Pau guapa

Por: Gabriela Gómez – @GabrielaSGH

La vida es un constante discurrir de situaciones afortunadas y desafortunadas. Es así, para todos. Los problemas, suelen elegirnos, a veces como protagonistas y otras veces como espectadores. Normalmente, tendemos a engrandecer nuestros pesares y a minimizar los ajenos. Es parte de nuestra condición humana. Pero también es parte de esta condición el interés que nos suscitan las situaciones ajenas, a veces, con suerte, para aprender algo de ellas. Paulina es una mujer a la que la vida le eligió un problema poco común y muy doloroso: la pérdida en la juventud de su brazo derecho. Hace un par de semanas, tuve la oportunidad de conversar con ella y de documentar su historia a través de una pequeña entrevista. Creo que no me equivoco al decir que a la mayor parte de nosotros le aterraría vivir una situación así. Pero, tal vez, al leer su historia, encontremos puntos con los que nos identifiquemos y comprendamos que al final, la forma en la que experimentamos el sufrimiento no es tan distinta…

G. Empecemos por Paulina antes de que iniciaran los problemas. ¿Cómo te recuerdas? ¿Eras feliz?

P. No sé si lo llamaría feliz, pero sí tenía todo lo que en ese momento para mí era importante: tenía 20 años, estaba sana, tenía amigos y una buena familia. No existía para mí ninguna preocupación real. No estaba pensando en trascender, me estaba dejando llevar. No había realmente nada en lo que fijar mi atención, porque no tenía ningún obstáculo. Creo que lo único que me preocupaba era la escuela. La verdad es que volteo hacia atrás y me doy cuenta de que nada me importaba y creo que eso me hacía una persona tibia. Tibia porque no tenía nada que esperar, nada en qué pensar más que en mí y en que estaba bien y en que mi vida era buena. Nunca veía más allá de mí.

G. En ese momento, ¿recuerdas cómo te veías en 10 años? ¿Qué expectativas tenías?

P. Sí, era muy sencillo. Probablemente casada. Viviendo una vida igual de tranquila y de banal como hasta entonces. En cuanto a expectativas, me veía siendo exitosa, pero en mi definición de ello; no esperaba ser directora de una gran empresa ni nada parecido. Tenía ambiciones muy pequeñas, y eso no me parece mal, es una manera muy válida de vivir la vida. La diferencia es que a mí, la vida decidió obligarme a cambiar mi perspectiva y a preocuparme por cosas más trascendentes que mi bienestar de los próximos 3 días.

G. Como suele suceder en estas situaciones, un día estás bien y al día siguiente todo ha cambiado. ¿Cuándo empieza el proceso de cambio para Pau?

P. El día que me di cuenta que tenía un tumor en el brazo derecho.

G. ¿Sabes por qué te salió?

P. Bueno, los doctores no saben.

G. Creo que las personas, cuando tenemos un problema de salud, no podemos evitar voltear atrás y buscar un detonante: ¿Qué fue? ¿Qué hicimos mal? ¿Qué pudimos haber cambiado? ¿Tú buscas ese detonante?

P. Sí, y creo que lo tengo muy claro. Nunca me importó mucho la escuela, no era mi prioridad. Pero me pasaba algo raro. Así como a mi no me importaba, veía el enorme valor que le otorgaba la sociedad en la que yo me movía. Mi entorno le atribuía prácticamente todo el poder de definir mi vida adulta. Entonces, me causaba mucha ansiedad. Trataba de convencerme de que debía importarme, creía que mi desempeño en ella cumpliría o derrumbaría la imagen que las personas tenían de mí. Aún así, nunca logré concentrarme en ella.

Esa pelea interna constante y la ansiedad que me generaba me fueron consumiendo poco a poco, hasta hacerme cierto daño físicamente. No quiero decir que todo lo psicosomatizamos, creo que hay enfermedades que suceden y ya, pero yo, inconscientemente, estaba buscando una salida a la vida que tenía…

G. Buscabas algo que te dijera: “¡ya, no puedes hacer nada más!”

P. Exacto. Y como no me atrevía a aceptar que quería una salida sin tener una buena razón, mi cuerpo, aunado a un problema de salud latente, la encontró por mí.

