Faraón Akenatón

Por: Gabriela Gómez – @GabrielaSGH
Foto: Faraón Akenatón. Instaurador de la religión monoteísta en Egipto

Los orígenes de las grandes religiones monoteístas suelen ser muy oscuros por los pocos datos históricos disponibles. Pertenecen a épocas tan remotas que la mayoría de las personas los ubicamos en un lugar lejano de nuestro pensamiento, en un tiempo, cualquiera que sea éste, anterior al nuestro, dónde aparentemente todo era posible y la línea divisoria entre lo real y lo fantástico aún no se trazaba. Esta lejanía en el tiempo apoya a las tradiciones fundadoras, llenas de historias fantásticas, en el proceso de creencia de sus seguidores.

A pesar de esta oscuridad, a lo largo de la historia, ha habido un pequeño grupo de mentes dotadas de algo extraordinario que genera todo el conocimiento: la curiosidad. Además, estas mentes moran en espíritus valientes que se atreven a cuestionarlo todo, incluso en tiempos prohibidos, donde externar siquiera un atisbo de duda sobre los orígenes y los fines últimos de todo cuanto nos rodea podría llevarlos incluso a la muerte. En especial, cuestionar ese fenómeno al que Freud le atribuye, no sin razón, la fuerza necesaria para subyugar a los individuos y a los pueblos: la religión[1].

Las mentes ilustradas han dedicado incansables horas a estudiar el fenómeno religioso, comprendiendo que esto podría llevarnos a entender una parte esencial de la construcción del ser humano. La tarea sigue vigente. Hasta ahora, nadie ha encontrado el punto medular de la necesidad por la fe.

El Dr. Freud, creador del psicoanálisis y una de las más grandes mentes del siglo XX, tenía sus propios intereses en el estudio de estas manifestaciones y se embarca, en los ensayos compilados en Moisés y la Religión Monoteísta, en una empresa de gran envergadura y genuinamente sorprendente a mis ojos: la de demostrar el origen egipcio de Moisés y de su religión monoteísta. Sorprendente, porque como él mismo dice al iniciar su texto: 

“Privar a un pueblo del hombre que celebra como el más grande de sus hijos no es empresa que se acometerá de buen grado o con ligereza, tanto más cuando uno mismo forma parte de ese pueblo.”[2]

Es fundamental resaltar que estos ensayos fueron escritos y publicados en los últimos años productivos de Freud[3]. El hecho de que haya decidido dedicarle estos últimos esfuerzos creativos nos habla de la enorme y vital importancia que le concedía a la cuestión de Moisés y de lo que él llamaba el “constante compromiso con la verdad”, del cuál, según él, ningún escrúpulo deberá alejarnos jamás.[4] 

La lectura de Moisés y la Religión Monoteísta es un verdadero placer lógico. El Dr. utiliza un método analítico en el que toma cada una de las ideas principales de la tradición de Moisés y las desmenuza hasta dejarlas aisladas de la leyenda conocida. Después, observa su contexto, compara estas ideas con otras leyendas similares e investigaciones de historiadores. Toma las que le parecen interesantes o al menos útiles a su causa. Considera todos los caminos para después crear un juego de posibilidades. Desarrolla una línea argumentativa y la sigue hasta encontrarle la solución deseada o hasta alcanzar un punto muerto donde corta la rama, vuelve sobre sus pasos, y sigue el crecimiento por otro lado. Utiliza un método de preguntas donde pretende adelantar las dudas del lector o simplemente guiarlo por el camino deseado.

Andando por este ameno recorrido, llegamos a comprender la tesis principal de Freud, que se construye más o menos así:
Moisés era egipcio. La leyenda del niño hebreo salvado del Nilo no es más que eso: un cuento inventado posteriormente por los judíos para apoderarse del origen de su libertador. Si Moisés era egipcio, podemos inferir que la religión que le otorgó al pueblo judío liberado sería, seguramente, una religión egipcia: la de Atón (instituida en el siglo XIV a.c. por el faraón Akenatón, la religión duró lo que el faraón en el poder. Al morir éste, el pueblo egipcio destruyó con furia toda referencia a ésta y volvieron a sus prácticas politeístas). La religión de Atón era el único tipo de monoteísmo conocido en su tiempo, con semejanzas importantes con la religión mosaica (de Moisés) y concordante con los tiempos aparentes del libertador. Esta religión y el hombre que se las transmitió, fueron, eventualmente, rechazados por el pueblo liberado y Moisés fue asesinado. Y, es en este acto, donde Freud encuentra la clave de todo el porvenir de la religión judía.

