Chapo 2

Por: Gabriela Gómez – @GabrielaSGH

Hace unas semanas, la PGR capturó a Joaquín Guzmán, enemigo público número uno, según el gobierno de Enrique Peña Nieto. “Misión cumplida” fueron las palabras lanzadas desde Los Pinos para presumir la reciente hazaña. El mensaje del gobierno trata de ser claro: “¿ya vieron? Sí estamos haciendo nuestro trabajo.”

La reacción mediática no se hace esperar. El país se detiene por un segundo y todo mundo comenta las “buenas” nuevas. Algunos se burlan del “misión cumplida” llamándolo “error compuesto”, otros empiezan a especular sobre la extradición a Estados Unidos, unos más románticos se preguntan cómo es posible que el capo insista en volver a Sinaloa si ya sabe que es el primer lugar donde lo van a buscar. “Es amor a su tierra” dicen unos, “es ahí donde se siente protegido” dicen otros, hablando de él como si lo conocieran. Pero es que, casi lo conocen. Independientemente del hecho de que en los últimos años las televisoras han hecho enormes fortunas contando historias de narcotraficantes, en México, al Chapo, casi lo conocemos. En los días siguientes a su detención—en esta ocasión como en la anterior—los medios no hablan de otra cosa. Abres el periódico, Chapo. Prendes la televisión, Chapo. Redes Sociales, Chapo. Chapo. Chapo. Chapo. Está en todos lados. Pero, ¿de qué están hablando? ¿Qué historias nos están contado? Nos hablan de sus mujeres, de sus hijos, de cuánto quiere a su mamá, de su infancia, de su reciente obsesión por una actriz, de si quiere hacer una película de su vida, de su estilo al vestir, etc. ¿Conocemos al Chapo? ¡Claro! Lo conocemos tanto que podríamos hablar de él hasta el cansancio en todas las sobremesas del país.

Y, es en medio de toda esta telenovela, que el Chapo se convierte en un simple ser humano con una historia que nos engancha. Olvidamos por completo que el Chapo no es un simple ser humano, es la cabeza de una enorme corporación criminal y lo que pase en su vida privada no es relevante para la ciudadanía. ¡Misión cumplida, señor Presidente! Ha logrado una vez más que la población se concentre en la historia personal del Capo en lugar de hacer las preguntas que incomodarán a su gobierno: ¿quién sigue? ¿qué funcionarios públicos le ayudaron a escapar (¡dos veces!)? ¿quiénes son sus socios en el gobierno? ¿cuándo empiezan las investigaciones a las corporaciones, señaladas desde hace años por Estados Unidos, a través de las cuales el Cártel de Sinaloa lava su dinero? En fin, podemos seguir y seguir. El gobierno no quiere que hagamos estas preguntas, porque no está en sus planes responderlas. Cada una de esas respuestas involucraría a funcionarios públicos que a su vez podrían involucrar a otros funcionarios y así sucesivamente. La corrupción ha penetrado a tal grado la estructura política del país que los mismos políticos se han quedado sin margen de maniobra.

Lo sucedido con el Chapo es casi una caricatura de la situación que vive México en la actualidad. Tenemos a un Ejecutivo incapaz de controlar al país, con una delincuencia organizada desbordante, tanto dentro como fuera del gobierno, y a una sociedad que pareciera que vive ajena a todo ello, presa de los medios de comunicación. Sociedad a la que le dan gato (Chapo) por liebre (Cártel de Sinaloa) y encima se pone a festejar y a discutir si al gato le gustan más las güeras o las morenas. Es un panorama desalentador.

Afortunadamente, México no es el primer país que atraviesa una situación similar. Esto ha permitido a algunos estudiosos analizar el proceso que han seguido otras naciones para enderezar el camino. Este proceso, normalmente ha requerido de dos herramientas para que empiece a germinar el cambio: presión internacional y presión social.

La presión internacional no la vamos a obtener, al menos no pronto, porque como dice Edgardo Buscaglia, “México es el prostíbulo de los oligopolios internacionales”. Esto significa que el resto del mundo gana demasiado dinero en México con la actual administración, así que ningún país va atentar contra sus propios intereses económicos. Ni siquiera por unos cuantos muertos, decapitados, desaparecidos, etc.

Esto nos deja con la otra semilla del cambio: la presión social. Claro que, después de ver la reacción de la sociedad ante la situación del Chapo, es comprensible pensar que aquí no vamos a conseguir nada. El tedio se ha apoderado de nosotros transformándonos en una sociedad que no se indigna, no cuestiona y que acepta las corruptelas destapadas por considerarlas “habituales”.

Nos hemos convertido en una sociedad cómplice de la autoridad, que se refugia por miedo en la mentira y la indiferencia. Cuántas veces no escuché o leí, respecto al caso de Ayotzinapa por mencionar un ejemplo, a personas decir que los estudiantes no eran unos “santos”, que ya se habían robado unos camiones, que eran unos “revoltosos”, etc. La pregunta relevante es: de ser así, ¿qué cambia? ¿los “revoltosos” no merecen justicia? Los medios y la autoridad nos conocen muy bien. Saben que la idea clara, concisa, probada e internalizada de que en México no existe un Estado de Derecho ni justicia alguna, nos sería aterradora. Esa absoluta certeza de que nuestros derechos serán violados si la situación lo amerita o si incomodamos a la persona equivocada podría movilizar a las élites a empezar siquiera a hacer preguntas. Entonces, ¿qué hacen? Separan a las víctimas de este vacío de Estado de Derecho del resto de la población. ¿Cómo? Llamándolos delincuentes, narcotraficantes, “revoltosos”, etc. y ¡PUM! misión cumplida otra vez. No más preguntas por parte de los círculos de poder. Porque eso les pasa a ellos no a nosotros. Y, con esta última frase, se le da el carpetazo social a tantas ejecuciones, crímenes y desapariciones. El gobierno sigue su camino, como si nada.

Buscaglia dice que en la mayoría de las naciones con este tipo de problemas, la solución no empieza a germinar hasta que la violencia y el dolor toca a las élites. Sólo cuando los Slim, Azcárraga, y otros tantos millonarios mexicanos se vean afectados por las consecuencias de este estado criminal y fragmentado, empezaremos a ver presión por el cambio.

Imagine ahora, querido lector, cuánto tiempo tiene que pasar y cuánta violencia y dolor tendremos que ver o vivir de cerca antes de que siquiera se ponga en marcha un nuevo panorama. Es deprimente. Por eso es tan importante un cambio inmediato en la sociedad mexicana. No se trata de manifestarnos, tapar calles e ir a Palacio Nacional a “exigir justicia”. Una sociedad movilizada sin individuos críticos se vuelve un caldo de cultivo para peligrosos oportunistas. Se trata, primero que nada, de cambiar la forma en la que pensamos, de ser más críticos de lo que leemos y escuchamos. Empezar por entender que la situación que vive México NO es normal, NO siempre ha sido así (no es simplemente que ahora sepamos más) y NO va cambiar. Menos sin un cambio profundo en la sociedad. Empecemos por lo básico: cuestionemos la información recibida, no tomemos por cierto la palabra de los medios. Aprendamos a ver más allá. Entendamos que la injusticia sufrida por uno es una injusticia sufrida por todos. Eduquémonos, conozcamos a nuestro país y la verdadera situación en la que se encuentra.

  • ¿Y ahora, quién podrá salvarnos?
  • ¡El Chapulín Colorado!
  • Ah no perdón, el Chapulín Colorado se encuentra cenando en Los Pinos…

9_GabrielaGomez

Escrito por InteIndep

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