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Por: Ximena Mata – @XimenaMataZ
Imagen: Archivo Ximena Mata

Hace más de veinte años que vivo de la patada. A los cinco años empecé a practicar taekwondo y nunca lo he podido dejar. Desde esa edad, gracias a que mis padres nos hicieron pasar a mis hermanos y a mí por el tatami -además de canchas de futbol, básquetbol, albercas, salas de ballet y de gimnasia-, descubrí que mi pasión estaba en las patadas. Empezó como un juego, aprendiendo las formas, avanzando en cintas de colores, descubriendo todo lo que mis piernas eran capaces de hacer. Pocos años más tarde, el taekwondo se convirtió en mi vida, y los Juegos Olímpicos en mi mayor aspiración.

Así empezó mi vida en el deporte y puede que esta historia se parezca a la de muchos deportistas mexicanos más. Muchas cosas han pasado desde entonces. No fui a los Juegos Olímpicos. “No he ido”, me gusta pensar, porque la esperanza nunca muere. Pero sobra decir que no ha sido por falta de ganas, sino por circunstancias que, como tantos deportistas, no pude conciliar. Invertí muchos años de mi niñez y juventud en tatamis. Entrené y competí apasionadamente. A temprana edad pasé por la selección nacional y, aunque me costaba terriblemente abandonar mi casa, la idea de representar a México me llenaba profundamente, como aún lo hace hoy. Aguanté los entrenamientos y la distancia porque me gustaba competir y me encantaba ganar. Estaba decidida a que mi camino sería el del sacrificio físico, para algún día llegar a la gloria olímpica.

Sin embargo, se me atravesaría la difícil decisión que muchos deportistas mexicanos enfrentamos al salir de la preparatoria: entrar a la universidad o entrenar de tiempo completo. ¿Por qué no hacer las dos cosas?—me preguntaba. Más bien me rehusaba a decidir entre la una y la otra. Pero el sistema me la ponía difícil: tanto la universidad como la selección nacional exigían tiempo completo, y en esta vida los días no tienen 48 horas. Decidí lo primero, no sin pasar varias noches en vela pensando si había tomado la mejor decisión.

¿Qué habría pasado en caso de decidir lo segundo? Nunca lo sabré. Pero es inevitable voltear a ver las historias de tantas glorias del deporte nacional. ¿Qué querían ser de grandes? Y “de grandes” me refiero a después de sus triunfos en el deporte, porque la vida de un atleta de alto rendimiento termina demasiado pronto. Aspirar solamente al triunfo deportivo sería limitar las aspiraciones de toda una vida. Peor aún, querer vivir eternamente de glorias pasadas significaría toparse con la dura realidad de que la gente, naturalmente, olvida. Por otro lado, tal vez algunos siempre desearon vivir del deporte y, después de alcanzar sus propios objetivos, soñaron dedicarse a guiar a niños y jóvenes en este bellísimo camino. Completamente válido y encomiable, ¿qué sería de los atletas sin nuestros entrenadores? Pero ¿qué hay de los que querían ser otra cosa? Tal vez simplemente lo tuvieron que olvidar.

Voy más lejos, ¿qué hay de los que no llegaron? Para contextualizar, de los miles de taekwondoines mexicanos de extraordinario talento -e indudable capacidad de triunfar en campeonato internacionales- sólo 4 van a los Juegos Olímpicos. Cuatro, dos hombres y dos mujeres, ¡cada cuatro años! Vuelvo a preguntar, ¿qué hay de los que no llegaron, pero que igualmente sacrificaron gran parte de su vida por ello, que lo apostaron todo por un sueño que al final sólo podía ser de unos cuantos? Muchos truncaron su carrera profesional, y en verdad me encantaría saber qué es de ellos hoy.

Por mi parte, estudié Derecho en la UDLAP, que me permitía seguir entrenando y compitiendo a nivel universitario. Más adelante, el taekwondo me abrió la puerta a mi primer trabajo, dirigir el Instituto Municipal del Deporte de Puebla, y esa experiencia me permitió encontrar mi vocación por el servicio público. Además, me dio la dicha de organizar, junto con un extraordinario equipo, el campeonato mundial de Taekwondo en Puebla. ¡Vueltas que da la vida!

En México aún hay mucho por hacer. Los deportistas deberían tener acceso a mejores oportunidades profesionales más allá de las que derivan de su deporte. Y los que nos vimos en la necesidad de optar por una carrera profesional debimos haber tenido la oportunidad de perseguir el sueño olímpico también. Por otro lado, el sacrificio de los deportistas debería ser directamente proporcional al de sus resultados, que muchas veces se ven frustrados por decisiones políticas dentro de las federaciones deportivas. Asimismo, las expectativas de los atletas deberían estar mejor orientadas, viendo al deporte como un medio, más que como un fin. Porque en retrospectiva, el deporte nos permite ganar muchas batallas que se libran fuera de la cancha, o la pista, o el tatami; y al final nos da más, mucho más que un pedazo de metal.

Es por eso que, aunque mi vida como deportista tomó un rumbo diferente, sigo felizmente viviendo de la patada.

13_XimenaMata

Escrito por InteIndep

Un comentario

  1. Que hermoso pasaje y reflexión, pero aún más bonito es poder recordarlo, porque una vez más lo vuelves a vivir, a emocionarte, los ojos se llenan de lágrimas y la piel se pone chinita. Felicidades hijita y ……. tu familia siempre a tu lado.

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