G. Parece una reflexión muy dura.

P. Sí, y no sólo era la escuela. También están incluidas mis relaciones personales de aquel momento. Yo estaba haciendo muchas cosas porque creía que así debía de ser, no porque así lo quisiera. Me sentía frustrada, desesperada, no era feliz.

G. Entonces entiendo que querías un escape. Pero uno ajeno, que justificara tus acciones.

P. Y del que yo no fuera responsable. Eso es lo más difícil, hacerse responsable.

G. Dejando términos médicos a un lado, háblanos de tu proceso. Creo que es muy diferente para una persona que tiene un accidente y pierde un brazo en un segundo a lo que viviste tú. Primero encontraron un tumor y lo removieron. Te salieron dos y te sometiste a aquella operación que te destrozó el brazo. Finalmente, tuviste que decidirte por una amputación. ¿Cómo percibes tú la diferencia entre tener un brazo destrozado e inservible a no tenerlo?

P. Es chistoso, pero tener algo, aunque este mal, es tenerlo. Después de la operación que lo destrozó, lo tuve cubierto alrededor de 5 meses. No lo podía ver y eso hacía que yo albergara esperanzas, sentía que si no se movía o si no lo sentía era porque estaba cubierto. Yo sentía de pronto que podía mover los dedos, pero los doctores me miraban incómodos, yo lo sentía, pero no estaba pasando.

Pau y José andrés

Cuando por fin lo vi, supe que no servía. Después vinieron miles de operaciones subsecuentes que, en vez de mejorarlo, lo dejaban cada vez peor. Fue un proceso duro y doloroso, pero que a la larga me ayudó a entender poco a poco la realidad: lo iba a perder. Tuve suerte. Suerte de no tener que enfrentarme con esa realidad de un día para otro.

G. Una parte muy importante de tu proceso es cuando tuviste que decidir entre un trasplante de brazo y una amputación con apoyo en prótesis.

P. Sí, amputación electiva.

G. ¿Cómo tomaste esa decisión?

P. No fue difícil, porque el trasplante nunca fue una opción. Vivir con un trasplante implica tomar inmunosupresores el resto de tu vida. Éstos disminuyen tu expectativa de vida a 40-45 años y con muy mala calidad: cualquier gripa se convierte en neumonía y las probabilidades de adquirir otras enfermedades aumentan muchísimo. Simplemente no era una opción.

G. ¿Fue muy duro sacrificar esa parte de vanidad?

P. Ya no lo veía como vanidad, más bien representaba sacrificar mi integridad física. Pensaba, ¿me voy a seguir sintiendo yo? ¿Voy a seguir estando completa? La belleza claro que era importante, porque soy mujer y soy persona, pero a esas alturas definitivamente no era mi prioridad.

G. ¿Cómo te sentiste antes de la operación? ¿Estabas nerviosa?

P. Sí, muy, y mi familia también. Pero más que nerviosa estaba enojada.

G. ¿Por qué estabas enojada?

P. Estaba enojada conmigo porque en ese momento ya estaba empezando a aceptar mi parte de responsabilidad en la situación. No es que me sintiera 100% responsable, pero ese 1% que me tocaba asumir, ya era hora de que lo aceptara. Siempre es más fácil ser la víctima, y yo, muy montada en mi papel, quería seguir siéndolo. Pero cuando estás en una cama de hospital, a punto de perder un brazo, es muy difícil andarse con tonterías. La verdad te cae como un madrazo.

G. ¿Qué pasa cuándo te despiertas de la cirugía?

P. Antes de entrar a la operación había algo que salvar, y era mi codo. Amputar por debajo o por arriba del codo iba a hacer una gran diferencia en el uso que podría darle a mi brazo después. Los doctores me prometieron hacer lo posible por salvarlo, pero no podían asegurarme nada.

Después de todo el proceso que me había llevado hasta ese momento, era la primera vez en la que realmente tenía una expectativa y sabía que, de no cumplirse, enfrentar mi nueva circunstancia iba ser mucho más difícil. Significaba una pequeña conquista y lograrla me iba ayudar a sentirme en paz con la situación.

