Elecciones primarias 1

Por: Mario Campa – @mario_campa / @latampm

Confieso que no soy ni seré estadunidense. No puedo ni podré votar algún día en aquel país. Tampoco lo deseo… no me lo tomen a mal. Pero si he de sincerarme, lo resiento un tanto. He visto escalar en los últimos meses la popularidad del candidato demócrata a la presidencia, Bernie Sanders, a niveles insospechados. Y con ello, mi involucramiento en la contienda electoral. Lo que en un principio era simple curiosidad y entretenimiento pueril de mi parte—lo subversivo siempre me será digno de atención—ha evolucionado. Ante mi propio asombro, podría decirse que me he encariñado con Bernie Sanders y su propuesta política. Aun sin poder votar. Ese simple hecho, por más insignificante y personal que parezca, revela mucho de este candidato y de la elección.

Permítanme un pequeño paréntesis. Comencé a seguirle la pista a Bernie Sanders en Twitter. Su largo historial como progresista e independiente en el Congreso me era hasta entonces desconocido. Es difícil que un auto-proclamado “socialista democrático” pase desapercibido en la política estadunidense, pero mi burbuja (mexicana) y yo ignorábamos su trayectoria hasta este proceso electoral. A medida que la contienda demócrata fue perdiendo insipidez y las encuestas cambiando, me fui familiarizando con las propuestas de política pública y el discurso del Senador por Vermont—como también lo he venido haciendo con Hillary Clinton y los candidatos republicanos. El punto de no retorno vino cuando asistí en Nueva York a una “Fiesta” organizada por voluntarios de la campaña de Sanders para presenciar el primer debate demócrata en compañía de otros simpatizantes en la zona vecinal. Dicho sea de paso, la zona no era ni más ni menos que el Distrito Financiero de Manhattan, el corazón de Wall Street—foco preferido de ataque de Sanders para denunciar las imperfecciones del Sueño Americano.

Salí del debate convencido de que no estaba ante cualquier fenómeno político-electoral. Durante el evento, el mismo Sanders resaltó que más de 4,000 hogares como en el que me encontraba yo en aquel momento, habían prestado su espacio para recibir a extraños afines al candidato. Ahí, rodeado por un grupo heterogéneo de estadunidenses que incluía a una directora de cine, a un desarrollador de videojuegos y a un financiero extranjero (yo), atestigüé de primera mano el común denominador del “Votante Sanders”: la presencia de un arraigado malestar, rayano en lo moral más que en lo utilitario, por el rumbo actual de la política en los Estados Unidos.

Las semanas y los debates pasaron y me seguí involucrando. Para entender las motivaciones de Sanders y su visión del futuro, decidí leer su reeditada autobiografía política: An Outsider in the White House, misma que recibí por correo meses después de haber donado a la campaña. Sí, doné a la campaña un monto (más que) simbólico para recibir el libro. Mi donación cayó en la categoría de “pequeña”—o menor a doscientos dólares. Me convertí en estadística en dos formas contrastantes: (1) como uno de los pocos “financieros” que habían donado a la campaña de Bernie Sanders; y (2) como “pequeño contribuyente”, ayudando a elevar el porcentaje de las donaciones que recibe el candidato por debajo del mencionado umbral, mismo que ronda un (astronómico) 88% y que difiere marcadamente del (deprimente) 20% de Hillary Clinton, según cifras de la Comisión Federal Electoral (FEC por sus siglas en inglés).

No era la primera vez que leía a un político estadunidense. Ya había cruzado por mi vida Dreams from My Father, escrita por Barack Obama antes de hacer carrera política. Pero sí era la primera ocasión en que leía a un socialista “Región Uno” y su estrategia para ganar elecciones apelando a un discurso populista, por construcción. Mi primer hallazgo: a Bernie Sanders no le incomoda ser tildado de progresista, pues su lucha política es en defensa de las familias de ingreso bajo y de los trabajadores; en pro de la expansión del estado de bienestar como regulador de justicia social, y en contra del financiamiento político-electoral del corporativismo estadunidense, la concentración obscena del ingreso y del capital, y del gasto militar en detrimento de la educación y la salud pública. Su lucha política va más allá de tasar alto al rico en beneficio del pobre. (Grata revelación.)

Mi segundo descubrimiento: Bernie Sanders es un obsesivo de la eficiencia gubernamental en el gasto. Cree que “no hay excusa para despilfarrar el dinero de los contribuyentes.” He ahí un marcado contraste con el populismo latinoamericano. Más que expandir el gasto de gobierno, busca redistribuirlo. Uno de los capítulos detalla cómo presentó en algún momento un “presupuesto alternativo” para expandir beneficios sociales en $800 mil millones de dólares, acompañado de un listado de recortes al gasto público, donde destaca la eliminación de subsidios a la industria militar. Sanders cree que cada dólar ahorrado debe de ir, principalmente, a beneficios sociales para la formación de capital humano (e.g., educación y salud). Esta prudencia fiscal es probablemente una extensión de su ascetismo. Pasajes del libro ayudan a entender al personaje. Entre ellos, destaca que Sanders no tenía un traje hasta después de haber ganado su primera elección; o que ya en Washington, él y su pareja habitaban en el sótano del departamento de un colega suyo de la Cámara de Representantes.

