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Por: Luis Godoy – @luis_godoy88

Habrá que estar listos. El Papa Francisco visitará por primera vez México y se antoja como uno de los eventos de mayor trascendencia del año. Las visitas papales se han convertido en hitos culturales en los países católicos. Así fueron las cinco visitas de Juan Pablo II a México. Difícilmente se olvidan los espejos apuntando al avión papal[1], los especiales de las televisoras, el México siempre fiel, el papamóvil, o las canciones dedicadas al mandatario. Lo rutinario para una nación con 93 millones de católicos—83.9% de la población total, según el Censo 2010 del INEGI.

Pero lo más curioso de la visita del Papa Francisco es que experimentaremos una extraña neutralidad política. Será como una pausa en el campo de batalla de lo público. Y es que si algo ha logrado hacer bien este Papa es amigos: lo mismo conmueve a Evo Morales, que a John Boehner (ex presidente republicano de la Cámara de Representantes en los EEUU). En México, todos refrendarán y presumirán amistad con el primer Papa jesuita. Con pocas probabilidades veremos a críticos del Sumo Pontífice, que no es lo mismo que críticos de la Iglesia. Y esta neutralidad, considero, tiene dos frentes relevantes en el debate público mexicano. Uno positivo, de unidad, que es el mensaje social del Papa alrededor de una agenda contra las desigualdades. Y otro simplemente contradictorio. La visita del Papa servirá para exhibir las incoherencias de algunos de sus amigos, o los que dicen serlo. Su figura ha logrado, y seguirá provocando, que sus compañeros se muestren olvidadizos o confusos de, por ejemplo, sus propios principios. La relación de la religión con lo político despierta un ánimo acrítico de los que alguna vez se dijeron críticos.

Los amigos progresistas

Con la venida del Papa, no quedará duda de que el pragmatismo conduce a que se olviden los valores republicanos. Como en muchas otras ocasiones, las violaciones al Estado Laico quedarán impunes, nada nuevo. Sin embargo, llama la atención que gobiernos emanados del PRD sean los más entusiastas con el evento. Ya vemos en el DF varios espectaculares con la publicidad del gobierno de Michoacán y la del propio gobierno de la CDMX. Contrasta que el gobierno michoacano gaste 300 millones[2], frente a los 4 millones que se han gastado en Coahuila.[3] Justificarán que es para posicionar a la entidad como destino turístico, qué se puede decir. Deben de ser los mismos argumentos que dio el Ayuntamiento de Morelia cuando decidieron que hubiera ley seca en la ciudad[4].

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Pensarán los nuevos amigos progresistas del Papa que como éste sí les cae bien, pondrán en pausa el Estado Laico. En México parece posible flexibilizar las reglas de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público, sin que haya consecuencias. Compañeros progresistas, urge que lean este documento. Ante este desatino, tres preguntas con pocas respuestas.

La primera, ¿por qué se están utilizando recursos públicos para la promoción del viaje de un líder religioso? No es una visita de Estado. Los actos que el Papa celebrará con los gobernantes no serán oficiales, sino pastorales. La reunión con Peña Nieto en Palacio Nacional será una de cortesía. Gastar para la Iglesia católica no es más que la muestra de lo inequitativo que es el trato de varios funcionarios públicos. Es penoso evadir la pluralidad religiosa y olvidar que hay 18 millones de mexicanos no católicos (cifra de 2010, actualmente es muy probable que sea mayor debido a la tasa de decrecimiento de los católicos desde la década de los 50[5]). Calificar como normal el gasto público a la vida católica es simplemente darle privilegios a una hegemonía cultural religiosa. Por ningún lado se puede justificar.

La segunda pregunta es, ¿acaso hay una agenda laica en México? O en otras palabras, ¿a alguien le sigue importando la separación Estado-Iglesia? Hay una sensación de debate viejo, a pesar de las recientes reformas en 2012 al artículo 24 constitucional. Pero en varias democracias europeas es un tema polémico y actual. Hay que leer Sumisión, de Michel Houellebecq, para alarmarse por esto.

Lo cierto es que hay un tenue activismo laico. Laicismo.org cubre ampliamente a las organizaciones laicas en México y el mundo. De hecho, ellos documentan la fundación en 2014 de una organización (aparentemente para-masónica) llamada Laica Internacional México. Lo leído sobre estas organizaciones es, por decir lo menos, interesante. Pero la relevancia de que exista este tipo de activismo rebasa la vigilia a la separación Estado-Iglesia. La agenda laica juega un rol fundamental en proteger los derechos y libertades ganadas. O como lo dice Pedro Salazar, el laicismo combate al dogmatismo y promueve la tolerancia sobre la base de un reconocimiento de la pluralidad que no subraya las pertenencias religiosas, sino que hace abstracción de las mismas.