Doce horas después, desperté de la cirugía con muchísimo dolor, dolor inexplicable. La dosis máxima de morfina no me lo podía quitar. Me mantuvieron sedada un día más. Fueron días muy difíciles.

Cuando por fin me sacaron a un cuarto y pude ver a mi familia, imaginé lo peor. Yo todavía no sabía nada sobre el resultado de la operación pero sus caras me lo decían todo. Finalmente, fue una falsa alarma. En cuanto estuve consciente me explicaron todo, me habían logrado salvar el codo y por primera vez en muchos años me sentí en paz.

Algo que recuerdo muy bien de aquellos días es pensar que aquel era el momento más bajo de mi vida y que por más dolor, coraje o tristeza que sintiera, estaba bien. Si podía salir de esa, podría salir de todas. Y no sé si no haya más para abajo, pero para mí, hasta donde me había tocado vivir, no había más. De ahí sólo podía ir para arriba.

Esto es algo que me había costado mucho trabajo ver, porque cuando estás viviendo un problema, éste te absorbe, te envuelve, no puedes ver más allá de ti y de tu dolor. Es muy difícil voltear hacia un lado y ver todo lo que sí tienes y todo lo que hay de bueno en tu vida.

G. Creo que las personas, en general, no somos capaces de hacer eso. Sólo nos podemos comparar contra nosotros mismos y nuestras propias experiencias pasadas. Es la única manera en la que podemos apreciar las cosas. Yo lo entendí hasta que viví mi propia situación desafortunada, donde las personas te dicen: “agradece que es esto y no aquello” o “podría ser peor”. Siempre que escuchaba eso, pensaba en ti y en cuantas veces tratábamos de consolarte con estas palabras. La realidad es que no hay peor circunstancia que la que estás viviendo en ese momento, sin importar si es la pérdida de un brazo, o algo más o menos desafortunado.

P. Sí, esa lógica de “podrías estar peor” nunca funciona como consuelo.

G. De acuerdo, pero es difícil de entender hasta que lo vives.

P. Y deja que no funcione cuando te lo dice alguien más, menos funciona cuando te lo tratas de decir a ti misma. Comparándote con otros no es la forma de aceptar tu situación.

También hay gente que me dice: “Y ahora que ya pasó todo, ¿no piensas, bueno pudo estar peor?” ¡No claro que no! Tu dime quién, después de despertarse sin un brazo piensa que podría estar peor. Y nunca voy a pensar que prefiero vivir sin un brazo. Una cosa es aceptar tu realidad y otra muy diferente es creer que es lo máximo.

G. También están los que te dicen: “Bueno, al final no importa, estás sana.”

(Paulina suelta una carcajada)

P. No, claro que a ellos no les importa. Ellos no se despiertan todos los días con una discapacidad, ni tienen que arreglárselas todos los días para entender que esa situación no va cambiar nunca. Créeme que lo intenté mucho tiempo, pero no hay donde esconderse.

Quiero dejar en claro que entiendo que la intención de todos esos comentarios es positiva y lo aprecio mucho, el problema es que simplemente no son consuelo. El único consuelo posible tiene que venir de ti misma, de la aceptación de tu situación. Si tú no te aceptas, las personas de tu alrededor lo notarán y tampoco te aceptarán. Todos tenemos problemas y nadie quiere, ni puede, sentarse contigo a sufrir los tuyos. Eso también me costó trabajo entenderlo. Yo siempre pensaba, “por qué no pueden ponerse en mi lugar, no saben cuánto dolor tengo, no saben cuánto sufro, qué triste estoy”. No claro que no lo saben, ni les toca saber. A las personas sólo les toca conocer su propio dolor, y de ser posible, simplemente, acompañar a sus seres queridos en el de ellos.

G. ¿Podrías decir que tu ya aceptaste tu situación?

P. Te podría decir que la mayoría de los días sí. Pero hay días en los que me despierto y me derrumbo. Obviamente, quiero mi brazo de regreso, pero no se puede. Es un proceso de todos los días. Puedo decirte que, la mayoría de ellos, yo gano la batalla, otros no.

G. Volviendo al principio, partiendo de esa Pau de 20 años, ¿qué ha cambiado en tu vida, adentro de ti, después de ésta experiencia?

