso de teología. Se entusiasmó a temprana edad con la filosofía de Schopenhauer y conoció personalmente a su discípulo, Richard Wagner, renombrado compositor quien tendría una fuerte influencia en la exaltación de Nietzsche a la música. Es Schopenhauer, un crítico del idealismo alemán encabezado por Kant y Hegel, quien esculpe la interpretación de Nietzsche de la voluntad y de la filosofía griega, misma que sienta las bases de la cultura occidental.

Nietzsche creía que el arte griego contiene dos elementos básicos: lo dionisíaco (del Dios Dioniso) y lo apolíneo (del Dios Apolo). Estos elementos reflejan dos impulsos naturales y potencias artísticas antitéticas. Lo dionisíaco es la afirmación desenfrenada de la vida, la realidad embriagada que lleva a un sentimiento místico de unidad—el mundo como voluntad, para Schopenhauer. En cambio, lo apolíneo es la expresión del sueño, del diálogo, de la belleza y de la individuación que se contrapone a la voluntad—el mundo como representación, para Schopenhauer. Son dos visiones del arte que nacen de dos instintos humanos opuestos.

Nietzsche argumenta en El Nacimiento de la Tragedia que el instinto apolíneo de los griegos los llevó a inventar los dioses olímpicos—con sus excesos y epopeyas homéricas—para aliviar lo trágico de la existencia humana. Fue una profunda necesidad para poder vivir y justificar la existencia. Nietzsche ilustra este punto citando un pasaje de la leyenda del rey Midas, quien (de acuerdo a la misma) había intentado cazar sin mucho éxito al sabio Sileno. Cuando por fin lo pesca, el rey le pregunta qué es lo mejor para el ser humano. Sileno estalla en risas y le responde a Midas: “Lo mejor de todo es totalmente inalcanzable para ti: no haber nacido, no ser, ser nada; y lo segundo mejor es morir pronto.”

Para Nietzsche, fue el instinto apolíneo de los griegos lo que llevó a la invención de los dioses olímpicos; y al ideal ascético como contrapartida a la vida exuberante de las deidades. A los griegos no les quedó de otra más que soñar y representar la realidad con el nacimiento de la tragedia como expresión artística. Homero era el gran soñador entre los griegos; Sócrates y su racionalismo aniquilaron la tragedia.

Nietzsche y la muerte de Dios

“Quien sabe respirar el aire de mis escritos sabe que es un aire de alturas, un aire fuerte. Es preciso estar hecho para ese aire, de lo contrario se corre el no pequeño peligro de resfriarse en él. El hielo está cerca, la soledad es inmensa.”

Friedrich Nietzsche, Ecce homo 

La crítica nietzscheana a lo griego va más allá del arte. La crítica a lo griego es también una crítica a la herencia filosófica de Aristóteles y Platón. Hablamos nada más y nada menos de los cimientos de la metafísica occidental. Aristóteles y Platón filosofaron sobre la incertidumbre del hombre frente a la naturaleza, justificando conceptos abstractos—la nación, el alma y Dios, entre otros—para darle sentido a la vida del hombre, alejándola del devenir azaroso y el caos.

La metafísica se obsesiona con la trascendencia del hombre: ser naturaleza y un simple engranaje del cosmos no basta para el hombre. La metafísica quita valor a la realidad como devenir azaroso y la sustituye por un mundo ideal, ante una falta de conocimiento. Este mundo ideal da origen a los valores, que no son más que el pensamiento “logificado” que fluctúa de civilización a civilización y de era a era. La metafísica y los valores rechazan las posibilidades de la vida, intentando dar un orden a la existencia y aniquilando en el ínter a la realidad, aquello que Goethe llama un “mar eterno, un tejer cambiante, un vivir ardiente”.

Pero, ¿qué sucede cuando abrimos la posibilidad de que Dios sea un conjunto de valores creado por el hombre, y nada más que eso? Se crea un vacío. ¿Cómo explicamos al hombre desprendido de lo trascendental? De nuevo, un vacío. Ante la disyuntiva de abandonar la razón y adentrarse en el mar de lo desconocido, Kant célebremente optó por lo seguro y defendió a la metafísica y a la universalidad de los valores (Crítica a la Razón Pura). Kant se asomó a un abismo y tembló. Prefirió llenar el vacío. Nietzsche no. Nietzsche optó valientemente por “matar a Dios.”

 

Nietzsche y el Superhombre

“En verdad, los hombres crearon ellos mismos el Bien y el Mal. En verdad, no les cayeron del cielo. Los valores los puso en hombre en las cosas para conservarse: dio un sentido humano a las cosas.”

         Friedrich Nietzsche, Así Habló Zaratustra 

La frase “Dios ha muerto” es usada por Nietzsche en sus libros La Gaya Ciencia y Así Habló Zaratustra. (Aunque ésta también es usada por Hegel y Dostoievski.) Este último libro es la obra maestra de Nietzsche, y es clave para intentar aplicar sus conceptos filosóficos a la vida terrenal—la única que hay. Así Habló Zaratustra es un poema en prosa mediante el cual Nietzsche empaqueta gran parte de su filosofía y la divulga en la forma de aforismos, sentencias y metáforas. Trata de un profeta, Zaratustra, que desciende de la montaña para predicar la superación del hombre. A través del enviado, Nietzsche predica que el hombre no es más que una transición entre el mono y el übermensch—“superhombre” fue el término adoptado por las primeras ediciones al español, aunque “suprahombre” hubiera sido una mejor traducción.

