Alimentos Transgénicos

Por: Ana Paula Cañedo – @ana_canedog
Imagen:  Africanmillennial

Hace un par de semanas tuve la oportunidad de viajar a Kenia con la Universidad de Cornell como parte de un proyecto estudiantil que busca apoyar a pequeñas empresas del sector agropecuario, cuyo fin es aumentar el acceso que tienen los campesinos a la biotecnología y así incrementar sus rendimientos agrícolas para poner fin a la inseguridad alimentaria que actualmente atraviesa el país. Si bien el acceso a semillas híbridas[1] y agroquímicos ha logrado mejorar las economías de los campesinos y ha ayudado a remediar la escasez de alimentos, el uso de tecnología transgénica –la cuál podría ser de mayor transcendencia– aún está siendo restringida por el gobierno keniano. Viviendo de primera mano la situación de urgencia que viven estas poblaciones, decidí adentrarme en el tan agitado debate sobre los alimentos transgénicos. ¿Qué son los cultivos transgénicos? ¿Cuáles son las consecuencias de su uso y por qué es que su adopción ha causado tanta polémica? Y finalmente, ¿es correcto mantenernos al margen del debate sobre el uso de alimentos transgénicos?

Comúnmente, los transgénicos u organismos genéticamente modificados (GM) –GMOs por sus siglas en inglés– son organismos cuyo ADN ha sido alterado de forma artificial y deliberada, con el fin de conferirle una o más características específicas que los hacen comportarse de manera diferente a organismos de su misma familia, género o especie. Es así como hoy en día, ciertas plantas o granos son capaces de resistir virus y bacterias, tolerar plaguicidas o soportar mejor el frío, el calor y la sequía, e incluso lograr crecer en suelos poco aptos para el cultivo. Si bien los cultivos transgénicos están siendo desarrollados y adoptados a gran velocidad por la mayoría de los países en el mundo, el debate acerca de sus potenciales beneficios y riesgos ha despertado una polémica global.

En 1992, durante la Cumbre de Río en Brasil, se planteó por primera vez la necesidad de crear un marco regulatorio para preservar la biodiversidad del planeta, dando origen al debate sobre el uso de cultivos transgénicos. Más de dos décadas después, el debate aún continúa y pareciera estar más ferviente que nunca. La polarización de las posturas acerca del empleo de cultivos GM se ha ido acentuando con el paso de los años. Actualmente, mientras que Estados Unidos, Brasil y Argentina concentran cerca del 77% de la producción de alimentos transgénicos, la mayoría de los países europeos y africanos los rechazan contundentemente. La dicotomía entorno al debate de los cultivos GM es tan aguda que puede percibirse incluso dentro de una misma institución. Es el caso de la Universidad de Cornell, la cual el año pasado declaró una división interna entre la facultad de la Escuela de Agricultura y Ciencias de la Vida de acuerdo con sus posturas frente al uso de la tecnología transgénica.

La razón principal por la que los opositores se resisten al uso de transgénicos es por que consideran que la introducción de cultivos transgénicos en un ecosistema es una decisión irreversible, cuyos resultados a largo plazo son hasta cierto punto desconocidos. Bajo este argumento, se prevé que los genes modificados pueden escapar de una cosecha hacia cultivos vecinos o plantas silvestres modificando así los organismos que son producidos de forma natural, resultando en una pérdida irreparable de biodiversidad. Otro motivo que arguyen sus detractores es que son pocas las empresas privadas encargadas de producir tecnología transgénica –Monsanto, Pioneer, Novartis1, DuPont y Syngenta– y que éstas, con el objetivo de promover sus propios intereses, han patentado las semillas transgénicas, convirtiendo en un delito la redistribución de la semilla y forzando a los agricultores de bajos recursos a pagar las regalías con cada temporada de siembra.

Por el contrario, los defensores del uso y consumo de alimentos transgénicos afirman que la modificación genética permite que los campesinos de bajos recursos puedan producir más alimentos que no poseen riesgos para la salud a un menor costo, sin la necesidad de utilizar extensiones más grandes de tierra o emplear más recursos naturales y monetarios ya que al ser más resistentes, requieren de una menor aplicación de productos químicos, como fertilizantes. Se argumenta también que, al día de hoy, la evidencia científica acerca de las posibles consecuencias negativas del uso de transgénicos sobre la salud se mantienen en su cancha. La Unión Europea ha invertido más de 300 millones de euros en la investigación sobre la bioseguridad de los transgénicos y en su reciente informe –basado en más de 130 proyectos de investigación, durante un período de más de 25 años y con cerca de 500 grupos independientes– concluye que el consumo de productos que contienen ingredientes derivados de cultivos transgénicos no es más riesgoso que el consumo de cultivos convencionales. Paralelamente, la Organización Mundial de la Salud, la Asociación Médica Americana, la Academia Nacional de Ciencias, la Real Sociedad Británica y cada otra organización respetada que ha examinado la evidencia ha llegado a esta misma conclusión.

Más allá del debate, lo cierto es que las corrientes de oposición han causado un miedo infundido al consumo de alimentos transgénicos. En mi caso, debo confesar que a pesar de no ser una experta en el tema, yo solía revisar los empaques en el supermercado, optando por aquellos alimentos que poseen el sello de productos no derivados de cultivos transgénicos. Sin embargo, hoy en día considero que es pertinente preguntarse si es posible concebir ciertas circunstancias que justifiquen el uso de transgénicos no patentados para resolver los grandes retos agrícolas que se avecinan.

Actualmente, más de un millón de kenianos padecen hambre debido a la prolongación de las sequías en la región noreste y esta tendencia probablemente se agrave conforme se continúen modificando los patrones de lluvia, consecuencia del cambio climático. La agricultura en Kenia es uno de los sectores más importantes dentro de su economía; aporta cerca del 30% del Producto Interno Bruto (PIB), emplea al 75% de la población y es el principal medio de subsistencia para el 80% de las familias. Sin embargo, Kenia no es ninguna excepción. La Organización para la Agricultura y la Alimentación de las Naciones Unidas (FAO) calcula que en África subsahariana, para alimentar a los más de 239 millones de personas (30% de la población) que actualmente están crónicamente desnutridos, así como para hacer frente al aumento de la población que se proyecta alcance los mil millones dentro de los próximos 4 años, la producción de alimentos debe por lo menos duplicarse, sin el uso adicional de recursos naturales.

Independientemente de la postura que cada quien decida tomar, lo indiscutible es que existe la necesidad inminente de reevaluar nuestra comprensión de la seguridad alimentaria y abrir paso a políticas públicas que tengan la capacidad de solventar estas crisis en el corto plazo. No debemos olvidar que más allá del consumo personal, este tipo de decisiones tendrán repercusiones sobre la nutrición de miles de niños; los medios de subsistencia de familias enteras; la economía agropecuaria de un país; la seguridad alimentaria de un continente; y la sostenibilidad a largo plazo de la productividad agrícola.

[1] Las semillas híbridas, a diferencia de los transgénicos, son el resultado del cruce de dos plantas de distinta especie pero no han sido manipuladas genéticamente. Dicho proceso incluso se puede dar de forma espontánea en la naturaleza.

5_AnaCanedo

Escrito por InteIndep

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