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Por: Ernesto Gómez – @EGH7

La identidad mexicana es un asunto que a la fecha causa conflicto cuando se intenta definir. Octavio Paz dedicó una de sus obras más notables a intentar esclarecerla y ni siquiera El Laberinto de la Soledad alcanza a dejarnos una imagen clara del sentimiento que lleva dentro de sí un mexicano por el simple hecho de serlo. Sabemos y nos gusta decir que el mexicano es fiestero, amable, divertido y, sobre todo, “que no se raja”. Pero el mexicano muchas veces se antoja indescifrable.

Esto es porque nuestra identidad está llena de contradicciones. Nadie es más crítico y pesimista que el mexicano con su propio país; pero al mismo tiempo, nadie más pronto a defenderlo cuando un extranjero se atreve a burlarse de México. Se entiende como una obligación esta defensa del orgullo nacional. También se ve como un derecho exclusivo del mexicano el atreverse a hablar mal de esta nación. El mexicano se lleva entre el orgullo y la vergüenza de serlo. Caso similar con la honra que da la herencia cultural indígena, en contraste con la forma en la que se reniega de sus descendientes. Nos jactamos de las grandes construcciones mayas, pero nos ofendemos si nos llaman “indios”.

Todo lo anterior no es sin razón. ¿Cómo puede haber una identidad clara cuando toda la historia que se le enseña a una población es mentira o verdad a medias? Las páginas del pasado mexicano se han escrito con fracasos traídos a ser por los mismos héroes que festejamos. Hasta la fecha, se hace política con sabotaje. ¿Cómo sentirnos orgullosos de toda la corrupción e impunidad que hacen tan difícil el progreso? No puede haber identidad colectiva cuando los intereses propios se anteponen a los de la mayoría.

Por esto mismo, el mayor enemigo en la opinión pública es Donald Trump, detractor nefasto de los mexicanos. Los mayores íconos son los deportistas: Javier Hernández, Paola Espinosa, Julio César Chávez y Ana Guevara, por decir algunos. A estos se agregan hoy más que nunca los cineastas Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu. Los más leídos tendrán en alta estima al ya mencionado Octavio Paz, junto con otros notables escritores. Todos ellos son alabados por triunfar en donde no estaban llamados a hacerlo; por anteponerse a los prejuicios y a la mentalidad perdedora que estancan al mexicano. Nuestra falta de superhombres históricos nos hace aferrarnos a estos personajes de la cultura popular. Nuestra falta de protagonismo en la historia universal hace que nuestro orgullo se respalde en los también escasos triunfos deportivos. El oro olímpico del 2012 se celebró con mayor ánimo que cualquier 15 de septiembre. No clasificar al Mundial causaría un impacto mayor en el ánimo nacional que la incierta situación económica actual.

El sentimiento de ironía abunda al hacer un análisis sobre este tema. Somos un país riquísimo y repleto de pobres. Un país en el que las minorías tienen control completo sobre la mayoría. Por esto mismo también se dificulta un entendimiento uniforme del ser mexicano. No todos vivimos la misma realidad. Este país ofrece varias caras a la moneda y diferentes formas de entenderlo por ser tan contrastante. Tan sólo con mencionar que el IDH (Índice de Desarrollo Humano) en la delegación Cuauhtémoc del D.F. alcanza niveles cercanos a los de Alemania, cuando en algunos municipios de Chiapas este mismo indicador arroja cifras similares a las de países como Haití. ¿Qué tiene que ver un indio chiapaneco con un empresario que se mueve en limosina sobre el Paseo de la Reforma? Sin ir a tales extremos, ¿qué tiene que ver dicho empresario con el chofer de su limosina? Todos ostentan la misma nacionalidad, pero nunca la misma identidad, ni la misma forma de comprender su entorno.

Algunos amarán el sistema que nos rige al ser beneficiados por éste, mientras que otros lo detestarán al verse en su lado amargo. México puede ser una tierra de oportunidad y, al mismo tiempo, un lugar en el que los sueños mueren. No pretendo profundizar en este tema (requeriría al menos otro artículo completo), pero el hecho es que la desigualdad social del país hace imposible que todos comprendamos y amemos a México de la misma manera.

Los que leímos la tan sonada entrevista de Sean Penn con el Chapo Guzmán nos quedamos un poco enojados por la pésima manera en la que el actor toca el tema. También por la forma en la que malinterpreta totalmente la situación en México y lo que significa el Chapo, además del cinismo con el que lo llama “el otro presidente de México”. Una entrevista por un reportero que no lo es y por un hombre que no comprende el país del que está hablando. No lo juzgo en esto último, pues a nosotros mismos como mexicanos nos cuesta trabajo dimensionar la entera complejidad de México. Para los extranjeros México es playas, tequila y constantes encabezados con personas convertidas en cifras de muertos. Para nosotros hay mucho más que esto, incluso con la terrible inseguridad que tiene secuestrado al país.

¿Qué es ser mexicano? ¿Gritar los “viva México, cabrones” cada 15 de septiembre? ¿Gritar con aún más furia los goles del Chicharito en el Mundial? ¿Vivir con miedo al narco y con odio al gobierno? Sí y no. Es todo eso y mucho más. No se puede decir en una sóla frase al tener tantas implicaciones. Lo que se puede decir con certeza es que el mexicano carga su identidad (cualquiera que sea) con orgullo.

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Escrito por InteIndep

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