La tercera pregunta, ¿es suficiente la visión social de la Iglesia—y de sus Papas— para que se nos olvide su otra posición reaccionaria en varios temas de interés público? Es decir, hasta qué punto será tolerable que los movimientos—y personas— liberales y progresistas sigan condescendiendo con un Estado que le prohíbe el voto a las mujeres, por dar un ejemplo. No se puede decir de otra forma: La Iglesia católica sigue siendo una organización que no reconoce la igualdad entre el hombre y la mujer. En las bodas de los amigos hay que taparse los oídos cuando empieza el ritual de las arras. Da la impresión de que la lista de puntos de su proyecto conservador sigue siendo más grande que su proyecto social.

Por ello, no deja de ser curioso que en algunos círculos de izquierda hablen del Papa Francisco como, incluso, una verdadera oportunidad de cambio social. Dejando a un lado que esta visión va claramente en contra del Estado laico, esta idea es un despropósito. Primero, porque como dice Jean Meyer, la Iglesia nunca ha sido capaz (por sí misma) ni de crear ni de revolucionar una estructura socioeconómica. Y segundo, deberían de preguntarse en qué momento comenzaron a ver como democrática a la Iglesia, que por supuesto no lo es.  

En un mundo ideal, los progresistas—y particularmente los partidos de izquierda— le tendrían que decir con toda claridad al Papa Francisco que vivimos en un Estado laico. Donde la agenda contra las desigualdades ya ha sido atendida por ellos y no hace falta la intervención de la Iglesia para aliviar esto. Darle el mensaje de que a pesar de que son momentos críticos, no podría ser un aliado estratégico; sus luchas son paralelas y no deberían juntarse. La Iglesia representa la misma amenaza no-laica hoy como hace 200 años.

Pero el sabor de boca que dejarán los amigos progresistas del Papa es uno de amargura. Dejando a un lado su posible religiosidad, los guadalupanos de izquierda están haciendo mal sus cálculos. Los beneficios serán mínimos, frente a la exhibición que están dando. Es mediocre pensar en el “derrame” económico o en los beneficios turísticos que dejará la visita del Papa; hay pocos argumentos: no es sustentable (no vendrá cada año), el gasto es poco transparente, y asignarle un valor monetario a la visita es, otra vez, perder el sentido de la visita misma.

Tomarse la foto con el Papa y hacer como que no ven el Estado Laico también es un mal cálculo político. Se olvidan de que México cuenta con una añeja y fuerte tradición liberal cuyos promotores han sido los propios creyentes. Como lo documenta Roberto Blancarte en Laicidad en México (2013), 9 de cada 10 mexicanos favorece la existencia del Estado Laico. Comparto la idea de Blancarte de que la sociedad ha entendido bien la separación Estado-Iglesia; como una conquista jurídica que amplía sus propias libertades, incluida la libertad de religión. Esto no lo entienden bien sus gobernantes. Ya verán la ola de manifestaciones (tuits, posicionamientos, apariciones en los medios, etc.) en los próximas días, tanto de legisladores como de líderes de partidos a favor del Papa. Piensan en la histórica visita del Papa. Hay que decirles lo que también es histórico: la República laica.

Los amigos jesuitas

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La posición histórica de la orden de los jesuitas era desafiar el estatus quo del Vaticano. El sentir crítico de los jesuitas fue impulsado, desde sus inicios, por una alta exigencia intelectual y por un acercamiento constante con la modernidad. La disidencia de los de Loyola ocasionó que en 1773 Clemente XIV aboliera la orden, obligándolos al ostracismo en Rusia. A su regreso en 1814, los jesuitas encontraron una Iglesia atascada en el pasado y entregada a la verticalidad del Papa. En adelante, uno de los sellos distintivos de los jesuitas sería la horizontalidad.

En México, es posible que esto se haya acentuado más. Desde inicios del siglo pasado hubo una relación de tensión con el Estado y los poderosos. Lo dice Jean Meyer, mucho antes de la Teología de la Liberación: la disidencia jesuita estaba presente en movimientos que cuestionaban la autoridad. Era el contraste con los altos jerarcas de la Iglesia, de semejanza plenamente priista, lo que distinguía a esos jesuitas inconformes.