Freud se remite al historiador Eduard Meyer[5] para relatarnos cómo, según sus investigaciones, la religión “judía” fue oficialmente instaurada en Qadesh, ciudad de la tierra de Canaán en el actual Siria, por un sacerdote madianita y cómo la adopción de esta religión sirvió como un pacto para unificar a las tribus judías salidas de Egipto con las que ya habitaban los alrededores de Canaán y así crear el pueblo de Israel (este pacto religioso fue posterior al Éxodo y al asesinato de Moisés, además de tener preceptos distintos a la religión mosaica obtenida anteriormente en el desierto).

El dios adoptado en Qadesh era el dios Jahve, carente de grandeza y universalidad. Los judíos que sobrevivieron al éxodo adoptan a Jahve, pero exigen ciertas concesiones, negándose a dejar atrás enteramente la tradición adquirida por obra de Moisés. Pasan las generaciones y la tradición mosaica sigue vigente en la mente de los profetas ilustrados y, en la necesidad de hacer de Jahve un dios más grande, más admirable y más digno, se le atribuyen las características de universalidad y dedicación a la verdad y la justicia del dios mosaico, además de la hazaña de liberación del pueblo judío. Finalmente, Freud infiere que el remordimiento del pueblo judío por el asesinato de Moisés los lleva a cargar con su memoria y a rehusarse a dejarlo atrás, por lo que, en la leyenda oficial, escrita años después, funden al libertador con el sacerdote madianita de Qadesh y así lo vuelven a la vida.

El psicoanalista llega a una elaborada y bella conclusión sobre las diferentes dualidades que han conformado la historia del pueblo de Israel: dos pueblos, que se funden para formar una nación (el salido de Egipto con el que habitaba los alrededores de Canaán), dos reinos en que se desmembra esta nación posteriormente (reino de Israel y el reino de Judea), dos nombres divinos en las fuentes de la biblia (Jahvé y Elohim). A estas dualidades, agrega las de las dos fundaciones de nuevas religiones (la de Moisés y la de Qadesh) y la de los dos fundadores denominados Moisés (el sacerdote madianita y el egipcio libertador).

A simple vista, no es difícil aceptar las conclusiones del gran psicoanalista, especialmente porque él mismo reconoce que están basadas en conjeturas y que tienen debilidades. Aún así, me parece que flaquean en ciertos puntos clave; ninguna de las explicaciones de Freud sobre la intención de Moisés “el egipcio” de liberar al pueblo judío me parece convincente. Sí, es cierto que tiene mucho más sentido que haya sido egipcio que hebreo por su historia “juvenil”. Pero pensar que un fervor por una religión, como la de Atón, instaurada con fines meramente políticos, lo llevarían a abandonarlo todo, tomar a un pueblo completamente extraño a él (del que tal vez ni siquiera conocía su lengua) y lanzarse al desierto desconocido, me parece fuera de las atribuciones convencionales de los seres humanos, incluso de los grandes como Moisés.

Cercano a lo que supone Freud, Moisés forzosamente tendría que haber sido un allegado del faraón Akenatón y haber visto su destrucción en la muerte de aquel, motivándolo a abandonar Egipto, en un estilo de huida. Pero nos falta cubrir un trecho entre la huida de un ministro caído en desgracia, a la implementación forzosa y estricta de una nueva religión. Si Moisés estaba motivado por la ambición, erróneo sería decidir aterrorizar a sus nuevos seguidores obligándolos a creer en algo que ya le había atraído su destrucción y exilio anteriormente. La ambición no cubre el acto. Sólo el fanatismo de Moisés por esta doctrina podría explicar su celo en implementarla, sin que esto explique la necesidad de tomar a completos extraños por feligreses cuando en Egipto seguía vigente una escuela llamada la Escuela de On que continuaba educando a nuevas mentes sobre la religión monoteísta en cada generación. Por consiguiente, esta versión de Moisés sigue representando un enigma que, me aventuro a decir, Freud tal vez erró en buscar en él las explicaciones de la herencia hebrea. Tal vez un análisis de las intenciones del pueblo judío hubiera podido arrojar más luz, aunque debo reconocer que en este momento tal tarea se me antoja inalcanzable. Sólo puedo decir que, en el análisis realizado por el Doctor, es interesante la falta de consideración que se le tiene al pueblo judío de la época como elemento activo.

