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Por: Francisco Vaqueiro – @FJVaqueiro

La escalofriante escena parece extraída de una película de terror. El hallazgo de fragmentos óseos calcinados de una joven fotógrafa reportada como desaparecida, apenas cinco días atrás, dentro de un deshuesadero de autos, apunta la mira hacia un muy probable responsable: Steven Avery, el dueño del deshuesadero.

Avery acaba de ser absuelto de otra condena—aquella por delitos sexuales—que lo recluyó injustamente en prisión durante cerca de 17 años. Recientemente, ha recurrido a la justicia pidiendo una compensación económica por la negligencia policiaca que lo llevó tras las rejas.

El asesinato, ocurrido en el pequeño condado de Manitowoc, Wisconsin, Estados Unidos, llama de inmediato la atención de los medios de comunicación locales, estatales y nacionales. Éstos, se vuelcan sobre el caso desatando una feroz campaña de odio en contra de Avery. La cobertura de la historia termina por despertar la ira de los pobladores de la localidad, quienes, con toda razón, claman justicia contra el autor de tan cruenta barbarie.

El polémico documental Making a Murderer, serie original de Netflix, relata la historia del juicio en el cual Stephen Avery es condenado a cadena perpetua por el asesinato de la fotógrafa Teresa Hallback tras ser oído y vencido en un juicio y ser encontrado culpable por un jurado integrado por sus semejantes. Tal y como lo garantiza la Constitución de aquel país.

Del documental, destaca particularmente el formidable trabajo de los abogados de Avery: Dean Strang y Jerry Buting; quienes, según se aprecia en el material videográfico, fueron capaces de desvirtuar la teoría de la verdad histórica propuesta por el fiscal Ken Kratz, además de exhibir flagrantemente la torpeza y arbitrariedad con la que se condujo la policía durante la investigación del homicidio.

Subrayaría primordialmente tres cuestiones muy reveladoras que arrojan dudas sobre la culpabilidad del imputado: (i) En el auto de la víctima se encontró sangre de Avery, pero no de la víctima (Teresa Hallback). Además, se revela que los tubos de ensayo con las muestras de sangre que se utilizaron—obtenidas durante la investigación por la que fue inculpado por violación anteriormente y que estaban bajo resguardo policiaco—fueron alteradas; (ii) las contradicciones encontradas en las declaraciones de los agentes de policía involucrados en la investigación del homicidio (iii) que nunca fue encontrado rastro alguno de ADN de Hallback en los lugares donde supuestamente se asestó el homicidio.

Después de observar ésto, será claro que, para el televidente quedará, al menos, la sensación de duda sobre la responsabilidad de Avery en el crimen.

Ahora bien, volviendo al derecho de ser juzgado por tus pares, cabe puntualizar que la institución del jurado, se presume, proviene de usos y costumbres originados en Escandinavia durante la Edad Media. Mismos que fueron llevados a Gran Bretaña por vikingos y normandos y de ahí trasladado, siglos después, a los Estados Unidos de América.

La idea, originalmente concebida, puede considerarse garantista y justa, ¿quién podría estar más calificado para atribuir responsabilidad criminal a un inculpado, que sus propios semejantes? Al final, dicha responsabilidad quedaría en manos de ciudadanos comunes capaces de apreciar hechos, sin la contaminación de argucias, o el consabidamente críptico argot jurídico utilizado por abogados y jueces.

Imaginemos la época histórica en el génesis de la institución del jurado: todo ciudadano tiene derecho a ser escuchado en un juicio, en donde sus pares determinarán si existe o no responsabilidad por un crimen del o los imputados. Así pues, no será un emisario del gobernante, quien pudiera ser arbitrario, sino que la institución del jurado dará el poder al ciudadano para atribuir culpabilidad más allá de la duda razonable. Cabe destacar, que según la ley, cualquier duda sobre el involucramiento en los hechos, debe siempre favorecer al inculpado en el veredicto, lo que es conocido como el principio in dubio pro reo.

Sobra decir que en aquella época no existían medios de comunicación masiva, por lo que cualesquier miembro del jurado entraría, en la mayoría de los casos, sin siquiera conocer la narrativa de los hechos, misma que sería expuesta dentro del propio juicio por las partes. Es decir el Estado y el inculpado. No habría, entonces, ideas preestablecidas sobre su culpabilidad o inocencia.

Volvamos al presente. Hoy en día, los medios de comunicación en muchos casos motivados por el amarillismo y el morbo, harán juicios sumarios, atribuirán (o al menos sugerirán implícitamente) responsabilidades, imponiendo una narrativa inquisitorial y dramática, conforme a su propio giro, motivados, claro está, por el rating. Por lo tanto, es poco creíble que en casos que suscitan tanto interés del público, el jurado llegue a la sala del juicio sin una idea preconcebida de la situación.

Making a Murderer exhibe claramente el deplorable manejo de los medios masivos de comunicación en el homicidio y el escarnio mediático sufrido por Avery—cuestión que puede darse, en cualquier latitud del mundo. El controvertido caso de Florance Cassez, con todos sus asegunes, atropellos y simulaciones resulta ilustrativo en ese sentido

De igual forma, el documental muestra que la totalidad del jurado estaba enterado de la situación, justamente por el bombardeo noticioso del juicio que habría de llevarse a cabo. A pesar de las pruebas de imparcialidad practicadas a los integrantes de un jurado, me resulta difícil creer que no exista una idea preconcebida y que la misma es difícilmente modificable durante el desarrollo del juicio. Así pues, resulta difícil sostener en la praxis la presunción de inocencia como derecho humano, garantizado igualmente por la Constitución de los Estados Unidos.

Confieso que al terminar de ver Making a Murderer, independientemente de las peculiaridades del caso, me pareció que la idea de ser juzgado por tus pares hoy en día, resulta injusto para el acusado, ya que la presunción de inocencia, puede quedar inevitablemente trastocada por lo que vemos, o no vemos, en una pantalla de televisión o en un set de noticias.

Por lo dicho, ha llegado la hora de preguntarse si la institución del jurado, originalmente concebida de manera adecuada, resulta propicia para la impartición de justicia en nuestros días.

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Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. No podemos deshacernos de las ideas preconcebidas y tampoco podemos librarnos de la influencia de los medios de comunicación, esto es verdad tanto para el jurado como para el juez, no hay proceso perfecto.

    Asumir que los medios pavimentan el camino hacia la sentencia es parcialmente cierto, pero tampoco podemos dejar de observar el proceso judicial y la habilidad de cada litigante para venderles la idea de inocencia de su cliente, evidencias, etc.

    La ignorancia de los jurados puede ser manipulable por los medios de comunicación, sociedad, religión, cultura, etc.; sin embargo, existen procesos como el de OJ Simpson donde la prensa lo culpaba de asesinato y a pesar de ello fue declarado inocente.

    Me parece que el sistema de jurados tiene fallas muy grandes como lo son: 1) Veredictos apresurados cuando el juicio dura mucho; 2) La mayoría de los jurados desconoce sobre Derecho; 3) Tampoco tienen que fundar y motivar su voto; 4) Así como el proceso de selección que hacen los abogados para armar el jurado.

    ¡Excelente artículo!

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