Para cualquiera que estudió con jesuitas, o tuvo como amigo a uno, sabe de la regla no escrita que un jesuita no acepta cargos de poder. El origen de tal práctica data de su fundador Ignacio de Loyola, quien decía no ser partidario de que los jesuitas desempeñaran puestos jerárquicos en la Iglesia, ya que entendía que estas ocupaciones les separaba de su misión de atender a los pobres y necesitados. Puedo decir que, por lo menos, esto era algo que se escuchaba cotidianamente en los ambientes estudiantiles jesuitas. Hasta marzo de 2013 la negación, o mejor dicho la prudencia, al poder político—en sus diversas formas; dentro y fuera del Vaticano— fue motivo para que la orden (y adjuntos) se sintieran orgullosos. Con la llegada de Jorge Mario Bergoglio a Roma, ese sentimiento se diluyó. Recuerdo las palabras de un admirado jesuita, diciendo que la misión de su orden era atemporal y no respondía a los tiempos del Vaticano. La lección de horizontalidad de los jesuitas era algo poco visto en las culturas organizacionales latinoamericanas.

Ahora, cercana la visita del Papa Francisco, debo decir que se extraña a esos jesuitas críticos. Los amigos del Pontífice, otra vez, parece que relegan sus principios. Pensarán que como este Papa sí es de los suyos, olvidarán por un rato su origen, horizontalidad y visión crítica de las cosas. Y esto lógicamente se expande a sus instituciones, o sus educados—no ordenados—, pero sí herederos de los valores de la Compañía. Me es más común leer o escuchar los jesuitas controlan el vaticano. Imitando a otros, presumen que su Papa es jesuita, y que su Papa está en la plenitud del poder. Vaya congruencia.

La visita del Papa podría ser ese evento que reivindique y reafirme los cuestionamientos históricos que han hecho los ordenados jesuíticos y sus instituciones. La forma más contundente de darle significado a lo que han construido no es presumiendo que su Papa es de ellos, o que su Papa ocupa Roma, sino preguntándose si una posición en la jerarquía eclesiástica es la vía para lograr su misión.

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La lista de los amigos enredados del Papa puede continuar. Ahí tenemos a los amigos frívolos: Angélica Rivera, posando por un lado con su vestido de 10 mil dólares, y dedicándole canciones al que vendrá con la bandera de la humildad. O los amigos liberales, selectivos con el estado religioso que critican. Por supuesto que no veremos un cartón de Paco Calderón denunciado las viejas prácticas del Vaticano, como sí lo vemos con las prácticas del Islam.

Sucede que la religión, en la deliberación pública, impide que muchos nos veamos en el espejo. La pesadez acrítica que carga la Iglesia—en nuestro caso, la católica, y particularmente con esta visita del Papa— es el síntoma de una pasividad monumental por darle congruencia a nuestras ideas. Hace olvidadizos a progresistas, jesuitas, laicos, liberales, feministas, de tanta cosa que el propio Papa estaría desilusionado. No le dejarán otra opción más que deslindarse de tales amistades. Cuando la visión crítica está fulminada, nos acercamos a lo verdaderamente peligroso. Si dejamos de cuestionar, incluso a nosotros mismos, de pronto, aparece el totalitarismo. Y esto involucra, aunque no guste, a la religión.

Así, uno de los retos más importantes en el siglo XXI seguirá siendo la reflexión sobre el rol de lo religioso en lo público. La Iglesia, el Papa y sus amigos dirán lo propio. En mi caso, la visita del Papa reafirma mi creencia de que las manifestaciones de nuestros yo religiosos, que devienen en una práctica espiritual, son los actos más íntimos que se tienen, y eso los hace esencialmente no públicos.

7_LuisGodoy

 

 

 

[1] El Vaticano no posee una flota propia de aviones para los desplazamientos internacionales del Papa (probablemente el mandatario que más viajes internacionales tiene en su agenda). Ellos alquilan naves comerciales a Alitalia (aerolínea italiana), normalmente es un Airbus 330-200.

[2] Nota de El Financiero, 13/01/2016, Para 7 horas de visita del Papa, gobierno de Michoacán gasta 300 mdp , http://bit.ly/1PC6QC0

[3] Nota de El Financiero, 13/01/2016, Para la despedida del Papa en Juárez gastaron 4 millones de pesos, http://bit.ly/1SLdvRd

[4] Nota de El Universal, 25/01/2016, Morelia tendrá ley seca durante visita del Papa, http://eluni.mx/1ZZzJmS

[5]http://www3.inegi.org.mx/sistemas/sisept/default.aspx?t=mrel01&s=est&c=27645

Escrito por InteIndep

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