En toda la disertación, Freud asume que eran un grupo sin personalidad, simplemente esperando que les señalaran un camino a seguir. En ningún momento podemos apreciar un examen de sus intenciones para seguir a Moisés. ¿Por qué lo hicieron? ¿Qué esperaban ganar? Lo único que puedo inferir de lo discutido es que los judíos vivían en una situación precaria en Egipto y que al llegar un noble egipcio a prometerles una vida mejor decidieron seguirlo. Nuevamente, nos topamos con el problema de la diferencia entre decidir seguir a un nuevo líder y cambiar completamente de identidad como pueblo, adoptar una nueva religión, nuevas tradiciones, e incluso elementos de orden físico como la circuncisión (supuestamente impuesta por Moisés imitando una tradición egipcia). Además, en ningún momento exploramos la personalidad de los miembros de la tribu que seguramente negociaron con Moisés las condiciones de la liberación. Es imposible pensar que decidieron levantarse y seguirlo así sin más, sobre todo porque Moisés, al ser egipcio, no contaba con la confianza del nuevo pueblo. ¿Dónde están estos hombres? ¿Por qué la historia decidió olvidarlos?

Sólo lo descubierto por el teólogo Sellin[6] en los libros de los profetas tiene sentido respecto a los actos del pueblo judío: el asesinato de Moisés.

Tomamos a un pueblo que vive una situación angustiosa en una tierra extranjera. Que decide cambiar su suerte al seguir al extraño egipcio que decide “liberarlos”. Este egipcio tiene una idea obsesiva sobre la religión que este pueblo debe seguir. Religión que carece de representaciones físicas de dios, que es completamente opuesta a lo que habían observado en el resto de los egipcios, y que no ofrecía más respuestas que la vida bajo la verdad y la justicia. El pueblo ya salió de Egipto, ya no necesita al libertador y el libertador no cesa en su presión obsesiva e iracunda con la nueva fe. Estorba. Lo asesinan.

Es en este acto, único donde vemos al pueblo judío tomar personalidad en la disertación, donde Freud termina por basar la supervivencia de la doctrina mosaica. El recurso de esta supervivencia es la culpa: asesinaron a quien les acogió bajo su manto y los salvó. El remordimiento lleva a Moisés sobrevivir en el imaginario de los judíos y a sus allegados a trabajar con más fuerza por mantener viva su tradición. Con este argumento, Freud logra llevar la doctrina de Atón varios cientos de años después, hasta su consolidación ideológica posterior en el pueblo judío.

El análisis de la cuestión moisaica no termina aquí. Además de los estudios de Freud, numerosos historiadores han dedicado sus vidas a desentrañar el misterio del héroe, pero sobre todo el misterio de la personalidad del pueblo judío. Ese pueblo que ha sobrevivido a tantos embates de la vida a través de los años y que, inusualmente, siempre resurgen de sus cenizas, más fuertes y más firmes en su fe y su cultura. Freud dedica un último ensayo, la última publicación de su vida, a investigar los orígenes de esta fortaleza, de ese ensayo, platicaremos después.

Finalmente, sólo podemos tener admiración por el gran psicoanalista que decidió tocar un tema tan delicado en un tiempo aún más delicado (inicios de la Segunda Guerra Mundial). Claro, hoy podemos ver que no existen los tiempos no delicados, aunque los problemas cambien de lado y de enfoque. Ojalá las futuras mentes ilustradas logren encontrar en este problema de los orígenes algún pensamiento o alguna idea que logre empatar las posibilidades de los individuos en la tierra de los Profetas.

9_GabrielaGomez

[1] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P69

[2] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P11

[3] Escritos entre 1934 y 1938. Freud murió en 1939.

[4] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P 11

[5] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P44

[6] Freud, Moisés y la Religión Monoteísta. Alianza Editorial P61

Bibliografía

Moisés Egipcio. Sigmund Freud, Moisés y la Religión Monoteísta

Si Moisés fuera Egipcio. Sigmund Freud, Moisés y la Religión Monoteísta

http://www.observacionesfilosoficas.net/freudmoisesylareligion.htm

http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1851-16862008000100043

http://www.psicomundo.com/tiempo/historias/freud.htm

Escrito por InteIndep

5 Comentarios

  1. Augusto Ortiz Gaxiola 18 diciembre, 2015 en 5:11 pm
  2. Excelente nota Gabriela aunque sea sólo una teoría poco documentada, la idea pone en entredicho muchas cosas.

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  3. Gracias Roberto! Me parece un tema apasionante, una prueba más de que cuando profundizamos en ciertas cosas, nos damos cuenta de que no todo es lo que parece.
    Mil gracias Augusto, los voy a revisar.

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  4. Sigmund Freud como judío probablemente tenía alguna intuición sobre su libro religioso (torá)

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