El superhombre es la concepción nietzscheana del individuo de espíritu libre, uno que crea sus propios valores en esta vida terrenal (y sin pensar en trascender) mediante la voluntad de poder; es decir, mediante un nihilismo activo: “yo quiero”. Para lograr llegar a ese punto, que se dice fácil en la teoría pero no lo es en la práctica, Nietzsche habla de las tres transformaciones del espíritu: espíritu-camello, camello-león y león-niño. El camello que marcha al desierto es la primera transformación; es un espíritu poseído de cargas, arrodillado, “sufrido de hambre por amor a la verdad”: un griego estoico. La segunda transformación “se opera en lo más solitario del desierto: el espíritu se convierte en león, que quiere forjarse su libertad y ser amo en su propio desierto.” El león de Nietzsche se enfrenta al dragón llamado “Tú debes” y busca imponer su “Yo quiero”. Las escamas del dragón son una metáfora de los valores milenarios.

El problema del león es que es capaz de crear libertad a partir del rompimiento con los valores milenarios, pero no es capaz de crear nuevos valores. Eso sólo lo puede hacer el espíritu en su tercera transformación. Una vez muerto el dragón, el león se transforma en niño: “El niño es inocencia y olvido, un empezar de nuevo, un juego…una afirmación.” Para Nietzsche, el niño es el espíritu luchando por recuperar el mundo perdido mediante su propia voluntad. El niño es el “superhombre”. Es Sócrates aniquilando la tragedia griega. Es Jesucristo expulsando a los mercaderes del templo. Es aquel hombre capaz de transvalorar todos los valores de una época.

 

Nietzsche y el Amor al Devenir del Destino

“¿Dijisteis «sí» alguna vez a la alegría? ¡Oh amigos míos! ¡Entonces dijisteis «sí» también a todos los dolores! Todas las cosas están encadenadas, trabadas; si quisisteis algún día que una vez fuese dos veces, si dijisteis algún día: «¡Me place, felicidad!», entonces quisisteis que todo volviera. Todo de nuevo, eternamente, todo encadenado, trabajo: así amasteis el mundo; vosotros, los eternos, le amáis eternamente y siempre, y decís también al dolor: «!Pasa, pero vuelve!» ¡PORQUE TODA ALEGRÍA QUIERE ETERNIDAD!”

Friedrich Nietzsche, Así Habló Zaratustra

El eterno retorno es el concepto más bello de Nietzsche. En cierta forma es una resignación a la fatalidad: no hay vida más allá de la tierra; los acontecimientos (buenos y malos) son cíclicos; el ser humano es híper-vulnerable al azar. (Nietzsche llama a este momento de conciencia la hora del gran menosprecio.) Pero también es un llamado a ejercer la voluntad de crear para atenuar nuestra vulnerabilidad. ¿Qué pasaría si en vez de esperar un milagroso cambio (favorable) en esta vida o “la siguiente”, obrásemos sabiendo que el azar—la causalidad cósmica caprichosa, y nada más— nos llevará a vivir todo de nuevo, una y otra vez? ¿Cambiaríamos nuestra vida por otra que estaríamos dispuestos a vivir cíclicamente, o nos quedaríamos con la actual? Si sabemos que toda circunstancia de vida se repetirá ad infinitum, ¿podemos entonces perder el miedo e intentar ser niños otra vez? Al fin y al cabo no hay mucho que perder.

El eterno retorno no predica el goce a la tragedia. Nietzsche despreciaba a los estoicos. No predica tampoco el nihilismo pasivo, sino activo. El eterno retorno es la embriaguez de realidad dionisíaca anteponiéndose al sueño apolíneo. Es una invitación a aceptar las circunstancias azarosas de la vida. No sólo aceptándolas, sino amándolas, que al fin y al cabo las alegrías se repetirán. Si la voluntad de crear aumenta el horizonte de infinitos retornos, es la razón y el amor a la unidad cósmica lo que nos lleva a decirle a la muerte, con una gran sonrisa: “¿Era esto la vida? Pues por amor a Zaratustra, que se repita.

Así me ha enseñado mi hermano, Luis, a vivir en el desierto. Así, aferrándose amorosamente a la vida, como si no hubiera otra. Por eso estoy aquí.

4_MarioCampa

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. Gustavo Borquez 10 marzo, 2016 en 1:48 am

    Desierto, nostalgia y existencialismo… C-C-C-Combo Breaker!

    Buen artículo, Mario. Curiosamente, Nietzche fue de lo primero que rescaté del baúl de los recuerdos ahora que me regresé a Sonora.

    No he leido tus otros artículos, pero les voy a echar un ojo. Me gustaría seguir viendo más publicaciones tuyas.

    Felicidades. Te mando un saludo.

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