P. Tengo una enorme necesidad por ser independiente, esta necesidad se ha convertido en un motor en mi vida.

G. ¿Te sientes más fuerte?

P. Esa palabra no me encanta, porque en cuanto a mi brazo sí lo soy, pero respecto al resto de la vida me siento más vulnerable. Porque si algo entendí con lo que pasó es lo efímero y pasajero que es todo. Y también que hay cosas que no podemos detener y otras que no podemos cambiar a voluntad. Simplemente son así y tenemos que estar preparados para aceptarlas.

G. Podemos decir que uno de tus mayores aprendizajes es la aceptación de una realidad cambiante…

P. Sí, antes no permitía que las cosas cambiaran. Me aferraba. Así como no aceptaba las críticas, ni cualquier cosa que vulnerara mi status quo. Hoy, dejo que fluyan, estoy más abierta a seguir la vida como viene, estoy más interesada en los demás. La situación de mi brazo me obligó a entender que todos somos vulnerables. Esa negación que yo tenía anteriormente era la que no me dejaba hacerle a mi vida los cambios que necesitaba y que me tenían tan frustrada.

G. Tienes una prótesis que te puedes quitar y poner, ¿qué papel ha jugado esta prótesis en tu nueva situación?

P. Mi prótesis es como un escudo. Me da seguridad en los momentos que más vulnerable me puedo sentir. Como en eventos sociales, donde todo mundo se fija en cómo te ves. Sí, es importante poder sentirse vulnerable, pero tampoco me gusta ser el centro de atención.

Pau, sus papás y Bernardo

G. ¿Por qué no la usas diario?

P. Por la misma necesidad de independencia que mencionaba antes. No quiero ser dependiente de nada, ni siquiera de la prótesis. Sólo la uso cuando le voy a sacar alguna utilidad. Antes, la prótesis me causaba mucha ansiedad. Es una tecnología que evoluciona rapidísimo, cada año hay nuevas y son demasiado caras. No quería atarme a ella.

G. Respecto al resto de la gente, ¿cómo crees que la pérdida de tu brazo ha impactado tus relaciones?

P. Es curioso, las personas que me conocen ahora, sin brazo, abrazan la situación con mucha más naturalidad que las que me conocieron antes. Creo que para algunos es simplemente una situación incómoda y prefieren ignorarlo. También aprendí a ver una enorme diferencia entre los niños y los adultos. La mayoría de los adultos prefieren ignorar la situación, y la verdad es que, cuando se te quedan viendo, y los cachas y voltean la vista, es doloroso. No sabes qué imagen se están haciendo de ti o qué están pensando. Con los niños no pasa, ellos nunca te ignoran. Todavía no aprenden de sus madres eso de “no voltees, no preguntes, no te metas.” Entonces, todos se me acercan a preguntarme qué me pasó. Lo cuál aprecio mucho. Me tratan como a alguien que le pasó algo curioso y ya, no como a alguien que tiene algo tan diferente que hay que desviar la vista.

Pau con niña 1

G. ¿Qué sientes de que tantas personas vayan a tener acceso a tu experiencia a través de esta entrevista?

P. Esta es una parte de Paulina, no lo es todo. Aquí estoy contando sólo una de las experiencias que he tenido en la vida. No soy “Paulina, la que perdió un brazo”. No. Soy mucho más y en mi vida hay mucho más que eso. Las personas somos muy complejas. Simplemente en esta ocasión estamos hablando de esa situación en particular.

G. Por último, ¿hay algo más que te gustaría decirle a las personas que están pasando por algún problema similar y a sus familiares o amigos?

P. Pues, a quién está pasando por un problema, le diría que este es un proceso como el de Alcohólicos Anónimos: un día a la vez. Lo más importante es la aceptación. Y a sus amigos y familiares, les diría que esa persona va tener días buenos y días malos, y que a veces unos son tan necesarios como los otros. Déjennos sufrir de repente, sentir lástima por nosotros mismos, es parte del proceso. La meta es simplemente que, en la suma de los días, sean más los buenos que los malos.

Pau sin brazo

Gracias Paulina @paulisaguilar.

9_GabrielaGomez

 

 

 

 

 

 

 

 

Escrito por InteIndep

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