Más allá de la retórica habitual, la lectura de la autobiografía me llevó a un choque ideológico. La economía liberal sostiene como principio ideológico y empírico que la intervención del gobierno, si no es para remediar fallas de mercado, daña el crecimiento económico. Y claro, el verdadero debate económico está en cuáles son esas fallas de mercado. Hay argumentos sólidos para sostener que las propuestas de Sanders pueden ser dañinas, en el agregado, para la economía estadunidense. Bernie defiende un sindicalismo excesivo, promueve una alta injerencia del gobierno en la economía, se opone fuertemente al TLCAN -en su momento, desafió el rescate a México en la era Clinton- y también vislumbra una agresiva pulverización bancaria que puede resultar contraproducente. No obstante, hay razones para creer que la desigualdad social, la corrupción empresarial, los monopolios y la falta de inversión en capital humano también son lascivos para el crecimiento y desarrollo económico; y que la propuesta de Bernie Sanders de corregir estas fallas de mercado es atractiva cuando se incorporan sólidos argumentos de justicia social, igualdad racial y (re)encanto democrático. De ahí que mi choque ideológico se haya resuelto. (El título de la nota es sugestivo del desenlace.)

Bernie Sanders

Leer a Sanders también me llevó a entender la campaña que ha montado por la presidencia. Un tercer hallazgo: Bernie aborrece las campañas negativas. Su estrategia electoral y propuesta ideológica es crear “coaliciones de arcoíris” que mezclen variadas tonalidades ideológicas e intereses ciudadanos. Las campañas negativas son particularmente dañinas para Sanders, desde un punto de vista llanamente estratégico. La animadversión en cualquier elección lleva a que el debate público pierda sustancia. Sanders es altamente vulnerable a esta dinámica—no a los ataques—, pues su propuesta de cambio pierde enfoque. Es por ello que Hillary Clinton decidió atacar a su rival en semanas recientes, esperando que éste muerda el anzuelo. Lo cual difícilmente sucederá, pues Sanders cree que la congruencia es una de sus principales cualidades. Si Sanders no cae en provocaciones, Clinton puede caer aún más en un desencanto con el elector independiente, cansado de Washington y la vieja guardia política. A pesar de sus setenta y cuatro años de edad, Sanders encabeza la mayoría de las encuestas entre el electorado joven. Si es capaz de sacar a este grupo de electores—tradicionalmente apolítico— a votar en las primarias demócratas, puede sorprender y ganar algunos estados. Más allá de eso, él mismo acepta que una “revolución política” es necesaria para que él gane la elección general y para que Washington cambie.

Desconozco el resultado de la elección interna demócrata, pero el sistema político de los Estados Unidos gana con Bernie. La lucha social de Sanders trasciende elecciones y fronteras. Su lucha social no es partidista ni dependiente de resultados electorales; es “en defensa del ciudadano ordinario”. No representar intereses tradicionales cuesta. Como es de esperarse, Sanders perdió como candidato independiente muchas elecciones antes de convertirse en alcalde (1981-1989) de la “República Democrática de Burlington”, como era apodada la ciudad durante su gestión. Y aun perdiendo una y otra vez, mantuvo el mismo discurso, base de apoyo y estrategia electoral. Con el tiempo su discurso permeó al votante. Hoy Vermont es visto como un pequeño estado liberal, pero estuvo controlado por republicanos durante décadas. Sanders rompió el bipartidismo en ese pequeño estado conservador. Defender los intereses del ciudadano promedio en Washington lo llevó a alcanzar el récord de independiente con más antigüedad en la historia del Congreso de los Estados Unidos: 1991-2007 como congresista y 2007 a la fecha como senador.

La carrera de Bernie Sanders por la presidencia nació un 9 de diciembre de 2010, cuando un buen día tomó el micrófono en el Senado americano y habló durante ocho horas y media en un intento filibustero por impedir la extensión de la condenación impositiva a ricos implementada en la Era Bush. Esta carrera por la presidencia se pintó de azul (demócrata) por las altas barreras existentes para los candidatos independientes y porque Sanders desistió de dividir votos con los demócratas, lo que habría favorecido un eventual triunfo republicano. Confieso que simpatizo con Bernie: yo tampoco quiero ver a Trump o Cruz ganar esta elección. Ni quiero ver la brecha de desigualdad en los Estados Unidos o cualquier otro país (empezando por México) llegar a niveles obscenos. Entre las opciones disponibles para el votante, Clinton ofrece continuismo moderado. No es terrible. Pero el rejuvenecimiento democrático que necesita la política mundial demanda una defensa activa de los ideales sociales y económicos individuales. Una forma de hacerlo es votando. Otra es ofreciendo apoyo moral a causas con las que uno simpatiza. De ahí que esta haya sido una apología racional de mi simbólica decisión de votar por Bernie Sanders, ausente un derecho constitucional pero presente la conciencia.

4_MarioCampa

Fuente Imagen 1: Publico (http://whotv.com/2015/10/27/with-biden-out-hillary-clinton-regains-commanding-lead-in-iowa/)

Fuente Imagen 2: Reporte Índigo (http://www.reporteindigo.com/reporte/mundo/se-pone-mexicano)

Escrito por InteIndep

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s