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Por: Francisco Vaqueiro – @FJVaqueiro

Hoy por fin se empieza a abordar, ya preocupa; llama la atención del ciudadano común. Comenzamos a interrogarnos si es factible seguir ignorándola o permitiéndola. Es atávica, como suciedad debajo de la alfombra o cochambre que se impregna y se resiste a desprenderse. Puede ser escándalo público y notorio, o el muertito en el clóset; aquello que se vocifera en altos decibeles o el secreto a voces.

En cualquiera de sus formas, podemos identificarla fácilmente, por ser el conjunto de conductas que, para la mayoría de los mexicanos, impasibles, forma parte de la vida diaria, es cotidiana, digerible y tolerable.

Es también, quizá, el debate que brilló por su ausencia durante años, especialmente cuando decidimos avanzar hacia otras formas de organizarnos como sociedad hace algunas décadas: me refiero a la corrupción.

Se ha dicho que forma parte de nuestra esencia como mexicanos, equiparándola a nuestra noción sobre temas tan disímbolos y folclóricos como el mariachi, el tequila, el culto a la muerte o el “no rajarse. Lo mexicano, nuestro colorido, lo florido, el gusto por el fútbol, los melodramas televisivos, la tortilla de maíz, lo chueco y la tranza.

El corrupto es percibido como astuto, taimado y perspicaz. Inteligente por beneficiarse al hacer más con menos. Aquel capaz de percibir su realidad, adaptarse como especie y usufructuar del status quo. El tonto, puede ser quien busca vivir al margen, pero nunca tan imbécil como aquel de los esfuerzos fútiles que pretende cambiarlo y denunciarlo. Finalmente, a algunos, es bien sabido, les ha costado la vida o poco menos que eso.

Por eso, quizá resulte tan conveniente, para algunos, sugerir ese lazo entre corrupción y cultura, lo vuelve invariable, lo ata de por vida a lo que somos.

Tal vez lo anterior sea capaz de sostenerse por sí mismo, sólo baste hacer un ejercicio de introspección sobre nuestra vida cotidiana: la mordida al agente de tránsito, la “gratificación” al servidor público para acelerar tal o cual trámite, el escándalo periodístico que “manchó” a tantos y tantos políticos que siguieron (o siguen) cínicamente ejerciendo su cargo.

Y no obstante, la corrupción, por muy familiar y diseminada en todos los ámbitos posibles, no es un vínculo indisoluble con lo que somos hoy y sobre todo, con lo que aspiramos y debemos ser en el futuro.

La corrupción, es un mal, tan desterrable, como lo fue el fraude electoral o la elección por dedazo de nuestros funcionarios públicos, males que padecimos durante décadas en este país.

Nuestra historia (y la de otras tantas latitudes), enseña que los cambios que llevaron a eliminar prácticas tan grotescas como la simulación electoral o la imposición de gobernantes, nunca fue concesión graciosa de los beneficiarios, llevó años de denuncias, organización y presión de la sociedad civil.

Si hoy, existen instituciones que hace 30 o 40 años resultaron impensadas, como el INE o Banxico (por citar algunas y a pesar de sus bemoles), hay ejemplos vivos de que hay prácticas superadas y superables.

Podemos ser capaces de lograr y proponer el entramado institucional faltante, aquel capaz de limitar la corrupción en México, en todos los niveles. No, no lo creo sueño guajiro, lo creo más bien, el gran reto, posible, de nuestro tiempo.

14_FranciscoVaqueiro

Escrito por InteIndep

2 Comentarios

  1. Hola Francisco!
    ¿cuáles crees tu que sean los pasos a seguir de la sociedad y del gobierno, para avanzar en el tema? ¿ayuda la creación de la fiscalía anticorrupción? ¿qué papel juega la Secretaria de la Funcion Pública?

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  2. Muy buen estilo de escritura Francisco y concuerdo contigo, la corrupción es una batalla que puede verse imposible de ganar en este momento, como muchas otras, pero lo es.
    Saludos.

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